¿Por qué decapitaron a Juan el Bautista?
Answered from the commentary of The Bible Treasury, A. J. Pollock, Morrish Bible Dictionary and 8 others
Decapitaron a Juan el Bautista porque reprendió fielmente a Herodes Antipas por tomar a Herodías, la esposa de su hermano Felipe, y le dijo en la cara: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Marcos 6:18). No fue un comentario aislado, sino lo que acostumbraba decirle al rey cada vez que se presentaba ante él. La reprensión era justa, porque Herodes gobernaba la nación que decía ser de Dios, y ese matrimonio quebrantaba las leyes de Dios.
Por esto, Herodes, a instancias de Herodías, encerró a Juan en la cárcel. Entonces lo habría matado, pero temía al pueblo, que consideraba profeta a Juan. También temía al propio Juan como hombre justo y santo, lo escuchaba con agrado y lo protegía de ella.
Herodías, sin embargo, tomó el reproche como una ofensa imperdonable y alimentó su deseo de venganza hasta que el banquete del cumpleaños de Herodes le dio la oportunidad. Su hija bailó y agradó al rey, y este juró darle lo que pidiera. Siguiendo las instrucciones de su madre, pidió la cabeza de Juan en una bandeja. Herodes se entristeció muchísimo, pero, por causa de su juramento y de los que estaban sentados a la mesa con él, no quiso negársela. Así, su propio orgullo y temor a los hombres lo llevaron a mandar asesinar a Juan. Podría haber salvado a Juan reconociendo que no le correspondía decidir sobre su vida, pero escogió ignorar su responsabilidad ante Dios.
Detrás de la mujer intrigante y el rey débil, estos autores ven la obra de Satanás. Satanás usó la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida para silenciar el testimonio de Dios. El testimonio fiel condena al mundo, y el mundo no puede soportarlo, así que el pecador se deshace del testigo en vez de renunciar a su pecado. Es la misma antigua enemistad del mal contra el bien que ve en otro, como cuando Caín mató a Abel. Por tanto, la muerte de Juan apuntaba de antemano al rechazo y la crucifixión de Cristo. También mostró públicamente que Israel no recibiría el testimonio de Dios.
En un punto, los autores discrepan. La mayoría describe a Herodes como débil y fácilmente influenciable. Uno sostiene que de ninguna manera era débil y que no habría matado a Juan por el deseo directo de las mujeres, pero que quedó atrapado por una consideración supersticiosa de su juramento.
Verses: Mark 6:17, Mark 6:18, Mark 6:19, Mark 6:20, Mark 6:21, Mark 6:22, Mark 6:23, Mark 6:24, Mark 6:25, Mark 6:26, Mark 6:27, Mark 6:28, Mark 6:29, Matthew 14:3, Matthew 14:4, Matthew 14:5, Matthew 14:6, Matthew 14:7, Matthew 14:8, Matthew 14:9, Matthew 14:10, Matthew 14:11, Matthew 14:12, Luke 3:19, Luke 3:20, Luke 9:7, Luke 9:8, Luke 9:9, Leviticus 18:16, Leviticus 20:21, Matthew 14:1, Matthew 14:2, Mark 6:14, Mark 6:15, Mark 6:16, Matthew 11:2, Luke 7:18, Luke 7:19
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What the commentators say
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Fue por la fidelidad de Juan al reprender los pecados de Herodes Antipas que este lo hizo echar en prisión. Esto condujo a su muerte por medio de Salomé y su culpable madre. La obra de Juan había terminado; fue fiel hasta la muerte. Marcos 6:14-29.
Mateo 14. Nuestro Evangelio retoma el curso histórico de estas revelaciones, pero de tal manera que muestra el espíritu que animaba al pueblo. Herodes (que amaba su poder terrenal y su propia gloria más que someterse al testimonio de Dios, y estaba más sujeto a una falsa idea humana que a su conciencia, aunque en muchas cosas parece haber reconocido el poder de la verdad) había hecho cortar la cabeza del precursor del Mesías, Juan el Bautista, a quien ya había encarcelado para apartar de la vista de su esposa al fiel reprensor del pecado en que ella vivía.
Sin embargo, también encontramos esa clase de valor y perseverancia que tan a menudo se asocia con la humildad y la reserva naturales; y no solo en lo que respecta al valor pasivo, sino también al activo y combativo cuando el deber lo requiere. No habla a la gente de manera vaga sobre el pecado en abstracto, sino directa y claramente sobre sus propios pecados. A los publicanos (cuya característica particular era exigir de más al cobrar los impuestos) les dice: «No exijáis más de lo que os está ordenado»; a los soldados: «No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario» (aquí se descubren y reprenden en una docena de palabras las tres tendencias del soldado romano: violencia, acusaciones temerarias y saqueo). Al rey Herodes, que sin duda estaba acostumbrado a un lenguaje muy distinto, le dirige una reprensión breve y severa: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano». Estas últimas pocas palabras le costaron la vida. Vino con el espíritu y el poder de Elías, pero su partida fue muy distinta del glorioso arrebatamiento del antiguo profeta en un carro de fuego. Después de languidecer en la cárcel hasta que la mujer infame tramó su muerte, fue decapitado a petición de la hija de ella; él, que era el mayor de los hombres que habían vivido, fue ejecutado a petición de una bailarina libertina. ¡Y además hicieron de todo aquello una macabra broma! Le cortaron la cabeza y la sirvieron en una bandeja de plata. Tampoco tenemos fundamento para suponer que, cuando los ojos vidriosos del profeta muerto miraron fijamente a aquella alegre compañía, les produjeran remordimiento o tristeza. Probablemente los invitados solo se divirtieron mucho con aquella travesura de su brillante anfitriona y su atractiva hija. Sin embargo, hubo unas pocas manos amorosas y reverentes que tomaron lo que quedaba del gran profeta, una vez que su cabeza y su alma se habían ido, y lo sepultaron. Entonces, aparentemente con el corazón destrozado, «fueron y se lo dijeron a Jesús». (Mateo 14:12.)
Sin embargo, por más que se proclame ampliamente la fama de Jesús, si no hay una obra de Dios en el alma, solo conduce a especulaciones, como en aquel día en que algunos dijeron que era Juan el Bautista resucitado de entre los muertos, y otros que era un profeta. Pero las especulaciones de la mente humana nunca alcanzan la verdad acerca de la Persona de Cristo. Sin embargo, la fama de Cristo llega al círculo de la corte. Ya hemos visto la total falta de discernimiento espiritual en las clases bajas; ahora aprenderemos la baja condición moral de los círculos más elevados. En el caso del rey Herodes, el rumor acerca de Cristo hace más que conducir a especulaciones: despierta una conciencia inquieta. Esto nos lleva a la historia de su pecado. Había contraído un matrimonio ilícito con la mujer de su hermano y Juan el Bautista lo había reprendido por su pecado. Esta reprensión había despertado la enemistad de Herodías, la adúltera culpable. Ella habría matado a Juan, pero no encontraba la manera de hacerlo; o Herodes temía a Juan, pues sabía que era un hombre justo y santo. Herodes, aunque era un hombre sin principios, podía apreciar la bondad en los demás y, de hecho, escuchaba a Juan y hacía muchas cosas siguiendo su consejo. Sin embargo, Herodías espera su momento, y un banquete en la corte le dio la oportunidad que buscaba. El rey, complacido por un baile, hace una promesa imprudente y, en vez de quebrantar su promesa, manda matar a Juan. Bien se ha dicho: «Es mejor quebrantar las promesas del diablo que cumplirlas».
El rechazo y asesinato del Precursor es una solemne indicación de que, a su debido tiempo, Herodes participará en el rechazo y la crucifixión de Cristo.
HERODES ANTIPAS fue el segundo hijo de Herodes el Grande. Llegó a ser tetrarca de Galilea, y se lo menciona principalmente en las Escrituras por su relación con Juan el Bautista. Herodes había cometido el grave pecado de persuadir a la esposa de su hermano Felipe para que abandonara a su marido y se casara con él. Juan había reprendido fielmente a Herodes en su cara, provocando así su ira, así como la de su esposa ilícita, Herodías, quien albergaba una amarga venganza en su corazón. Herodes echó a Juan en la cárcel y lo habría matado, pero temía al pueblo, que lo tenía por profeta.
Llegó el día en que Herodes ofreció una cena de cumpleaños a sus señores, comandantes principales y principales autoridades de Galilea. En esta solemne ocasión, la hija de Herodías bailó delante de los invitados reunidos y cautivó tanto a Herodes que, como recompensa, le ofreció hasta la mitad de su reino. Esta fue la ocasión para que Herodías llevara a cabo su plan de venganza. Instruyó a su hija que pidiera en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. El rey se entristeció muchísimo, pero, por causa de su juramento, envió a un verdugo para que ejecutara su espantosa orden. Cuando la cabeza de este hombre de Dios, ensangrentada y goteando sangre, fue entregada en una bandeja a la hija de Herodías, ella se la llevó a su madre. Sin embargo, este matrimonio desdichado pronto dio su triste fruto.
Fue la ocasión de una guerra entre Herodes y Aretas, rey de Arabia. Herodes se había casado con la hija de Aretas, pero cuando se encaprichó de Herodías, la esposa de su hermano Felipe, procuró divorciarse de la hija del rey de Arabia. En la guerra que siguió, el ejército de Herodes fue destruido. Josefo, al comentar esto, dice: «Algunos de los judíos pensaban que la destrucción del ejército de Herodes venía de Dios, y muy justamente, como castigo por lo que hizo contra Juan, llamado el Bautista; pues Herodes lo mató, siendo él un hombre bueno, que mandaba al pueblo practicar la virtud, tanto la justicia unos con otros como la piedad hacia Dios» (Antigüedades, libro 18, cap. 5).
Pero ese no es el final de la historia trágica. Herodías, quien instó a Herodes a cometer este acto trágico y malvado contra Juan el Bautista, era sumamente ambiciosa, y eso provocó la ruina de su esposo. Lo instó a ir a Roma para buscar honores iguales a los que disfrutaba su hermano Agripa. No podía soportar ver a su hermano en una posición superior a la de su esposo. Al principio, el amor de Herodes por la comodidad lo llevó a rechazar sus deseos, pero, por su insistencia día y noche, al fin ella prevaleció. Herodes fue a Roma acompañado por Herodías y presentó su petición a César, pero despertó sospechas cuando se supo que en su arsenal tenía armas suficientes para setenta mil hombres, acusación que tuvo que reconocer. Como resultado, se le acusó de preparar una rebelión. En vez de alcanzar mayor honor, fue sentenciado al destierro perpetuo en Lyon, Galia (Francia). Herodías compartió su castigo. Josefo observa: «Así castigó Dios a Herodías por su envidia hacia su hermano, y también a Herodes por prestar oído a los vanos discursos de una mujer» (Antigüedades, libro 18, cap. 7).
Pero el efecto de todas estas manifestaciones de poder es que se despierta la conciencia del rey que entonces reinaba en Israel; y el evangelista nos abre la historia de la oposición asesina de las autoridades de Israel contra los testigos de la verdad. Herodes había hecho matar a Juan para satisfacer la maldad de una mujer que le agradaba, maldad que él compartía con ella. Un baile valía la vida del profeta de Dios. Tal era el gobernante de Israel.
Esto lleva a Mateo a contarnos la historia del martirio de Juan, que había ocurrido no mucho antes. El fiel testimonio de Juan había provocado la ira de Herodes y la venganza de Herodías, y el precursor del Señor murió como resultado de un juramento impío. Herodes violó la ley de Dios para preservar el prestigio de su propia palabra. Tal era el hombre que gobernaba a muchos de los judíos: un castigo, sin duda, por su abundante pecado.
No podemos concluir estas meditaciones sin decir unas palabras acerca del final de la trayectoria de Juan el Bautista. Habiendo venido por el «camino de justicia» (Mateo 21:32), perseveró en él hasta el fin; apartado para Dios desde el vientre de su madre, mantuvo esta preciosa característica hasta el último momento. Herodes sabía que era «varón justo y santo». (Marcos 6:20.) Su justicia y santidad prácticas se muestran cuando le dice al rey: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano». Pero el testimonio de los fieles, en vez de mejorar al mundo, lo condena, y esto es lo que el mundo no puede soportar. En este relato se descubre de manera espantosa el carácter de Herodes al luchar contra la verdad. La concupiscencia de la carne obraba en el corazón de este hombre; y para satisfacerla se ve arrastrado a la maldad y la corrupción. El pecador no puede dejar de pecar, aunque esté bajo restricción; sigue pecando al deshacerse del testigo que lo condena. Herodes hace que prendan a Juan, lo aten y lo pongan en la cárcel. (Marcos 6:17.) La corrupción va necesariamente seguida de violencia que, al principio contenida dentro de ciertos límites, abre la puerta a pensamientos homicidas (Mateo 14:5), y su conciencia se endurece cada vez más. No es el temor de Dios lo que lo hace oponerse al crimen, sino el temor a la opinión pública y el deseo egoísta de no perder su influencia y prestigio. También siente cierto respeto por un hombre superior, del que no puede deshacerse sin más formalidades, además de no querer perder el provecho de sus consejos para su propio engrandecimiento. (Marcos 6:20.) Herodes es guiado por Herodías, una mujer apasionada, gobernada por su odio, que consideraba la reprensión del profeta una afrenta imperdonable; ella también «quería matarlo» (Marcos 6:19), pero había encontrado un obstáculo en el respeto que Herodes sentía por Juan. (Marcos 6:20.) Las pasiones de ambos convergen en un mismo punto; las de Herodes van acompañadas de algunos escrúpulos y astucia (Lucas 13:32), mientras que Herodías es más enérgica para llevar a cabo el mal y triunfar sobre los obstáculos.
Llega «un día conveniente»; allí está la mano de Satanás, impulsando a sus instrumentos hacia el acto final. Los hombres están cegados y creen que van a cumplir su propia voluntad; no ven que son el juguete del diablo y que él los conduce a hacer guerra contra Dios. Solo falta tocar uno o dos resortes más secretos del corazón humano, y el crimen se perpetrará. El día está bien elegido; es el cumpleaños de Herodes, cuando su poder y su suntuosidad se exhiben de tal manera que satisfacen la soberbia de la vida. Sus señores, altos capitanes y los principales de Galilea rodean al rey en esta ocasión. (Marcos 6:21.) La hija de Herodías entra, danza y agrada a Herodes y a los que están a la mesa con él. La concupiscencia de los ojos entra con la joven y se apodera del rey, y este promete con juramento: «Todo lo que me pidieres te daré, hasta la mitad de mi reino». (Marcos 6:23.) Incitada por su madre, esta muchacha irreflexiva, sin conciencia, acostumbrada a que se cumplieran sus caprichos, pide con ansias (Marcos 6:25) «en seguida» la cabeza de Juan el Bautista.
La noticia de que la obra del Señor Jesús había llegado al rey Herodes alarmó la conciencia culpable de aquel hombre. Pensó que Juan el Bautista, a quien había asesinado, había resucitado de entre los muertos. Sin embargo, Juan no había hecho ningún milagro (Jn.10:41). Pero el poder moral y espiritual del testimonio de Juan acerca de Cristo había dejado una impresión indeleble en la mente de Herodes que no podía olvidar, aunque hizo caso omiso del tema del testimonio de Juan: el arrepentimiento para con Dios. Más tarde, cuando esperaba ver algún milagro realizado por el Señor, como el Señor no satisfizo esa curiosidad ni siquiera le habló, Herodes entonces lo trató con desprecio (Lk.23:8-11). Las especulaciones de los demás también eran vanas: algunos decían que Él era Elías; otros, simplemente «un profeta, o como uno de los profetas». Pero el pensamiento de Herodes era un completo disparate, pues Juan y el Señor Jesús eran contemporáneos, y Juan lo había bautizado. Herodes podría haber obtenido fácilmente esa información, pero la conciencia le recordaba que aún no había oído la última palabra sobre el hecho de haber asesinado a Juan.
Luego se nos cuenta la historia de esto. Influido por su esposa ilícita, había encarcelado a Juan por el testimonio que este le había dado. Por supuesto, era correcto que Juan reprendiera el matrimonio adúltero de Herodes, pues Herodes era rey de Israel, que afirmaba ser la nación de Dios. El odio de Herodías exigía la muerte de Juan, pero Herodes temía a Juan, a quien sabía de carácter justo y santo. Cuando Juan le hablaba, hacía muchas cosas, sin duda tratando de aliviar su conciencia mediante actos de mérito externo, sin que su corazón fuera alcanzado, aunque escuchaba a Juan con gusto. Una cosa es reconocer la verdad; otra muy distinta es permitir que se apodere del corazón.
Se lo pone a prueba cuando celebra su cumpleaños con un fastuoso despliegue destinado a impresionar a los dignatarios de Galilea. Hizo bailar delante de ellos a la hija de Herodías y pronunció el insensato juramento de que le daría cualquier cosa que pidiera, hasta la mitad de su reino. Primero pidió consejo a su madre; la joven no pidió lo que él esperaba, sino la cabeza de Juan el Bautista. El rey se entristeció muchísimo, pero no lo suficiente como para admitir que había hecho un juramento insensato y que no podía cumplirlo rectamente. Su propio orgullo y su temor a los hombres lo decidieron a mandar asesinar a Juan. Si ella hubiera pedido la cabeza de Herodes, ¿habría aceptado? De hecho, Herodes sí tenía una salida, si hubiera tenido el menor sentido de responsabilidad ante Dios. Podría haberle dicho a la joven que la cabeza de Juan no le correspondía dar; pero era lo bastante orgulloso como para pensar que tenía dominio sobre los cuerpos de los hombres
Enviaron a un guardia de Herodes como verdugo, quien trajo la cabeza de Juan en una bandeja, sin duda delante de toda la multitud de juerguistas, y se la dio a la joven, quien a su vez se la llevó a su madre. ¿No había allí nadie cuyo corazón clamara contra este horrible crimen? ¿No ardería la vista de aquella cabeza en la conciencia de Herodes por el resto de su vida? ¿Pudieron la joven o su madre desterrar alguna vez de sus mentes la culpa de ese enorme crimen, grabada en ellas por la vista de aquella cabeza?
Luego aparece Herodes en escena; y Herodes, según entiendo, representa en Israel el poder del mundo, su poder usurpador, si así se quiere. Sea como fuere, de hecho allí estaba, poseedor del poder del mundo en el país y, aunque no sin inquietudes y luchas al final, siempre totalmente opuesto al testimonio de Dios. En realidad le era hostil, no solo en sus formas más plenas, sino también en el fondo, desde su primera aparición y presentación más elemental. No amaba la verdad; quizá le agradara bastante el hombre que la predicaba, y al principio lo escuchara con gusto; quizá tuviera muchas inquietudes por su alma ante Dios y supiera perfectamente que hacía mal en su vida cotidiana; pero el diablo, aun así, supo manejar la situación tan bien que, aunque había afecto personal o, al menos, respeto por el siervo de Dios, sobreviene el desenlace desastroso, como siempre ocurrirá cuando haya una prueba justa en este mundo. Ningún respeto ni sentimiento de bondad hacia nadie ni hacia nada que sea de Dios prevalecerá cuando se permita actuar a Satanás y quede así libre para llevar a cabo su propio plan mortal de arruinar o frustrar el testimonio de Dios. Esto es lo que quienes participan en el ministerio de Cristo deben esperar que se intente, y harán bien en resistirlo. Si este es el punto, como entiendo, no es difícil ver por qué se introduce aquí. El Señor enviaba a estos vasos escogidos. Ante esta nueva acción suya en la obra, aprendemos cómo se siente el mundo al respecto: no solo el mundo ignorante ni los partidos religiosos con sus jefes, sino también el mundo profano de alta cultura. Y así es como lo tratan. Tienen el poder externo que Satanás encuentra los medios para hacerles usar. Matan al testigo de Dios. Puede que solo sea una mujer malvada quien los incite a cometer el hecho; pero no se engañen. No se trataba únicamente de Herodías. Ella no fue más que el instrumento por el que el diablo lo hizo suceder: él tiene su manera particular; y en este caso tenemos no solo las circunstancias, solemnes como son, sino también el origen de todo en la oposición de Satanás al testimonio de Dios. El resultado es que, si los hombres malvados tienen poder para matar, aunque lo hagan a regañadientes, aquel a quien pertenecen de algún modo los obliga a usar su poder cuando surge la oportunidad. El temor al hombre y las ideas de honor son fuertes donde no se hace caso de Dios: ¿qué no puede ocurrir cuando no hay conciencia? Aquella serpiente antigua puede atrapar al más prudente, tal como Herodes cayó aquí en la trampa. Por su palabra a una mujer malvada, pronunciada en presencia de sus señores, le cortaron la cabeza a Juan y la presentaron en una bandeja.
Verses
- Mark 6:14–2914Y oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el que bautizaba, ha resucitado de los muertos, y por tanto, virtudes obran en él. 15Otros decían: Elías es. Y otros decían: Profeta es, o alguno de los profetas. 16Y oyéndo lo Herodes, dijo: Este es Juan el que yo degollé: él ha resucitado de los muertos. 17Porque el mismo Herodes había enviado, y prendido a Juan, y le había aprisionado en la cárcel a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer. 18Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano. 19Mas Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía: 20Porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le tenía respeto: y oyéndole, hacía muchas cosas; y le oía de buena gana. 21Y venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta de su nacimiento, daba una cena a sus príncipes y tribunos, y a los principales de Galilea; 22Y entrando la hija de Herodías, y danzando, y agradando a Herodes y a los que estaban con él a la mesa, el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quisieres, que yo te lo daré. 23Y le juró: Todo lo que me pidieres te daré, hasta la mitad de mi reino. 24Y saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella dijo: La cabeza de Juan Bautista. 25Entonces ella entró prestamente al rey, y pidió, diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan Bautista. 26Y el rey se entristeció mucho; mas a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla. 27Y luego el rey, enviando uno de la guardia, mandó que fuese traída su cabeza; 28El cual fué, y le degolló en la cárcel, y trajó su cabeza en un plato, y la dió a la muchacha, y la muchacha la dió a su madre. 29Y oyéndo lo sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y le pusieron en un sepulcro.