¿Qué es un clérigo?
Answered from the commentary of Frederick William Grant, Samuel Ridout, Raymond K. Campbell and 12 others
Un clérigo, o ministro religioso, es miembro del clero. El clero es una clase de hombres apartada, por lo común mediante la ordenación, y diferenciada de los «laicos» por dedicarse a las cosas sagradas y ocupar en ellas una posición privilegiada que los laicos no tienen. Por razón de su oficio, se supone que tienen una cercanía especial a Dios y derechos especiales en el ministerio de la Palabra y la administración de los «sacramentos». Así que se considera que solo esta clase ordenada por los hombres tiene el derecho exclusivo de predicar, enseñar, bautizar y administrar la Cena del Señor.
La palabra proviene del griego *kleros*, «suerte» o «porción», que aparece en 1 Pedro 5:3 y allí se traduce como «herencia». En ese versículo no se refiere a los pastores. Se refiere al rebaño, a las congregaciones de creyentes consideradas como la porción de Dios, sobre las cuales se advierte a los ancianos que no se enseñoreen. Por tanto, el «clero» de la Biblia es todo el pueblo de Dios. El clero se ha apropiado de este nombre como clase, y su uso actual es señal de que los ministros han sido puestos en el lugar de la iglesia de Dios.
Un clero entendido así no tiene ningún fundamento en la Palabra de Dios, y mucho menos un sacerdocio, salvo en el sentido de que todos los cristianos son sacerdotes. La idea misma de un clérigo no se menciona en ninguna parte de las Escrituras. El Nuevo Testamento no distingue entre clero y laicos, y no reconoce ningún sacerdocio aparte del de Cristo, salvo el sacerdocio común de todos los creyentes. La distinción fue sugerida por el judaísmo y ampliada por la invención humana, y la ordenación episcopal la estableció poco después de los apóstoles. Significa una casta espiritual con derecho oficial al liderazgo y a la cercanía a Dios, derivado del cargo y no del poder espiritual. En la práctica, revive el sacerdocio intermediario del judaísmo y vuelve a poner al resto de los cristianos en la distancia que la cruz eliminó.
La mayoría identifica esto con el nicolaísmo que el Señor aborrece en Apocalipsis 2:6 y Apocalipsis 2:15: «conquistar al pueblo». Un autor cuestiona esa interpretación del nombre. Las expresiones más fuertes van más allá: la idea del clero se califica como señal de apostasía y negación de la obra del Espíritu Santo, y a la clase sacerdotal se la llama apostasía de la verdad acerca de la obra de Cristo.
La objeción se dirige al sistema, no a los hombres. Se reconoce que hay multitudes de siervos devotos de Cristo entre el clero. Tampoco se niega el ministerio verdadero. Los evangelistas, pastores y maestros son dones del Cristo ascendido que no necesitan autorización humana, mientras que los ancianos y diáconos eran cargos locales designados por autoridad apostólica. El Señor también dispuso que quienes predican el evangelio vivan del evangelio, confiando en Él y no en un salario establecido.
Verses: Revelation 2:6, Revelation 2:15, 1 Timothy 3:1, 1 Timothy 3:2, 1 Timothy 3:3, 1 Timothy 3:4, 1 Timothy 3:5, 1 Timothy 3:6, 1 Timothy 3:7, Titus 1:5, Titus 1:6, Titus 1:7, Titus 1:8, Titus 1:9, Hebrews 5:1, Hebrews 5:2, Hebrews 5:3, Hebrews 5:4, Malachi 2:7, 1 Peter 5:1, 1 Peter 5:2, 1 Peter 5:3, 1 Peter 5:4, Acts 20:28, Ephesians 4:11, Ephesians 4:12, 1 Timothy 3:8, 1 Timothy 3:9, 1 Timothy 3:10, 1 Timothy 3:11, 1 Timothy 3:12, 1 Timothy 3:13, Acts 6:1, Acts 6:2, Acts 6:3, Acts 6:4, Acts 6:5, Acts 6:6, Acts 14:23, 1 Timothy 5:17, Hebrews 13:17, 1 Corinthians 4:1, Exodus 28:1, Numbers 18:1, Numbers 18:2, Numbers 18:3, Numbers 18:4, Numbers 18:5, Numbers 18:6, Numbers 18:7, Deuteronomy 33:10, Leviticus 10:10, Leviticus 10:11, Jeremiah 3:15, 1 Peter 2:9
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What the commentators say
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Veamos ahora qué significa un clero. En nuestros días, y desde hace muchas generaciones, es la palabra que designa especialmente a una clase distinguida de los «laicos», distinguida por estar consagrada a las cosas sagradas y por tener un lugar privilegiado en relación con ellas que los laicos no tienen. Sin duda, en la actualidad se invade cada vez más ese lugar especial, y por dos razones. Una es que Dios ha estado dando luz y, al menos entre los protestantes, la Escritura se opone a la tradición, modificándola cuando no la destruye. La otra es meramente humana: vivimos en una época democrática y los privilegios de clase se están desmoronando.
Porque, ¿qué significa? Significa una casta o clase espiritual: un grupo de personas que, por su cargo, tiene derecho a dirigir en asuntos espirituales y a estar cerca de Dios, derecho derivado de su posición oficial, no de un poder espiritual; de hecho, es el resurgimiento, bajo otros nombres y con diversas modificaciones, de aquel mismo sacerdocio intermediario que distinguía al judaísmo y que el cristianismo rechaza enfáticamente. Eso es lo que significa un clero; y, en contraste con ellos, los demás cristianos no son más que los laicos, los seculares, necesariamente relegados en mayor o menor medida a la antigua distancia que la cruz de Cristo ha abolido.
Pero esto nos lleva a considerar un tercer gran obstáculo para recibir la sencilla enseñanza de las Escrituras en cuanto a la organización de la Iglesia: el lugar que ocupa el clero, tanto en la mente de la gente como en la estructura de las diversas denominaciones. Por clero nos referimos a esa clase de hombres que, según se supone, por razón de su cargo, tienen una cercanía especial a Dios y derechos especiales en cuanto al ministerio de la Palabra y la administración de los «sacramentos». Digamos desde el principio que tenemos el más alto aprecio por todo siervo devoto de Cristo, dondequiera que se encuentre y cualquiera que sea el nombre con que se le llame. No negaríamos ni por un momento que hay multitudes de ellos entre el clero. Lo que tenemos que decir no va dirigido contra los hombres, sino contra un sistema que, estamos seguros, no solo es un obstáculo para la bendición de la Iglesia de Dios en general, sino también una gran carga para muchos hombres de conciencia, a quienes oprime su yugo.
La palabra clero deriva del griego cleeros, cuyo significado principal es «suerte», y así se usa al describir el reparto de las vestiduras de nuestro Señor entre los soldados que lo crucificaron (Mat. 27:35, etc.). La encontramos usada de la misma manera al describir la elección de Matías (Hech. 1:26); pero en ese mismo contexto encontramos el uso que probablemente dio origen a la palabra tal como la conocemos. «Porque era contado con nosotros, y tenía suerte en este ministerio» (Hech. 1:17; también v. 25). Este uso de la palabra se acerca al significado derivado de «herencia» o «porción», que encontramos aplicado a la porción de todo el pueblo de Dios (Hech. 26:18; Col. 1:12). En 1 Pedro 5:3, «no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor», la palabra «del Señor» no aparece en el original. La Versión Revisada lo traduce: «no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado». Pero una traducción más evidente y exacta sería: «no como teniendo señorío sobre vuestras posesiones»; la idea evidentemente es que no debían gobernar al pueblo de Dios como si fuera posesión suya. Sin embargo, la traducción de los revisores es significativa, pues indica la parcialidad propia de una posición clerical. Consideran a un grupo del pueblo de Dios como su «encargo», su «rebaño» y, en cierto sentido, propiedad personal suya, aquello que les ha sido asignado; y así traducen un pasaje que pretende precisamente prevenir contra esto. Y este es el error que subyace a todas las ideas de un clero, ya sea el de los sacerdotes de la iglesia de Roma y de Inglaterra, o las formas más moderadas que se encuentran en las diversas denominaciones protestantes. Forman una clase especial con privilegios distintos y deberes especiales, y así asumen una posición que, sin duda, al principio de manera gradual e involuntaria, es totalmente incompatible con los derechos de la Iglesia en su conjunto. Esto es tan cierto que casi podría decirse, como declaró el déspota francés: «El Estado soy yo»; el clero es la Iglesia. El clero debe predicar la palabra; el clero debe administrar los sacramentos; el clero debe hacer las leyes. Una iglesia sin clérigo es como un cuerpo sin cabeza. Ahora bien, con ideas como estas acerca de una clase especial en la Iglesia de Dios, es imposible llegar a una comprensión correcta de lo que es esa Iglesia. En un artículo posterior sobre el ministerio de la Iglesia tendremos ocasión de tratar este tema del clero en relación con la ordenación. Lo dicho basta para mostrar por qué la idea misma de un clérigo, que no se menciona en ninguna parte de las Escrituras, es un velo que oculta la verdad en cuanto a la organización de la iglesia.
Se razona que, porque así fue en el pasado, algo del mismo tipo debe existir hoy. Y así ha sucedido que ciertos hombres, mediante una ceremonia conocida como «ordenación», son apartados para ser «clérigos». La palabra «clero» deriva del griego kleros, que significa porción o lote. Aparece una vez en el Nuevo Testamento, en 1 Pedro 5:3, donde se traduce «herencia». Pero, de manera muy significativa, se usa para referirse a todo el pueblo de Dios, no a ninguna clase especial de hombres entre ellos.
En tiempos subapostólicos, los líderes de las iglesias comenzaron a asumir una posición en virtud de sus dones. Pronto, el nombramiento sustituyó al don. Se convirtieron en oficiales de la iglesia en vez de ser dones del Cristo exaltado. Entre ellos, algunos pronto afirmaron tener prioridad de rango. Y así, de lo que parecía ser una divergencia insignificante del precepto y la práctica apostólicos, ha surgido una jerarquía compuesta por diversos grados de «clero», desde el humilde cura hasta los casi regios monseñores, arzobispos y cardenales: «príncipes de la iglesia», como acertadamente se los llama.
Es como si la Escritura, previendo la pretensión de quienes degradarían la bendita y sencilla función de un obispo hasta convertirla en la de un dignatario sacerdotal mundano de una Iglesia estatal, con el título de «Mi Señor Obispo», añadiera: «No como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey» (1 Pedro 5:2-3).
La palabra griega para «heredad» en este texto que acabamos de citar es klēros, de la cual deriva la palabra inglesa clergy («clero»). El clero bíblico estaba compuesto por TODOS los cristianos, y los laicos (en griego, laos, el pueblo) eran los paganos que estaban fuera del círculo cristiano. El clero ha sustraído una palabra común a todo el pueblo de Dios, reclamándola como descripción de una clase que la Escritura no autoriza, y ha dado al resto del pueblo de Dios el título de laicos, que se aplicaba al mundo pagano de afuera.
Y consideremos por un momento lo que significa la palabra, y descubriremos de manera muy notable en ella la misma gran señal característica de la apostasía: la sustitución de la Iglesia que Dios reconocía por un orden privilegiado que el hombre reconocía, y el consiguiente abatimiento de la Iglesia y el desprecio del Espíritu Santo en ella, o la blasfemia contra Él. ¿Qué significa clero? En las Escrituras significa el cuerpo elegido, o más bien, los cuerpos elegidos de creyentes, como herencia de Dios, en contraste con aquellos que eran instructores o tenían la supervisión espiritual de ellos; y se usa en el pasaje donde el apóstol advierte a estos últimos que jamás asuman el lugar en el que —y mucho peor que en el que— los ministros se han colocado ahora; pues no son meramente señores sobre los cleros, sino que ellos mismos son el clero entero. El uso actual de la palabra es precisamente la señal de la sustitución de los ministros en el lugar de la Iglesia de Dios: como cuando la gente acostumbra hablar de «ir a la iglesia». Ahora bien, todo esto es propio de la apostasía: el poder ligado al ministerio, y este llegando a ser la iglesia a los ojos del mundo, de modo que el mundo pueda ahorrarse el esfuerzo de ser religioso delegándolo en el clero; así, la iglesia y el mundo pasan a ser una sola cosa, y la gente irreligiosa cumple con la iglesia como laicado, porque la religión es asunto del clero y, si es asunto suyo, no es asunto de nadie (pues no la quieren para los laicos irreligiosos); y así, aquello que lleva el nombre de iglesia, siendo en realidad el mundo, sirve para excluir y dejar de lado como cismáticas y malas las obras del Espíritu de Dios en Sus hijos; ¿y quién ha de decidir? La iglesia; pero ellos son el mundo: ¿y recibirá alguna vez el mundo al Espíritu de Dios? No puede. ¿Qué sucede entonces? Ellos se consideran, por supuesto, la iglesia; tienen el clero, que según su parecer es la iglesia de Dios; y la obra del Espíritu de Dios es declarada cismática. Tal es el significado real y sencillo de la palabra clero usada así. Pero citemos el pasaje de las Escrituras: «No como teniendo señorío», dice Pedro, «sobre la herencia de Dios», a los ancianos o instructores. Es decir, sobre el clero de Dios —para expresarlo con letras inglesas, cleroi. A los cuerpos de creyentes cristianos se los llamaba las «suertes» de Dios (el significado de la palabra original cleros), que corresponde a Deuteronomio 9:29. Ahora bien, el clero se ha atribuido ser la única suerte de Dios, pero el único uso de clero en las Escrituras es aplicado al laicado, si así lo quieren llamar, en contraste con los ministros: se les advierte a estos que no asuman ningún señorío. Ahora bien, la sustitución del clero por la iglesia es el verdadero poder moral de la apostasía. Pero esto está contenido, indeleblemente contenido, en la misma palabra según su uso actual, ya sean católicos romanos o protestantes: es decir, descubrimos que la pretensión del clericalismo, el amor secreto a muchos nombres de bella apariencia, es realmente, por su carácter y sus efectos, el pecado contra el Espíritu Santo y el carácter formal de la apostasía. ¡Cuántas veces hemos oído de boca de un ministro o clérigo: «Mi rebaño», como si pensar así fuera una virtud, cuando en realidad es una blasfemia espantosa —no digo que lo sea deliberadamente—, que a un apóstol jamás se le habría ocurrido atreverse siquiera a pronunciar o atribuirse! Era el rebaño de Dios que podían tener a su cargo, para supervisarlo; las ovejas de Cristo, de las cuales podían tener confiada una parte, una suerte (cleros), para apacentar y guiar. Llamarlas sus ovejas, o su rebaño, era ponerse en el lugar de Dios o de Su Cristo; pero lo hacen porque son clero: consideran que ese es su título como clero; serían como dioses. ¿Dirán que son Dios ante los que los matan?
Clero y laicado. — La división de los cristianos en clero y laicado tuvo lugar bastante temprano en la Iglesia. El término «clero» proviene del griego kleros y se encuentra en 1 Pedro 5:3, donde todos los cristianos están incluidos en la «herencia» de Dios. Sin embargo, el uso de la palabra pronto se apartó de este sentido y pasó a significar los obispos, presbíteros y diáconos, para distinguirlos del laicado (de laos, el pueblo). Los obispos y presbíteros también eran llamados «sacerdotes», pero aquí también en las Escrituras el término se aplica a todos los cristianos, como en Apocalipsis 1, que enseña claramente el sacerdocio de todos los cristianos. «En órdenes sagradas» es otro término aplicado al clero, como si fueran más santos que los demás cristianos.
De una concepción errónea y ciega de esto y de la naturaleza del cristianismo ha surgido la costumbre eclesiástica de apartar a un grupo de hombres, el clero, para el ministerio en la Iglesia. Es del todo cierto que quienes ministran de cualquier manera de parte del Señor a su pueblo deben ser apartados para su servicio; pero esto debe llevarse a cabo no por manos humanas, sino por la acción soberana de Dios en gracia, mediante el poder del Espíritu Santo. Bajo la ley había una clase distinta de hombres —los sacerdotes y los levitas—; pero estos fueron designados y consagrados divinamente. En cambio, bajo la gracia, aunque todavía hay distinciones de dones y servicios (1 Cor. 12), todos los creyentes por igual son sacerdotes y, como tales, tienen un derecho inalienable a presentarse en el lugar santísimo, en la presencia inmediata de Dios.
Otros, limitándose al significado del nombre, han señalado que «Nicolaitas» viene de «nikao», que significa «conquistar», y de «laos», «el pueblo» o «los laicos». Así, el término se referiría al desarrollo de una clase que conocemos como «el clero», que se alza en la Iglesia por encima de los laicos y los gobierna.
Hay pruebas abundantes en la historia de la Iglesia de que el sistema del clero, separado de los laicos, surgió temprano en la Iglesia. El sacerdocio común de todos los creyentes, tal como se enseña en las Escrituras (1 Pedro 2:5,9), pronto fue dejado de lado; también lo fueron la presencia del Espíritu Santo y Su ministerio libre en la Iglesia, y la distinción no bíblica entre el clero y los laicos pronto se convirtió en algo habitual. De ahí la creencia, tan prominente a lo largo de los siglos, de que solo cierta clase, ordenada por hombres, tiene el derecho exclusivo de predicar, enseñar y administrar en la Iglesia los sacramentos del bautismo y de la Cena del Señor.
Veamos ahora qué significa el clero. En nuestros días, y desde hace muchas generaciones, es la palabra que distingue especialmente a una clase diferenciada del «laicado», y diferenciada por estar dedicada a las cosas sagradas y por tener en relación con ellas un lugar privilegiado que el laicado no tiene. Sin duda, hoy en día este lugar especial está siendo cada vez más invadido, y por dos razones. Una es que Dios ha estado dando luz y que, al menos entre los protestantes, la Escritura se opone a la tradición, modificándola allí donde no la destruye. La otra es meramente humana: la época es democrática y los privilegios de clase se están desmoronando.
Verses
- Revelation 2:6Mas tienes esto, que aborreces los hechos de los Nicolaítas; los cuales yo también aborrezco.
- Revelation 2:15Así también tú tienes a los que tienen la doctrina de los Nicolaítas, lo cual yo aborrezco.
- 1 Timothy 3:1–131Palabra fiel: Si alguno apetece obispado, buena obra desea. 2Conviene, pues, que el obispo sea irreprensible, marido de una mujer, solícito, templado, compuesto, hospedador, apto para enseñar; 3No amador del vino, no heridor, no codicioso de torpes ganancias, sino moderado, no litigioso, ajeno de avaricia; 4Que gobierne bien su casa, que tenga sus hijos en sujeción con toda honestidad; 5(Porque el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?) 6No un neófito, porque inflándose no caiga en juicio del diablo. 7También conviene que tenga buen testimonio de los extraños, porque no caiga en afrenta y en lazo del diablo. 8Los diáconos asimismo, deben ser honestos, no bilingües, no dados a mucho vino, no amadores de torpes ganancias; 9Que tengan el misterio de la fe con limpia conciencia. 10Y éstos también sean antes probados; y así ministren, si fueren sin crimen. 11Las mujeres asimismo, honestas, no detractoras, templadas, fieles en todo. 12Los diáconos sean maridos de una mujer, que gobiernen bien sus hijos y sus casas. 13Porque los que bien ministraren, ganan para sí buen grado, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús.