¿Por qué permite Dios que sucedan cosas malas?
Answered from the commentary of A. J. Pollock, James Boyd, W. W. Fereday and 17 others
Dios permite que sucedan cosas malas porque el pecado ha entrado en Su mundo. Él no es el autor del mal, pero lo ha permitido y lo hace servir para Su propia gloria y para el bien de Su pueblo. Todo sufrimiento se remonta a la caída: «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte» (Romanos 5:12), y el pecado es la raíz de todos los males humanos. Si el pecado no hubiera entrado, no se habría cavado ninguna tumba ni derramado una lágrima de duelo. Por eso la enfermedad, el dolor, la violencia y la guerra llenan la tierra, y hasta los santos de Dios comparten las penas que le han tocado en herencia a la humanidad. La miseria y la muerte son el justo trato de Dios con una raza rebelde, y quitar los sufrimientos mientras el pecado permanece sería negar Su gobierno justo.
Sin embargo, nada escapa de Su mano. El mal no podría entrar sin Su conocimiento y permiso, y Él lo hace servir a Su propósito hasta que lo destierre para siempre. Satanás no puede hacer nada sin el permiso de Dios ni traspasar ni por un cabello el límite que Dios le fija, como muestra el caso de Job (Job 1:12, Job 2:6). Lo que Dios permitió en la vida de Job lo convirtió en una bendición mayor que la anterior. La prueba más clara es la cruz: el peor crimen de los hombres se convirtió en el fundamento de la redención, así como los hermanos de José se propusieron hacerle mal, pero «Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20). Algunos van más allá y dicen que Dios permitió lo peor para mostrar profundidades de amor y gracia que de otro modo no se habrían podido ver.
En cuanto al creyente, los autores coinciden en esto y lo dicen con mayor frecuencia: las pruebas son la disciplina del Padre. Nunca son vengativas, sino siempre «para lo que nos es provechoso, para que recibamos su santificación» (Hebreos 12:10). Son prueba de Su amor y de nuestra condición de hijos. Por medio de ellas quebranta nuestra voluntad propia, aparta nuestro corazón del mundo y nos conforma a la imagen de Su Hijo. No siempre son corrección por un pecado específico; pueden ser preventivas, prepararnos mejor para servir o acercar el corazón a Cristo. Así, todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios (Romanos 8:28). Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera (Romanos 8:18).
De esta enseñanza se desprenden varias advertencias. Es una teoría falsa y cruel afirmar que todo el que sufre debe ser un gran pecador; ese fue el error de los amigos de Job. Cuando cayó la torre de Siloé, el Señor negó que sus víctimas fueran peores que los demás y usó el hecho para llamar a todos al arrepentimiento (Lucas 13:1-5). A menudo los malvados prosperan ahora porque este es el tiempo de la misericordia, no del juicio. Dios soporta el mal que un día juzgará, porque no quiere que ninguno perezca (2 Pedro 3:9).
En algunos puntos los autores no coinciden. Unos pocos dicen que Dios no causa el sufrimiento de Su pueblo, sino que solo lo permite. Otros dicen que Él «ordena o permite» todo lo que sucede, de modo que fue el rayo de Dios, y no el de Satanás, el que cayó sobre las propiedades de Job. Además, mientras varios señalan la gloria de Dios como la razón por la que permitió el mal, algunos sostienen que la Escritura no nos dice por qué ni con qué propósito, y que debemos dejarlo en Sus manos. En esto todos coinciden: Sus caminos son «inescrutables» (Romanos 11:33), pero son perfectos en amor y sabiduría, y algún día los entenderemos.
Verses: Job 1:12, Job 2:6, Romans 11:33, Romans 8:28, Genesis 50:20, Romans 8:18, Romans 5:3, Romans 5:4, Romans 5:5, James 1:2, James 1:3, James 1:4, 2 Corinthians 4:17, 2 Corinthians 4:18, Isaiah 55:8, Isaiah 55:9, Job 1:21, Job 1:22, Job 2:10, Job 38:4, Job 42:2, Job 42:3, John 9:1, John 9:2, John 9:3, John 16:33, Romans 8:20, Romans 8:21, Romans 8:22, Romans 8:23, Genesis 3:17, Genesis 3:18, Genesis 3:19, Romans 5:12, 1 Peter 1:6, 1 Peter 1:7, 1 Peter 4:12, 1 Peter 4:13, 1 Peter 5:10, Hebrews 12:5, Hebrews 12:6, Hebrews 12:7, Hebrews 12:8, Hebrews 12:9, Hebrews 12:10, Hebrews 12:11, 2 Corinthians 12:7, 2 Corinthians 12:8, 2 Corinthians 12:9, 2 Corinthians 12:10, 2 Corinthians 1:3, 2 Corinthians 1:4, Luke 13:1, Luke 13:2, Luke 13:3, Luke 13:4, Luke 13:5, Ecclesiastes 7:14, Isaiah 45:7, Lamentations 3:31, Lamentations 3:32, Lamentations 3:33, Deuteronomy 29:29, Revelation 21:4, 2 Peter 3:9, Matthew 5:45, Habakkuk 1:2, Habakkuk 1:3, Habakkuk 1:4, Psalms 34:18, Psalms 34:19, Psalms 73:16, Psalms 73:17, Ecclesiastes 9:11, Psalms 119:71, Romans 9:20, Deuteronomy 8:2, Deuteronomy 8:3
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What the commentators say
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Dios no causa el sufrimiento de los Suyos, pero permite que ocurra para que Sus siervos puedan beneficiarse de la experiencia (por ejemplo, aumentando su fe), y también para Su propia gloria. Dos ejemplos son Job, a quien Satanás probó hasta el extremo; véanse Job 1 y 2; y Pedro, a quien Satanás deseaba zarandear como a trigo, Lucas 22:31.
Solo hay una respuesta que dar. Dios no es el autor del mal, sino que ha permitido el pecado para su propia gloria. No creó criaturas incapaces de elegir entre el bien y el mal; de otro modo, habría creado meras máquinas, infinitamente más maravillosas que los automóviles y los aviones, pero aun así del mismo orden.
Solo la Biblia explica la presencia del mal y la miseria y la muerte que resultan de él. Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Es justo que la miseria y la muerte, con todos los males que las acompañan, sean la suerte del hombre: el justo proceder de un Dios justo y santo con los rebeldes; y, mientras el pecado permanezca, la justicia exige que todos estos males —el fruto del pecado— permanezcan también. Incluso los santos de Dios, mientras están aquí en el cuerpo, están expuestos a los sufrimientos que le corresponden a la humanidad. El Señor Jesús mismo se sometió, verdaderamente en gracia, a todas las consecuencias —excepto el pecado— de ocupar un lugar entre los hombres y, en particular, entre el remanente de Israel, algo completamente distinto de ser hecho pecado en la cruz. Quitar los sufrimientos mientras el pecado está presente sería una negación del justo gobierno de Dios.
Por tanto, era necesario que se permitiera la entrada del pecado en este mundo; pues, aunque un enemigo lo haya hecho realidad, Dios hará que sirva para dar efecto a Su propósito eterno. No debe suponerse ni por un momento que Él fue el autor del pecado, o que lo introdujo en el mundo. Si hubiera hecho cualquiera de esas dos cosas, Su propósito nunca podría haberse llevado a cabo. Una de Sus criaturas lo hizo existir, y por otra de Sus criaturas encontró entrada en el mundo. El diablo fue el primer pecador. Su orgullo le hizo pensar que era igual a Dios (Ezeq. 28:9); Adán, al intentar igualarse a Dios, permitió que entrara en el mundo (Gén. 3:5). No puede cuestionarse razonablemente que Dios podría haber impedido la existencia del pecado, o que, habiendo permitido que existiera, podría haber impedido su entrada en el mundo. El pecado le es aborrecible, y finalmente limpiará Su universo de su presencia; pero, mientras tanto, hace que sirva a Su propósito, así como también hace que sirva a Su propósito aquel que es su padre.
Los caminos de Dios son intrincados, inescrutables e insondables, y muy a menudo desconcertantes; pero ¿cómo podrían no ser misteriosos para la criatura finita? Para cualquier criatura, deben ser sencillamente incomprensibles. Si a Él le place concedernos Su Espíritu Santo para que entendamos Sus pensamientos maravillosos, eso es otra cosa por completo; y, puesto que así lo ha hecho, nuestros corazones deberían llenarse de gratitud. Pero sin la morada de ese Espíritu, que Él da a todos los que creen en Su Hijo, no podríamos entender los propósitos de Su mente divina (1 Cor. 2:9-14). Solo la presunción pecaminosa del corazón humano haría que alguien pensara lo contrario.
Es asombrosamente dulce que el mismo día en que nos reunimos para recordar a Cristo y anunciar Su muerte hable al oído atento de bienaventuranza eterna: les dice a quienes vienen por mandato del Señor Jesús que la gran victoria ha sido ganada; que ha sido quitado aquello que era el único obstáculo en el camino de Dios. Y, amados, solo hubo una cosa que alguna vez fue un obstáculo para Él, y creo que puedo decir con reverencia que hubo un obstáculo incluso para Dios. Sin duda, todas las cosas son posibles para Dios; pero entonces solo eran posibles al costo de Su Hijo. Ahora bien, este fue siempre el gran pensamiento que Dios tuvo delante de Sí. Pues nunca hubo error más profundo que suponer que el pecado fue un mero accidente que entró en el mundo, y que el don de Jesús, la redención de Jesús, fue simplemente un remedio y una necesidad por parte de Dios si había de quitarse del camino aquella cosa terrible, el pecado. Es perfectamente cierto que el pecado no tenía ningún derecho a ocupar un lugar en el universo de Dios. «Un enemigo ha hecho esto». Fue el enemigo de Dios quien lo introdujo en el mundo, antes inmaculado y reflejo externo del poder benéfico de Dios; y todo quedó arruinado. Pero entonces es de suma importancia que nuestras almas tengan siempre presente que siempre fue el pensamiento de Dios permitir que se hiciera lo peor, para que Él pudiera mostrar las profundidades de Su propio amor y gracia a aquellos que habían sido arruinados por el pecado, y manifestar en medio del mal una ternura, paciencia, sabiduría y bondad que de otro modo nunca se habrían visto. Y la bondad nunca se demuestra tan plenamente como cuando hay un mal que se le resiste y la aborrece. Todo está bien cuando las cosas son fáciles. Sabemos por experiencia propia que es fácil seguir adelante cuando no hay obstáculos, cuando todo es propicio y favorece lo bueno; cuando no hay prueba ni contrariedad al espíritu. Pero lo que pone el alma a prueba es que todo se vuelva adverso y se oponga a ella.
Ahora bien, Dios permitió que el enemigo introdujera en este mundo aquello que lo negaba y se oponía a Él en todo sentido; aquello que no dejó en el mundo que Él había creado ni una pizca del carácter de Dios, pues ¿qué aspecto del carácter de Dios no ha calumniado Satanás? ¿Qué maldad, qué calumnia no ha inventado Satanás, qué cosas no han creído nuestros corazones acerca de Él? ¿A quién hemos temido tanto como a Dios? ¿De quién hemos procurado huir más? Sin embargo, frente a todo este mal que Dios permitió que se manifestara en sus peores colores, Él ha provisto que no haya palabra, ni hecho, ni sentimiento que Satanás pudiera suscitar en este mundo, que no ponga en evidencia algo de Dios que antes no se había conocido tan bien. La maravilla es esta: el Hijo de Dios ha venido, ha vivido, ha muerto y ha resucitado; y nosotros nos reunimos aquí por mandato de Él en el día de Su resurrección. Mientras tanto, el mal continúa; Dios mismo nos ha dicho que tiene que aumentar: «los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados»; tiempos malos, tiempos peores, los últimos días, los peores de todos, hasta que lo que Dios ha realizado en la muerte y resurrección de Cristo sea manifestado ante todo el mundo por Su poder. Pero ¡piensen ahora qué lugar tan maravilloso es el nuestro! Y este era el pensamiento que predominaba en mi espíritu: que nosotros, al haber encontrado a Cristo, tenemos los pies, por así decirlo, puestos por Dios mismo sobre la roca de los siglos; que estamos sobre aquello que es imperecedero e inmutable, y que nos pone en relación con los pensamientos más profundos de Dios y con la mayor victoria que Él jamás haya logrado. Pues, de hecho, todas las demás victorias son solo el resultado de aquella que ya es nuestra en Cristo. Porque debe ser evidente para toda mente inteligente que, si se ha enfrentado aquello que es lo peor de todo y la raíz de toda confusión; si se ha tratado con el veneno que se ha ido filtrando por todo el mundo y penetrando y corrompiendo todo lo demás, si se ha tratado con eso, entonces solo queda la cuestión de la voluntad de Dios: manifestar aquello que Él ya ha hallado y nos ha dado en la muerte y resurrección de Cristo. Ahora bien, todo cristiano sabe que lo ha encontrado allí. No quiero decir que todo cristiano comprenda lo que Dios ha hecho allí. De ser así, no habría nada más que corazones completamente por encima de todas las circunstancias de este mundo. Podría haber santo llanto y amorosa tristeza por un mundo que gime y peca, pero el corazón rebosaría siempre de gratitud a Dios. Pues es muy posible que los afectos de nuestro corazón se dirijan a los santos de Dios en todas sus pruebas, y que sintamos profundamente por el pobre mundo, y aun así no tengamos sino alabanza y acción de gracias cuando miramos a Cristo y pensamos quién nos lo ha dado para nosotros y a nosotros. Este es nuestro lugar. Esto es lo que Dios mismo pone ante nosotros en relación con el día mismo en que nos reunimos para recordar a Cristo; y es un pensamiento bendito para nosotros que Dios no haya escogido el día en que Cristo murió. Fue muy solemne que el Mesías fuera herido en casa de Sus amigos —aunque fue la muerte de Aquel por quien solamente podía quitarse nuestro pecado—, pues Dios mismo tuvo que apartar Su rostro de Su amado Hijo cuando nuestros pecados fueron puestos sobre Él. Pero el día de la cruz no es el que nos convoca, ni tampoco el día que transcurrió entre Su muerte y resurrección: el día en que el hombre guardaba, ¡ay!, su día santo; cuando quienes se creían algo para Dios en la tierra, pero en realidad eran enemigos del Padre y del Hijo, suponían vanamente que estaban santificando un día para el Señor de los Ejércitos: el día en que su propio Mesías yacía en la tumba, asesinado por sus manos malvadas.
¿Pregunta usted, lector: por qué seguimos aún en un mundo así? Se lo diré. La Escritura nos dice que Dios, en Su gracia, aún guía a las almas para que aprovechen esto y lo disfruten. Es un mundo de miseria, aflicción y opresión. Si Dios interviniera para cambiarlo, tendría que venir en juicio y poner fin al tiempo de misericordia; y no lo hace mientras haya alguien que tenga oídos para oír. Por tanto, permite que el mal que juzgará continúe entretanto. Y nosotros, aunque por ello tengamos que sufrir por un tiempo en el mundo, debemos alegrarnos en este sentido de que todavía se permita, porque aún es un tiempo de misericordia que se extiende a otros. El fin será un gozo eterno en un mundo mucho mejor. Cristo ha ido a preparar un lugar para nosotros, y vendrá otra vez y nos llevará junto a Sí, para que donde Él esté, también nosotros estemos. Así dice Pedro: «El Señor no tarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza; sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).
En 1983, un famoso rabino de Estados Unidos, Harold Kushner, publicó un libro sobre el problema del sufrimiento. En él sugirió que no debemos culpar a Dios por los sufrimientos (lo cual es correcto); luego afirma que Dios es bueno, pero que no puede evitar que el mal sobrevenga a Su pueblo (lo cual, desde luego, es una tesis equivocada). Quizá en este punto podamos recordar Romanos 8:28, donde vemos precisamente lo opuesto a lo que afirma Kushner. Dios no solo permite las circunstancias adversas, sino que además tiene pleno control sobre ellas y las usa para formar a los creyentes en Su escuela (Rom. 5:3-5; Sant. 1:3). Sus caminos conducen finalmente, y sin duda, al cumplimiento de Su propósito: que seamos conformados a Cristo, el Primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8:29). ¿Por qué sufrimos? ¿No es también para hacernos comprender que vivimos en un mundo que se opone directamente a la voluntad de Dios? (cf. 1 Pedro 2:15).
A lo largo de los siglos, Dios ha permitido a menudo que los suyos sean maltratados, y no siempre nos es posible entender por qué permite que hombres malvados persigan y maten a sus santos y a sus siervos. Sí sabemos que Dios permite estas cosas para purificar a su pueblo, y que todas sus acciones para con los suyos están en la perfección de su amor y sabiduría; y aunque los hombres malvados parezcan prosperar y los justos sean afligidos, ciertamente viene el día en que, ante el tribunal de Cristo, entenderemos, como no podemos hacerlo ahora, los caminos de Dios, que son inescrutables.
Pero hay un gobierno de Dios en este mundo sobre los que así han sido redimidos, y siempre lo ha habido. «Porque el Señor al que ama disciplina». Y cuando Dios ejerce esta disciplina, que siempre es para nuestro bien en amor, cuando un alma es verdaderamente humillada, a menudo Él, en su sabiduría, le quita aquello que hizo necesaria la disciplina, perdonando el pecado en lo que respecta a su gobierno y sus caminos presentes. No es que todas esas aflicciones sean por causa de pecados. El mundo está en un estado de miseria a causa del pecado, y todos están expuestos a quedar sujetos a esta esclavitud de corrupción. Esto es lo que el Señor declara en Juan 9:3.
Aunque Dios usa las enfermedades, los accidentes y otras circunstancias difíciles para disciplinar a sus hijos, nunca debemos concluir que Dios nos disciplina solo por causa del pecado. (Este fue el error que cometieron los amigos de Job respecto a su sufrimiento.) El Señor suele usar los sufrimientos y las pruebas para acercarnos más a Él. Puede que procure fortalecer nuestra fe poniéndonos en situaciones en las que tengamos que depender de Él.
Verses
- Job 1:12Y dijo Jehová a Satán: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano: solamente no pongas tu mano sobre él. Y salióse Satán de delante de Jehová.
- Job 2:6Y Jehová dijo a Satán: He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida.
- Romans 11:33¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos!
- Romans 8:28Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados.
- Genesis 50:20Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.
- Romans 8:18Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada.
- Romans 5:3–53Y no sólo esto, mas aún nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; 4Y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; 5Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado.