¿Qué dice la Biblia sobre la venganza?

Answered from the commentary of Andrew Miller, Hamilton Smith, F. B. Hole and 11 others

La Biblia prohíbe que el creyente se vengue: ante cualquier provocación, el cristiano nunca debe tomar venganza, sino dejar el asunto en manos de Dios, quien dice: «Mía es la venganza; yo pagaré», haciéndose eco de Deuteronomio 32:35. La venganza es prerrogativa exclusiva de Dios y nadie más puede compartirla. La razón es que quien se venga de una ofensa propia siempre se excederá de lo justo; por eso Dios no puede confiar a Su pueblo la venganza, y solo Él conoce tanto el momento como la medida correctos de la retribución. El mandato llega incluso al corazón. Saber que Dios venga a Su pueblo no debe despertar ni el más mínimo deseo de que Su venganza caiga sobre nuestros enemigos. Dar vueltas a las ofensas, esperar la caída de un enemigo o alegrarse por dentro cuando recibe la misma moneda es un espíritu completamente contrario a la mente del Señor. La venganza le resulta dulce a la carne, y alimentarla le cuesta al creyente su gozo y su paz, y le da el triunfo al diablo.

Rehusarse a vengar no es una actitud meramente pasiva, porque el creyente debe devolver bien por mal: dar de comer al enemigo hambriento, darle de beber y así vencer con el bien el mal. Amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza significa derretirlo con bondad y mover su conciencia a juzgarse a sí mismo, no invocar juicio sobre él. Esta bondad pone a prueba al enemigo: o lo lleva al arrepentimiento y a la amistad, o lo endurece aún más. El fundamento de esto es que Dios venció nuestra propia maldad con Su bondad en Cristo, y quienes han sido perdonados gratuitamente no pueden exigirles a otros que paguen. El ejemplo de Cristo muestra el camino: cuando lo insultaban, Él no respondía con insultos, sino que se encomendaba a Aquel que juzga justamente, y Sus seguidores deben andar en Sus pasos.

En Mateo 5:38-39, «ojo por ojo» era una instrucción legal para los jueces de Israel, no una licencia para tomar represalias por cuenta propia, e incluso la ley decía: «No te vengarás». El Señor contrapuso a esa regla de retribución exacta la gracia de no resistir al mal. La prohibición se refiere a las ofensas personales. No anula la autoridad civil, que es servidora de Dios y «vengadora para castigar» a los malhechores. Los clamores de venganza en los Salmos y en la parábola de la viuda no son lenguaje cristiano para este día de gracia, en que los creyentes oran por sus enemigos. Pertenecen a los santos que sufrirán en un tiempo de juicio futuro. El consuelo para el creyente agraviado es que Dios sin duda retribuirá, y viene un día de venganza para quienes no conocen a Dios ni obedecen el evangelio.

Verses: Romans 13:4, Romans 12:17, Romans 12:18, Romans 12:19, Romans 12:20, Romans 12:21, Leviticus 19:18, Deuteronomy 32:35, Proverbs 20:22, Proverbs 24:29, Matthew 5:38, Matthew 5:39, Matthew 5:40, Matthew 5:41, Matthew 5:42, Matthew 5:43, Matthew 5:44, Matthew 5:45, Matthew 5:46, Matthew 5:47, Matthew 5:48, 1 Thessalonians 5:15, 1 Peter 3:9, Hebrews 10:30, Proverbs 25:21, Proverbs 25:22, Luke 6:27, Luke 6:28, Luke 6:29, Luke 6:30, Luke 6:31, Luke 6:35, Luke 6:36, 1 Peter 2:21, 1 Peter 2:22, 1 Peter 2:23, Psalms 94:1, Nahum 1:2, Proverbs 24:17, Proverbs 24:18, Exodus 21:23, Exodus 21:24, Exodus 21:25, Matthew 18:21, Matthew 18:22, Ephesians 4:31, Ephesians 4:32, Colossians 3:13, Luke 23:34, Acts 7:60, 1 Samuel 24:12, 1 Samuel 26:10, 1 Samuel 26:11, Genesis 50:19, Genesis 50:20, Genesis 50:21, Luke 9:54, Luke 9:55, Luke 9:56, Matthew 26:52, Isaiah 35:4, 2 Thessalonians 1:6, 2 Thessalonians 1:7, 2 Thessalonians 1:8, Psalms 37:8, Psalms 37:9

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What the commentators say

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Andrew MillerMeditations on Christian Devotedness

Romanos 12:19. «Amados, no os venguéis vosotros mismos; antes bien, dad lugar a la ira; porque escrito está: Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor». Este precepto está relacionado con la instrucción anterior de no devolver mal por mal; sin embargo, es más amplio y desarrollado. El cristiano, ante cualquier provocación, nunca debe vengarse; debemos dejar ese asunto en manos de Dios, quien, a su debido tiempo, ciertamente vengará a sus «muy amados». Nada puede ser más conmovedor y hermoso que estos términos de afecto. Justo cuando hombres malvados e irrazonables nos provocan e incitan a tomar represalias, se oye la voz del amor más tierno alzándose por encima de la contienda de las pasiones humanas: «Amados, no os venguéis vosotros mismos; antes bien, dad lugar a la ira». Retírense de la escena; den lugar a mi gobierno, por el daño que han recibido. Es mi prerrogativa castigar. «Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor». Véase Deuteronomio 32:35.

El conocimiento de Dios como vengador de los agravios de Su pueblo no tiene por objeto despertar en nuestros corazones el menor deseo de que la venganza divina alcance a nuestros enemigos. Debemos estar alerta ante esto como un deseo secreto, pues tendemos a contar con que la venganza divina caiga sobre quienes nos han hecho daño; y tales expectativas están estrechamente ligadas a la esperanza de que llegue a cumplirse. Debemos protegernos de esto; es algo natural en nosotros y se acerca a los principios del mundo. Es muy desdichado permanecer pensando, ya sea en nuestra propia mente o al conversar con otros, en los agravios —supuestos o reales— que hemos recibido. ¡Cuánto más felices seríamos si los olvidáramos y encomendáramos a las manos del Señor tanto a nosotros mismos como todos nuestros asuntos! Avanzar armados contra nuestros enemigos; vigilar cuándo tropiezan; esperar la oportunidad para sacar a relucir lo que hemos estado guardando dentro; exagerar sus faltas para que reciban el doble por sus pecados; alegrarnos en nuestro interior cuando pensamos que les han pagado con la misma moneda: todo eso es complacerse en un espíritu enteramente contrario a la mente del Señor en el pasaje que tenemos ante nosotros y al espíritu mismo del cristianismo. Solo al Señor le corresponde legítimamente la prerrogativa de vindicar al inocente y castigar al culpable.

Morrish Bible DictionaryBible Dictionary A 3

Después del diluvio, Dios dio a Noé la ley de que «quien derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada» Génesis 9:6; y hasta el día de hoy en Oriente se considera el solemne deber de los parientes de un hombre asesinado procurar que su sangre sea vengada. La ley establecía una distinción entre el asesinato y el homicidio involuntario: cuando alguien moría accidentalmente, el homicida podía huir a una ciudad de refugio (véase allí) y quedar protegido. Dios ha investido al hombre de autoridad gubernamental para cumplir este mandato universal, que fue dado mucho antes de la ley por medio de Moisés y que nunca ha sido revocado ni atenuado. En el Nuevo Testamento, el magistrado no lleva la espada en vano, pues es ministro de Dios para castigo de los malhechores. Romanos 13.

Bajo la ley de Moisés se estableció: «ojo por ojo y diente por diente» Mateo 5:38; Éxodo 21:24. Para el cristiano es muy distinto: como ha sido tratado con gracia, también debe actuar con gracia hacia los demás. La palabra que se le dirige es: «No os venguéis vosotros mismos, antes dad lugar a la ira; porque escrito está: Mía es la venganza: yo pagaré, dice el Señor» Romanos 12:19; Apocalipsis 6:10; Apocalipsis 19:2. Ahora es el día de gracia; pero viene un día de venganza para los que «no conocen a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo» 2 Tesalonicenses 1:8. El deber del cristiano de no vengarse de ninguna manera entra en conflicto con el ejercicio del gobierno de Dios por medio de los magistrados, quienes derivan de Él su autoridad para reprimir y castigar el mal.

Hamilton SmithThe Epistle to the Romans

(vv. 19-21). Finalmente, se nos exhorta a mostrar un espíritu cristiano recto ante los agravios que quizá tengamos que enfrentar. En un mundo como este, quizá tengamos que sufrir injusticias, afrontar insultos y oposición, incluso de cristianos profesos; pero, venga de donde venga, no debemos intentar vengarnos, sino ceder serenamente a la ira. Naturalmente, procuraríamos vengar una ofensa, pero el Señor no nos encomienda esto. Él guarda la venganza en sus propias manos, pues ha dicho: «Mía es la venganza: yo pagaré, dice el Señor» (Sal. 94:1). Nuestra parte es mantener, en toda circunstancia, el espíritu cristiano y procurar ganar a nuestros enemigos mostrando bondad a quienes han obrado mal contra nosotros. Al obrar así, no seremos vencidos por el mal, sino que venceremos el mal con el bien.

William KellyMatthew 1 - 12

Nuestro Señor pasa luego al caso de cualquier daño concreto que se nos pueda hacer. No es que esté mal que un hombre castigue de acuerdo con el daño que se le ha infligido a otro. «Ojo por ojo, y diente por diente» es perfectamente justo; pero nuestro Señor da a entender que debemos ser mucho más que justos: debemos ser bondadosos; y recalca esto como el punto culminante de esta parte del discurso. Primero había reforzado la justicia de la ley, extendido sus alcances y dejado de lado su permisividad; ahora va más allá. Muestra que hay un principio en sus propios caminos y en su vida que enseña al cristiano que no debe buscar venganza. «Mas yo os digo: No resistáis al mal; antes á cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra». Está claro que aquí el Señor no se refiere a lo que deben hacer los gobiernos. El Nuevo Testamento está escrito para el cristiano, para aquellos que tienen una existencia separada y un llamamiento particular en medio de los sistemas y pueblos terrenales. Pertenece a quienes son celestiales mientras caminan sobre la tierra. Llegamos a ser así al recibir a Cristo, y a estos el Señor les dice: «No resistáis al mal; antes á cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra». Aquí se habla de una ofensa personal. El mal que se hace puede ser completamente inmerecido, pero debe vencerse con el bien. Demuestra que estás dispuesto a soportar aún más por amor a Cristo. «Y al que quisiere ponerte á pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa». Allí se recurre a la ley; es decir, un hombre reclama, quizá falsamente, una parte de tu ropa, y si quiere «ponerte á pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa». Aquí parece que no se trata exactamente de un hombre que recurre a la ley, sino de los propios funcionarios públicos. «Y á cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos». El gran principio que nuestro Señor señala en esto —ya sea que se trate de violencia humana o de la ley aplicada con dureza o injusticia— es que, mientras que según la ley podrías dar un paso, según el evangelio darías dos. La gracia hace el doble que la ley, sea cual sea el asunto. Nunca se pretendió que de ningún modo suplantara las obligaciones ni redujera las responsabilidades, sino, por el contrario, que diera poder y fuerza a todo lo que es justo a la vista de Dios. La ley podría decir: «Ojo por ojo, y diente por diente»; aquí no solo está el soportar lo que es positivamente injusto, sino también la gracia que da más de lo que se pide. «La ley por Moisés fué dada: mas la gracia y la verdad por Jesucristo fué hecha». Y esta es una manera práctica de mostrar cuánto valoramos la gracia. No se trata de la mera letra de las palabras de nuestro Señor. Si la limitaras meramente a un golpe en la cara, sería algo muy pobre; pero la palabra de Cristo me comunica el espíritu que agrada a Dios y me da la realidad de la gracia. Y la gracia no consiste en vindicarse a uno mismo ni en castigar una injusticia, sino en soportar el mal y triunfar sobre él con el bien. Cristo habla de lo que el cristiano debe soportar del mundo por el que pasa. Ha de recibir la tribulación como la disciplina que Dios considera buena para su alma; el gran espectáculo ante los hombres y los ángeles: que en esta tierra hay hombres a quienes se permite sufrir por Cristo, y que se regocijan en ello, porque han aprendido a renunciar a su propia voluntad, a sacrificar sus propios derechos y a sufrir injustamente, mirando hacia el día en que el Señor reconocerá todo lo que hayan sufrido por amor a Él, y en que todo mal será juzgado solemnemente en su manifestación y reino.

William Kelly"The powers that be"

Pero supongamos que, en vez de hacer el bien y recibir la aprobación del gobernante, un hombre hace el mal. ¿Qué sucede entonces? «Ten temor, porque no en vano lleva la espada». Ciertamente, si el gobernante no ha de usar la espada, la lleva en vano. Bien podría, o mejor aún, no llevarla en absoluto; pues una amenaza ociosa es prueba de debilidad, y un rayo sin trueno hace que un gobernante, más que a cualquier otro hombre, caiga en el desprecio. Sin embargo, San Pablo no prevé semejante incumplimiento del deber por parte del magistrado, sino que advierte a los mal dispuestos que él es servidor de Dios, «vengador para ejecutar ira contra el que hace lo malo». El pasaje es claro como el mediodía. Demuestra que la autoridad de la espada delegada a Noé y sus hijos, como representantes del gobierno, no ha sido abolida ni anulada más por la gracia de la revelación cristiana que por la justicia del código mosaico. Prueba que el cristiano está obligado a respetar esa espada, cualquiera que sea la mano que la empuñe. Aunque el magistrado fuera infiel, y degradara su cargo al considerar la voluntad popular, y no a Dios, como fuente de su autoridad, el cristiano no está menos obligado a reconocer en él la autoridad de Dios y a honrarlo como ministro de Dios en los asuntos mundanos, en «las cosas de César». Por lo tanto, es puro engaño suponer que el cristianismo priva a un gobierno de la autoridad para castigar con la espada a los malhechores. San Pablo, como hemos visto, reconoce plenamente ese poder y describe al gobernante como alguien autorizado por Dios para vengar el mal. Hablar de la misericordia, la enmienda, etc., como el único o principal propósito cuando se viola la ley y un hombre es condenado por asesinato, por ejemplo, es mostrar la mayor confusión de pensamiento. Pues, si bien la gracia es la idea central del plan de Dios para salvar a los pecadores por medio de la cruz, la justicia es y debe ser el fundamento de todo gobierno terrenal, judío o gentil. Sin duda, en el evangelio Dios puede y de hecho justifica —no solo perdona, sino que justifica— gratuitamente al principal de los pecadores, por medio de la redención que es en Cristo Jesús. Pero inferir de ahí que el gobernante de un mundo debería tratar a los criminales según el mismo principio es, en mi opinión, despreciar tanto la revelación como la razón.

Algunos, lo sé, encuentran una dificultad por causa de Mat. 5:38, etc., y textos similares. Esto se debe a que no se capta el alcance de estas Escrituras; pues ningún creyente insinuaría siquiera que una parte de la palabra de Dios contradice a otra. Ahora bien, hemos visto que Rom. 13 enseña claramente que se debe reconocer al gobernante como quien no lleva la espada en vano; como vengador para ejecutar ira sobre el que hace lo malo; en resumen, como ministro de Dios en las cosas terrenales, no menos que Pablo y Apolos fueron ministros de Dios en las cosas celestiales. Este capítulo coloca formalmente al cristiano en el lugar de sujeción a las autoridades, afirma la autoridad que Dios les ha conferido y, finalmente, hace que para el creyente esto sea una cuestión no solo de ira, sino también de conciencia. Mat. 5 va en una dirección completamente distinta, pero es perfectamente coherente con la enseñanza anterior. Aquí el Señor instruye a sus discípulos en su conducta individual, no en su relación con los gobernantes, y presenta su llamado a andar en gracia, activa o pasivamente, en contraste con los judíos, que fueron llamados a actuar conforme a la justicia de la ley. Es absurdo aplicar un pasaje así a un gobierno o a un tribunal mundano. Si se aplicara de ese modo, probaría que los magistrados deberían tratar con cariño y recompensar a todo culpable, en vez de castigar a alguno.

The Christian's FriendScripture Notes

Una comparación de estas dos Escrituras dará la clave para interpretar la expresión de amontonar ascuas sobre la cabeza de un enemigo. Sin embargo, conviene señalar primero que el versículo 20 de Romanos 12 es una cita de Proverbios 25, con la omisión de las palabras «el Señor te recompensará». Esto es interesante porque muestra uno de los presagios de la gracia que aparecen dispersos aquí y allá en el Antiguo Testamento. Cuando el salmista clama: «Caigan sobre ellos ascuas encendidas», es evidente por el contexto que desea juicio sobre sus enemigos; y esto estaría plenamente de acuerdo con los principios de un gobierno justo, puesto que sus enemigos son enemigos de Jehová. Pero bajo el reinado de la gracia todo cambia; por eso el apóstol escribe: «Amados, no os venguéis vosotros mismos; antes bien, dad lugar a la ira: porque escrito está: Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor». Y no solo eso, sino que, mientras dejamos al enemigo en manos del Señor, nuestros propios corazones, en vez de pedir que caiga juicio, han de llenarse de tierna compasión por él (compárese con Mateo 5:43-44); y así continúa el apóstol: «Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber: pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza». Al mostrarle toda la bondad posible, representando así el corazón de Dios hacia nosotros cuando todavía éramos enemigos (véase Romanos 5:8), haremos que, con la bendición de Dios, sienta el efecto de las ascuas de fuego sobre su cabeza. Ahora bien, como hemos visto en el salmo, la caída de ascuas de fuego sobre la cabeza de los enemigos es un símbolo de juicio; juicio que, en ese caso, proviene de las manos de Dios. Asimismo, en Romanos, amontonar ascuas de fuego sobre la cabeza de un enemigo de la manera descrita conservará el significado de juicio, pero será un juicio sobre sí mismo que se produce en el corazón, y no un juicio que cae sobre la cabeza del enemigo. Lo que aprendemos, por tanto, es que, así como la gracia de Dios nos alcanzó en toda nuestra enemistad, nos quebrantó y nos reconcilió consigo mismo por medio de la muerte de su Hijo, así también la manifestación de gracia y de la bondad necesaria puede quebrantar y ganar a un enemigo, despertando en él remordimientos de conciencia por la actitud que ha asumido. Pero necesitamos estar muy arraigados en la verdad y el poder de la gracia para cumplir esta exhortación apostólica.

L. M. GrantThe Psalms

Abruptamente, el salmista pasa a considerar a los malvados, pues, aunque fueron hechos por Dios, al igual que los justos, se han vuelto deliberadamente contra Él y se han convertido en sus enemigos. Han sido una mancha en la creación de Dios, y el escritor pide a Dios que los destruya. Hoy no debemos orar para que Dios juzgue a nuestros enemigos, pues vivimos en el día de gracia; más bien, debemos orar por nuestros enemigos, para que el Señor Jesús obre en ellos de tal modo que sean salvos antes de que sea necesario que el juicio de Dios los alcance. Pero llegará el tiempo, después que la Iglesia de Dios de la actualidad haya sido arrebatada a la presencia del Señor, cuando Él venga por nosotros, en que será perfectamente conforme a la verdad pedir la destrucción de los enemigos de Dios. En ese tiempo, un gran número de almas preciosas habrá despertado para poner su fe en el Señor Jesús. No tendrán una herencia celestial, sino que serán salvas para recibir bendición terrenal en el milenio. Habrá llegado el tiempo del terrible juicio de Dios. Sin embargo, observa aquí que no se desea el juicio por motivos personales, sino porque estos enemigos se han puesto en contra de Dios. Hablan malvadamente contra Él (v. 20) y toman su nombre en vano. Dios ha tratado con ellos durante mucho tiempo y con paciencia, pues no quiere que ninguno perezca, sino que todos lleguen al arrepentimiento. Pero ellos han resistido sus ruegos, oponiéndose decididamente a sus ofrecimientos de gracia.

Arend Remmers"The Sermon on the Mount"

La «ley del talión» es la quinta de las que el Señor Jesús menciona de la ley y las tradiciones de los antiguos. «Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente» (Éx. 21:24; Lev. 24:20; Deut. 19:21). Esta conocida expresión de retribución suele considerarse característica de la ley de Moisés. Sin embargo, esta es una manera demasiado simplista de considerar la ley que Dios mismo había dado en el monte Sinaí, y que Pablo considera no solo justa, sino también santa y buena (Rom. 7:12).

Esta ley contenía instrucciones morales para la vida de cada israelita, instrucciones ceremoniales (es decir, las leyes de las ofrendas) para que los hijos de Israel sirvieran a Dios, y también instrucciones legales para regular la vida diaria del pueblo. El principio de «ojo por ojo y diente por diente» pertenece a este último grupo. No es un principio para la conciencia de un individuo en particular, sino una instrucción legal para las autoridades y los jueces de Israel. Esto queda claro en Éxodo 21:22 y Deuteronomio 19:18, donde se menciona expresamente a los jueces. La instrucción se basaba en el principio de la equidad absoluta al retribuir el hecho y debía servir de advertencia y disuasión para el pueblo (Deuteronomio 19:20).

Que el principio «ojo por ojo» solo era válido ante los jueces de Israel también se ve en el hecho de que al judío no se le permitía vengarse. «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev. 19:18). No es correcto suponer que el Señor Jesús se refería a ello porque los fariseos quizá lo permitían.

William KellyProverbs

Menos aún debería una persona justa aventurarse a tomar represalias. ¿Quién es él para ocupar el lugar de Dios y decir: «Le haré lo mismo que él me ha hecho»? ¡Qué terrible sería si Él solo nos diera lo que merecemos!

L. M. GrantThe Psalms

En ferviente súplica, el salmista se dirige al «Señor Dios, a quien pertenece la venganza» (v. 1), pues Dios es el único que tiene derecho a ejercer venganza. Si el hombre intenta vengarse, siempre irá más allá de lo perfectamente justo y correcto. Nunca se nos puede confiar que hagamos juicios perfectamente imparciales en nuestro propio caso. También podemos pensar que el juicio debería ejecutarse más pronto de lo que se ejecuta, pero Dios conoce mejor que nosotros tanto el momento del juicio como su carácter. Curiosamente, el salmista añade: «resplandece», aunque posiblemente no comprendía el alcance de lo que escribió. ¿Ha «resplandecido» Dios? Sí, en la encarnación del Señor Jesús, en cuyo rostro resplandece toda la gloria de Dios (2 Cor. 4:6). ¿Acaso no es el resplandor de ese rostro la respuesta plena a la necesidad de los santos de Dios que soportan días, meses y años de sufrimiento?

Verses

  • Romans 13:4Porque es ministro de Dios para tu bien. Mas si hicieres lo malo, teme: porque no en vano lleva el cuchillo; porque es ministro de Dios, vengador para castigo al que hace lo malo.
  • Romans 12:17–2117No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. 18Si se puede hacer, cuanto está en vosotros, tened paz con todos los hombres. 19No os venguéis vosotros mismos, amados míos; antes dad lugar a la ira; porque escrito está: Mía es la venganza: yo pagaré, dice el Señor. 20Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber: que haciendo esto, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza. 21No seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal.
  • Leviticus 19:18No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo: mas amarás a tu prójimo como a ti mismo: Yo Jehová.
  • Deuteronomy 32:35Mía es la venganza y el pago, Al tiempo que su pie vacilará; Porque el día de su aflicción está cercano, Y lo que les está preparado se apresura.