¿Quién fue Sara en la Biblia?
Answered from the commentary of Morrish Bible Dictionary, Hamilton Smith, William Kelly and 13 others
Sara fue la esposa de Abraham y madre de Isaac; su historia abarca desde Génesis 11 hasta Génesis 23. Era hija del padre de Abraham, pero no de su madre; por eso él la llamaba su hermana. Por temor, Abraham negó dos veces que ella fuera su esposa, en Egipto y ante Abimelec, y Dios la protegió en Su misericordia. Como era estéril, le dio a Abraham a su sierva egipcia Agar. Fue una decisión apresurada, sin fe, sino fruto de un recurso humano, y ella tuvo más culpa que Abraham. Cuando Agar la despreció, Sara la trató con dureza. Cuando Dios prometió un hijo, cambió su nombre de Sarai a Sara, «princesa», y dijo que sería madre de naciones y que habría reyes entre sus descendientes. Sin embargo, cuando el Señor llegó a la tienda de Abraham y fijó el plazo, ella se rió para sus adentros; estos escritores llaman a esto la risa de la incredulidad. Se fijó en su propio cuerpo viejo y agotado, en lugar de mirar la gloria de quien hablaba. Luego, por miedo, negó haberse reído, de modo que en ese momento la marcaron la incredulidad y la falsedad. La palabra del Señor «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» derribó sus razonamientos y marcó un punto de inflexión. Su incredulidad se transformó en fe genuina, y Hebreos 11:11 registra que por la fe recibió fuerzas para concebir cuando ya había pasado la edad, porque consideró fiel al que había prometido. Ese relato pasa por alto sus fracasos iniciales, y se presenta como estímulo para quienes tienen una fe débil.
Cuando nació Isaac, su risa ya no expresaba incredulidad, sino alegría: «Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo» (Génesis 21:6). Cuando Ismael se burló en la fiesta, Sara exigió que echaran fuera a la esclava y a su hijo. Dios le dijo a Abraham que escuchara su voz. La mayoría de estos autores la considera aquí más fuerte y espiritual que Abraham, una mujer de discernimiento que conocía más profundamente que él los secretos del Señor. Incluso se llama «escritura» a sus palabras en Gálatas 4:30. Algunos juzgan el asunto de otra manera. Uno dice que quizá Sara no tuvo muy presente a Dios al hacer su petición, aunque Dios la respaldó. Otro dice que parece haber estado fuera de lugar durante todo el asunto de Agar. En la alegoría de Gálatas 4:22-31, Sara representa el pacto de la promesa y la gracia, y Agar, el pacto de la ley. Varios también la consideran tipo de Israel, el instrumento por medio del cual vino Cristo. Murió a los 127 años en Hebrón y fue sepultada en la cueva de Macpela. Su muerte se interpreta como la desaparición de Israel como nación, aunque con la promesa de resurrección. En el Nuevo Testamento se la presenta tanto como ejemplo de fe como, en 1 Pedro 3:6, ejemplo de esposa sujeta a su marido, a quien llamaba «señor». Dijo esa palabra para sí misma, lo que muestra que su obediencia era de corazón. Kelly añade que Abraham no era solo su señor, sino también su esposo, con responsabilidades hacia ella.
Verses: Genesis 11:29, Genesis 11:30, Genesis 11:31, Genesis 17:15, Genesis 17:16, Genesis 17:17, Genesis 17:18, Genesis 17:19, Genesis 17:20, Genesis 17:21, Genesis 12:10, Genesis 12:11, Genesis 12:12, Genesis 12:13, Genesis 12:14, Genesis 12:15, Genesis 12:16, Genesis 12:17, Genesis 12:18, Genesis 12:19, Genesis 12:20, Genesis 16:1, Genesis 16:2, Genesis 16:3, Genesis 16:4, Genesis 16:5, Genesis 16:6, Genesis 18:9, Genesis 18:10, Genesis 18:11, Genesis 18:12, Genesis 18:13, Genesis 18:14, Genesis 18:15, Genesis 20:1, Genesis 20:2, Genesis 20:3, Genesis 20:4, Genesis 20:5, Genesis 20:6, Genesis 20:7, Genesis 20:8, Genesis 20:9, Genesis 20:10, Genesis 20:11, Genesis 20:12, Genesis 20:13, Genesis 20:14, Genesis 20:15, Genesis 20:16, Genesis 20:17, Genesis 20:18, Genesis 21:1, Genesis 21:2, Genesis 21:3, Genesis 21:4, Genesis 21:5, Genesis 21:6, Genesis 21:7, Genesis 21:8, Genesis 21:9, Genesis 21:10, Genesis 21:11, Genesis 21:12, Genesis 23:1, Genesis 23:2, Genesis 23:19, Hebrews 11:11, 1 Peter 3:5, 1 Peter 3:6, Romans 4:19, Romans 9:9, Isaiah 51:2, Galatians 4:22, Galatians 4:23, Galatians 4:24, Galatians 4:25, Galatians 4:26, Galatians 4:27, Galatians 4:28, Galatians 4:29, Galatians 4:30, Galatians 4:31, Genesis 24:36, Genesis 24:67, Genesis 25:10, Genesis 49:31
The above is AI generated summary based on the writers below.
What the commentators say
The passages the answer is drawn from, the most direct first, with the words that bear on the question marked.
Esposa de Abraham y madre de Isaac. Abraham dijo que ella era hija de su padre, pero no de su madre; por eso la llamó «hermana»; pero Dios la preservó en Su misericordia a Abraham, quien, por temor, había negado su verdadera relación con ella en la tierra de Egipto y delante de Abimelec. Sara, siendo estéril, dio a Abraham a su sierva egipcia Agar, quien, cuando concibió, menospreció a su señora. Entonces Sara la trató duramente y ella huyó; pero el ángel del Señor la hizo volver, e Ismael nació.
Cuando Dios prometió a Abraham que le nacería un hijo de Sara, cambió su nombre de Sarai a Sara, que significa «princesa». El significado de Sarai es incierto. Jerónimo propuso «mi princesa»; otros, «principesca»; otros, «contenciosa»; Fürst dice: «Jah gobierna». (Véase NOMBRES). Cuando Sara oyó que tendría un hijo, se rio para sus adentros, pues era anciana; pero el Señor lo supo, y entonces ella, temerosa, negó haberse reído.
En cumplimiento de la promesa de Dios, Isaac nació por fin. Cuando fue destetado, Ismael fue visto burlándose, lo que impulsó a Sara a exigir la expulsión de Agar e Ismael. Aunque esto fue doloroso para Abraham, Dios le ordenó hacer lo que Sara deseaba. Esto se retoma en Gálatas 4 como figura de los cristianos que son hijos de la mujer libre, es decir, de Jerusalén, que está arriba, la cual, dice el apóstol, es nuestra madre. Ismael representa al hombre nacido según la carne, que persigue al nacido según el Espíritu.
Sara vivió hasta los 127 años, murió en Quiriat-arba y fue sepultada en la cueva de Macpela, que se compró como lugar de sepultura. Su historia se relata en Gén. 11 — Gén. 23. En el N.T. se presenta a Sara como ejemplo de fe, Heb. 11:11, y también como una esposa que estaba sujeta a su marido. 1 Pedro 3:6.
La primera mujer en la Biblia después de Eva que recibe más que una mención pasajera es Sara. Evidentemente, era una mujer de personalidad vigorosa. No era un juguete débil, sin mente ni voluntad propias. Al contrario, podríamos concluir que era una mujer dominante. Pero ella es el ejemplo de «las santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus propios maridos», pues leemos: «Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras sois hijas, haciendo bien» (1 Pedro 3:5-6).
Sin embargo, Dios no solo cambia el nombre de Abraham, sino que le dice que el nombre de Sarai será cambiado a Sara. Sarai significa «mi princesa», por ser propiedad de Abraham, pero Sara significa «la princesa», lo que le concede el honor más amplio de ser «madre de naciones». Ella representa la gracia de Dios. ¿No hay aquí una lección que debemos aprender: primero conocer personalmente la gracia de Dios, para luego alegrarnos de compartirla con todos los que lleguen a desearla? Sara había de ser grandemente bendecida: incluso después de los 90 años tendría un hijo; sería bendecida y otros serían bendecidos por medio de ella; sería madre de naciones, y hasta habría reyes entre sus descendientes.
Sin embargo, Sara persistió más tiempo en su incredulidad; y cuando Jehová, en una ocasión posterior, fijó un tiempo para que Sara tuviera un hijo, ella se rio con incredulidad y recibió una seria reprensión, tanto más porque lo negó. Pero todo esto hace que la gracia de Dios sea tan manifiesta y alentadora, pues vemos un olvido total de esos primeros fracasos, y aquí solo queda registrado el triunfo posterior. ¡Qué prueba innegable de que a Él le encanta hablar bien de los suyos! «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» Él derribó todos los pensamientos y razonamientos de su mente. Sus dudas y evasivas profundizaron su propio juicio. La palabra de Él llevaba consigo su propia luz convincente; desde entonces ella «tuvo por fiel al que había prometido». ¿No podemos preguntar: ¿Hay algo demasiado bueno para Jehová? Al parecer, Abraham tenía una fe serena antes de que llegara el punto de inflexión para su esposa. Pero sí llegó; y Dios lo destaca para bendición permanente de las almas, que, como ella, habían sido probadas durante mucho tiempo por las dudas, para que descansen como ella finalmente descansó en la palabra de Aquel que no puede mentir.
Sara es una mujer encantadora en muchos sentidos. No era perfecta, y su esposo tampoco; lo mismo ocurre en nuestros hogares. Los esposos no son perfectos y las esposas tampoco, pero es bueno ver al esposo y a la esposa avanzar juntos en lo relacionado con las cosas de Dios. En algunos casos, la esposa puede ser más espiritual que su esposo, como lo fue Sara en este incidente particular. Abraham deseaba que Ismael viviera delante de Dios (Génesis 17:18), pero Ismael no servía para Dios; no provenía del linaje correcto, era hijo de la esclava. La simiente prometida, Isaac, era aquel por quien debía venir la bendición. Sara dijo: «Ese niño tiene que irse; es una mala influencia, no ayudará, no habrá bendición por medio de él». Y Abraham dijo: «No puedo hacer eso, es mi hijo, mi carne». El poder de la naturaleza era fuerte en Abraham. En ese momento no comprendía cuál era la voluntad de Dios. En esa ocasión, Sara era más espiritual. Abraham se sometió a esa instrucción, y Sara demostró ser una mujer de discernimiento, una mujer que comprendía cuál era la voluntad del Señor.
Así que, queridas hermanas, ustedes pueden animar a sus esposos porque a veces pueden estar equivocados; y si disciernen que lo están, corríjanlos con la palabra de Dios y sean una ayuda y un estímulo para ellos. Sara temía a Dios y deseaba hacer lo que era agradable a sus ojos. Abraham fallaba a menudo por causa de la naturaleza, a pesar de ser un gran hombre de Dios. Falló en relación con su padre (Génesis 11:31–12:1-5), falló en relación con Ismael (Génesis 21:9-12), falló en relación con su esposa (Génesis 12:11-20 y 20:1-18), porque el poder de la naturaleza era muy fuerte en él; pero tuvo éxito en muchas otras maneras y, al final, cuando llegó esa prueba suprema, se elevó por encima del poder de la naturaleza y estuvo dispuesto a ofrecer a su hijo Isaac, tan amado por él (Génesis 22:1-19; Hebreos 17:17-19). ¡Qué hombre de Dios! Sin embargo, en este caso particular, Sara era ciertamente una mujer santa; comprendió la voluntad del Señor cuando Abraham no lo hizo.
Es aún más instructivo e importante observar que en este asunto Abraham fue débil y Sara, fuerte. Él no dio gloria a Dios como ella lo hizo; por eso Dios pidió a Abraham que escuchara la voz de Sara, cualquiera que fuese la sujeción natural de la esposa al marido, una sujeción en la que el apóstol Pedro cita expresamente a esta misma Sara como admirable ejemplo para las mujeres cristianas en general. Pero aquí, por gracia, la más débil fue la más fuerte de los dos, y Abraham no debía considerar el sentir de Sara como el mero orgullo ofendido de la señora que no podía soportar los aires de grandeza y las burlas de Ismael. Ella conocía el secreto de Jehová más profundamente que su marido; mientras él concedía indebidamente los reclamos de la carne y se afligía ante la propuesta de expulsar de la casa al hijo de la esclava. Pero así debía ser conforme a Dios. Sara tenía razón. Su hijo era de la promesa, como lo era la palabra que declaraba que Jehová volvería en el tiempo señalado y que Sara tendría un hijo.
No ocurrió así con Agar e Ismael, aunque Dios haría de él una nación por ser descendiente de Abraham. Pero debe haber libertad en la casa para todos los que son de Dios, y no debe haber enredo alguno con el yugo de esclavitud. Debe expulsarse todo vestigio de ley, mundo y carne, y permanecer únicamente lo que era de la promesa. Pero siempre se juzga todo de esta manera hasta el día de «un gran banquete». Entonces llega el momento decisivo, y lo que es de la carne persigue lo que es del Espíritu; la gracia hace que las Saras hablen abiertamente, y Dios quiere que se escuche y se lleve a cabo, aunque un Abraham se aflija; pero entonces, y no antes, la esclava es echada fuera con su hijo. El pacto del Sinaí, que engendra para esclavitud, y su hijo según la carne ya no pueden tolerarse en la casa de la fe.
Por eso Pedro fue llevado a hablar de las antiguas que daban testimonio de Dios en este aspecto. «Porque así también en otro tiempo se adornaban las santas mujeres que esperaban en Dios, sujetándose a sus propios maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor, de la cual vosotras sois hechas hijas, haciendo bien, y no temiendo ninguna amenaza». En Dios descansaba su esperanza, no en ellas mismas. Sara estaba a la cabeza de estas piadosas matronas de Israel; pero, aunque no estaba sola (pues no eran pocas las santas de espíritu semejante), distaba mucho de olvidar los verdaderos adornos propios de las santas.
Aunque los cristianos habían sido favorecidos por Cristo y la redención ya había llegado, las esposas ahora no debían quedarse atrás ni en el adorno moral ni en la sujeción. Sara obedeció a su marido y se dirigió a él con reverencia (Gén. 18:12); no se dejó llevar por el motivo habitual de vanidad, aunque tenía más belleza que la mayoría. Las esposas que hacían el bien y no se dejaban asustar por ningún temor relativo a la decencia llegaron a ser sus hijas. ¿Por qué habrían de temer quienes saben que el Padre de Cristo es su Padre, y que el Dios de Cristo es su Dios? ¿Por qué inquietarse, puesto que Él envió a sus siervos para consolarlas con la misma paz que les dio? El enemigo obra por medio del temor; Dios, por medio de su amor en Cristo, contra toda causa de alarma.
Abraham se apresura, haciendo de Sara compañera de su amable labor, y poco después se pone junto a ellos bajo el árbol mientras comen. Entonces les llega el turno de hablar. Le dijeron: «¿Dónde está Sara tu mujer?». Quizá fue entonces cuando la primera palabra que insinuaba el poder divino de Aquel que se dignó estar allí llegó al oído atento de Abraham. «Ciertamente volveré a ti». No corresponde al hombre hablar de volver con certeza. ¿Se le pasó esto por alto a Abraham? De ninguna manera; sobre todo cuando su esperanza, acariciada durante tanto tiempo, estaba a punto de disfrutar de la promesa de un cumplimiento especificado y, podría decir, fechado. «Ciertamente volveré a ti según el tiempo de la vida; y he aquí, Sara tu mujer tendrá un hijo». Si antes parecía impreciso, desde ese momento fue claro y definido. Pero quien estaba directamente involucrada no tenía el mismo sentido que Abraham de la presencia de Dios. No había en ella la misma disposición de corazón. Sara, sin duda, era una mujer honrada, pero su estado espiritual era distinto del de Abraham. Oímos de ella durante esta conversación detrás de la puerta. Me atrevo a decir que no debía estar allí, pero allí estaba; y si estaba donde no debía, ¿hemos de extrañarnos de que se entregue a sentimientos poco dignos de ella? Se rio, dudando de la palabra. ¿Podría alguno de nosotros imaginar a Abraham detrás de una puerta? ¿No había en él una dignidad sencilla, incapaz de esconderse y escuchar detrás de una puerta?
El Señor aprovecha este momento de santa intimidad para confirmar la fe de Abraham, asegurándole que su hijo nacerá. Esto concierne a Sara, así que Jehová pregunta: «¿Dónde está Sara tu mujer?». Entonces Jehová dice: «De cierto volveré a ti a este tiempo del año; y he aquí, Sara tu mujer tendrá un hijo» (N. Tr.). Si alguien que no fuera una Persona divina hubiera hablado así, habría sido pura presunción. No podemos contar con que llegue siquiera un día. Dios puede decir: «De cierto volveré». Así, la fe de Abraham queda confirmada por la seguridad de las propias palabras de Jehová. Y el Señor todavía se deleita en asegurar a nuestros corazones temblorosos con la palabra cierta de Aquel que puede decir: «Yo lo haré». «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo». «No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros» (Juan 14:3-18).
Abraham oye esta gran promesa plenamente consciente de la gloria de Aquel que habla y, por eso, no expresa asombro, no plantea dificultades ni manifiesta duda. En marcado contraste, la fe y el discernimiento de Sara no están a la altura de los de su esposo. Oye lo que se dice, pero tiene poca conciencia de la gloria de quien habla. Duda de lo que se dice por lo que encuentra en sí misma. Es vieja y su cuerpo está agotado; por eso razona que lo que el Señor ha dicho no puede cumplirse y, en su corazón, se ríe con incredulidad ante la mera idea de tener un hijo. Se la reprende por su incredulidad, y a Abraham se le recuerda que, por imposible que parezca el cumplimiento de la promesa según la naturaleza, nada hay demasiado difícil para el Señor.
Confrontada por su incredulidad, Sara se avergüenza de reconocer la verdad. Como tantas veces ocurre, el temor a las consecuencias lleva a mentir y engañar. Ella «negó, diciendo: No me reí». Puede que sea cierto que no se rio en voz alta; pero se rio en su corazón y tiene que aprender que está en presencia de Uno que puede leer el corazón y ver lo que sucede detrás de las puertas de las tiendas.
Verses
- Genesis 11:29–3129Y tomaron Abram y Nachôr para sí mujeres: el nombre de la mujer de Abram fué Sarai, y el nombre de la mujer de Nachôr, Milca, hija de Harán, padre de Milca y de Isca. 30Mas Sarai fué esteril, y no tenía hijo. 31Y tomó Thare a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo: y salió con ellos de Ur de los Caldeos, para ir a la tierra de Canaán: y vinieron hasta Harán, y asentaron allí.
- Genesis 17:15–2115Dijo también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. 16Y bendecirla he, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos serán de ella. 17Entonces Abraham cayó sobre su rostro, y rióse, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿y Sara, ya de noventa años, ha de parir? 18Y dijo Abraham a Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti. 19Y respondió Dios: Ciertamente Sara tu mujer te parirá un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él por alianza perpetua para su simiente después de él. 20Y en cuanto a Ismael, también te he oído: he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera: doce príncipes engendrará, y ponerlo he por gran gente. 21Mas yo estableceré mi pacto con Isaac, al cual te parirá Sara por este tiempo el año siguiente.