¿Por qué escogió Dios a María?
Answered from the commentary of J. T. Mawson, Leslie M. Grant, Edward Dennett and 10 others
Dios escogió a María por gracia soberana: aunque era desconocida y pobre, fue escogida entre todas las mujeres para ser el instrumento por medio del cual Dios llevaría a cabo Su gran propósito. Ningún mérito humano podía merecer el honor de ser escogida para ser la madre del Mesías. La expresión del ángel «muy favorecida» en Lucas 1:28 habla de un inmenso favor que Dios le concedió soberanamente. Que ella «ha hallado gracia» en Lucas 1:30 se refiere más bien a su propio estado espiritual, aunque ambas cosas están relacionadas.
La elección sigue el modo habitual de obrar de Dios. María era una joven desconocida para el mundo, desposada con un carpintero pobre en Nazaret, el último lugar que el hombre habría escogido; esto demuestra que Dios no espera nada del hombre, sino que el hombre depende de Dios. En ella y en la despreciada Nazaret, Dios demostró que escoge lo necio, lo débil y lo despreciado del mundo, para que ninguna carne se gloríe en Su presencia (1 Corintios 1:27-29). No había proporción entre el lugar, la persona y la promesa, porque aquí la gracia no depende de nada; Aquel cuya venida fue anunciada llega en circunstancias humildes y a corazones contritos y humildes.
Las promesas de Dios también explican la elección. María y José eran de la casa de David, así que las promesas de Dios, que Él nunca olvida, encontraron en ella el ámbito de su cumplimiento. Ella era la virgen de Isaías 7:14 y el instrumento designado para cumplir la palabra de Dios en Edén acerca de la Simiente de la mujer (Génesis 3:15). Fue escogida siendo virgen para que el Niño no tuviera una paternidad pecaminosa y fuera santo en Su humanidad.
La mayoría de los autores atribuye la elección únicamente a la gracia soberana. Algunos, sin embargo, añaden que, en Su bondad soberana, Dios escogió un instrumento que también era apto. Desde esta perspectiva, María era una mujer piadosa y temerosa de Dios, caracterizada por la mansedumbre, la humildad y la fe; una santa y un instrumento preparado para este honor. Incluso estos autores siguen atribuyendo su elección a la soberanía de la gracia de Dios.
Ninguno afirma que ella fuera sin pecado. Al llamar a Dios «mi Salvador», reconocía que, como todos, necesitaba un Salvador. Solo fue grande en la medida en que se hizo a un lado, para que Dios lo fuera todo, y Dios la guardó así para que Su gracia se manifestara plenamente. Por tanto, su lugar es de privilegio, no de autoridad ni de poder. Todas las generaciones la llaman bienaventurada, pero ella es objeto de bendición, no quien la concede ni una mediadora.
Verses: Genesis 3:15, Luke 1:26, Luke 1:27, Luke 1:28, Luke 1:29, Luke 1:30, Luke 1:31, Luke 1:32, Luke 1:33, Luke 1:34, Luke 1:35, Luke 1:36, Luke 1:37, Luke 1:38, Luke 1:46, Luke 1:47, Luke 1:48, Luke 1:49, Luke 1:50, Luke 1:51, Luke 1:52, Luke 1:53, Luke 1:54, Luke 1:55, Luke 1:45, Isaiah 7:14, Matthew 1:18, Matthew 1:19, Matthew 1:20, Matthew 1:21, Matthew 1:22, Matthew 1:23, Galatians 4:4, Romans 1:3, 2 Samuel 7:12, 2 Samuel 7:13, 2 Samuel 7:14, 2 Samuel 7:15, 2 Samuel 7:16, 1 Corinthians 1:27, 1 Corinthians 1:28, 1 Corinthians 1:29, James 4:6, Luke 2:19, Luke 11:27, Luke 11:28
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What the commentators say
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En el sexto mes del embarazo de Elisabet, el ángel Gabriel fue enviado a Nazaret de Galilea para llevar un mensaje aún más maravilloso a una virgen que estaba comprometida para casarse con José; ambos eran del linaje de David. El saludo de Gabriel habla de la gran gracia concedida a María (favor y gracia son traducciones de la misma palabra griega), de la presencia del Señor con ella y de que era bendita entre las mujeres. Así, primero se menciona su bendición personal (la gran gracia que se le concedió), luego su relación con el Señor (Su presencia con ella) y su relación con los demás (bendita entre las mujeres).
María estaba perpleja ante esas palabras, sin duda también por la aparición repentina del ángel, pero sabiamente esperó en silencio una explicación. «No temas», le dice, para tranquilizarla. Vuelve a hablar de que ella había sido favorecida por Dios (este tema —la gracia o el favor— se destaca hermosamente en Lucas). Ningún mérito humano podía merecer semejante honor: ser escogida por Dios para ser la madre del Mesías. Pero Dios la había escogido para que, sin recursos humanos, concibiera y diera a luz a un Hijo totalmente único, cuyo nombre sería Jesús (vs.30-31).
El mensaje de Gabriel de parte de Dios a María se divide en tres partes. Primero, el saludo que proclama la grandeza del favor que Dios le otorgaría, aunque ella fuera desconocida y pobre. Fue escogida por gracia soberana, entre todas las mujeres, para ser el instrumento por medio del cual Dios llevaría a cabo su gran propósito. En segundo lugar, se reveló cuál era ese propósito. «No temas, María —dijo el ángel—, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin». El que iba a nacer de ella sería el Hijo de David y tendría el trono de su padre; esto quizá lo entendiera, pues pertenecía a la casa de David. Pero ¿cómo podía ser JESÚS, Jehová el Salvador? ¿Cómo podía ser llamado Hijo del Altísimo? Altísimo es el título de Dios en su supremacía sobre toda la tierra y en el cielo: aquel cuya palabra y cuyos caminos nadie puede cuestionar, y quien se manifestará así en el venidero Reino Milenial. ¿Cómo podía tener derecho a ser llamado Hijo suyo el hijo de su vientre? No nos extraña que ella hiciera esa pregunta; era una pregunta justa y apropiada, y dio lugar a la tercera parte del mensaje de Gabriel de parte de Dios, que la esclareció acerca de cómo sucedería. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios».
¿Qué había en Nazaret y qué había en María que llevó al ángel allí? La ciudad era pequeña, oscura y pertenecía a Galilea. La virgen era desconocida y, como ella dice, «de baja condición» (v. 52). No había proporción entre el lugar, la persona y la promesa; pero entonces debemos recordar que la gracia no depende de nada de aquí; y Aquel cuyo advenimiento se anuncia ahora viene a circunstancias humildes y a corazones contritos y humildes; no despreció el vientre de la virgen.
Para María, todo aquello era sobrenatural. Solo pudo decir, con una fe que la caracteriza como una santa sincera y dependiente: «He aquí la sierva del Señor; hágase a mí conforme a tu palabra» (v. 38); y el ángel se fue de ella. Así se pone por completo en las manos de Dios para ser Su honrado instrumento para la encarnación y la venida en carne de «aquella cosa santa», «Hijo del Altísimo» e «Hijo de Dios».
Dios, quien había preparado todo de antemano, envía ahora a anunciar a María el nacimiento del Salvador. En el último lugar que el hombre habría escogido para el propósito de Dios —un lugar cuyo nombre bastaba, a los ojos del mundo, para condenar a quienes procedían de allí—, una joven, desconocida para todos aquellos a quienes el mundo reconocía, estaba comprometida con un pobre carpintero. Su nombre era María. Pero todo estaba en confusión en Israel: el carpintero era de la casa de David. Las promesas de Dios —quien nunca las olvida ni pasa por alto a aquellos que son objeto de ellas— encontraron aquí el ámbito para su cumplimiento. Aquí se dirigen el poder y los afectos de Dios, conforme a su energía divina. Que Nazaret fuera pequeña o grande no tenía importancia, salvo para mostrar que Dios no espera del hombre, sino el hombre de Dios. Gabriel es enviado a Nazaret, a una virgen comprometida con un hombre llamado José, de la casa de David.
Pero María, cuando vio al ángel, que sin duda apareció en forma humana (véase Lucas 24:4), «se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta». Es decir, razonaba interiormente sobre la naturaleza de las palabras de Gabriel, cuál era su «propósito y significado». Podemos entenderlo si recordamos su carácter y su situación. Era una mujer piadosa, temerosa de Dios y, cualquiera que fuera su genealogía, parece haber vivido en circunstancias humildes. La mansedumbre, la humildad y la fe eran manifiestamente los rasgos de su vida espiritual, y por eso bien podía turbarse por lo que había oído y razonar, no con la mente natural como fruto de la duda, sino más bien a causa de la perplejidad de su alma, acerca del significado del saludo del ángel. Con una comprensión de los sentimientos de María dada por Dios, Gabriel primero calma su ánimo y luego, preparándola para la maravillosa comunicación que había sido enviado a hacer, le asegura que ha hallado gracia ante Dios.* Decimos «preparándola» para el mensaje de Gabriel, porque mientras el alma no está en paz y en libertad no se le pueden comunicar las cosas divinas. (Compárese con Dan. 10:19).
*Al comentar el versículo 28, otro ha observado que «las expresiones “hallar gracia” y “muy favorecida” no tienen en absoluto el mismo significado. Ella personalmente había hallado gracia, de modo que no debía temer; pero Dios le había concedido soberanamente esta gracia, este inmenso favor, de ser la madre del Señor. En esto fue objeto del favor soberano de Dios». Puede añadirse que hallar gracia ante Dios se refiere al estado espiritual de María, mientras que ser muy favorecida habla más bien de que ella era el vaso escogido por Dios para el nacimiento de Jesús. Pero ambas cosas están ciertamente relacionadas.
Dios a menudo escoge a los más improbables para llevar a cabo su voluntad. ¿Quién habría pensado que Dios escogería a pescadores sin letras para que fueran compañeros de su Hijo en la tierra y se sentaran en tronos para juzgar a las tribus de Israel? ¿Quién habría pensado que Dios escogería a un ladrón moribundo que antes lo insultaba, para que confesara el valor y el Nombre del Señor mientras estaba en la cruz, y hablara de su reino venidero? ¿Quién habría pensado que Dios llamaría al hombre a cuyos pies fueron puestos los vestidos de los asesinos de Esteban para llevar a los gentiles, como testimonio, lo que Esteban había visto, «la gloria de Dios y a Jesús», y para entregar su vida con fidelidad a Aquel a quien antes perseguía? ¿Y quién habría pensado que Dios, en su soberanía, escogería a criaturas tan inútiles como tú y yo para vivir para Cristo en este mundo, compartir su gloria en el día venidero, y disfrutar por toda la eternidad de su lugar de gozo y afecto en la Casa del Padre?
Aunque María, la madre de Jesús, no tenía ninguna de las desventajas naturales de las otras mujeres de la genealogía de Mateo, la soberanía de la gracia de Dios se manifestó al escogerla, así como se había manifestado al incluir a las otras en el linaje real. No era cananea, como Tamar y Rahab, ni moabita, como Ruth, ni se había unido a un heteo, como Bath-sheba: pertenecía a la casa real de David, en un linaje que el Espíritu de Dios ha trazado en el Evangelio de Lucas, y estaba desposada con alguien que podía demostrar su derecho al trono de David.
Además, estaban los atractivos rasgos morales de María. Su pronta aceptación del mensaje angelical evidencia su serena y sencilla confianza en Jehová y en su palabra, y su espíritu manso y apacible derrama su alabanza en estas deliciosas palabras: «Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador».
Aunque se regocijaba en su bendición al decir: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones», no hay intento alguno de engrandecerse; toda su alabanza es para Dios, quien la había «favorecido grandemente», el Dios que obra con misericordia soberana hacia los pobres, llenando «de bienes a los hambrientos» y despidiendo vacíos a los ricos. Él es un Dios que ayuda a su siervo Israel, «acordándose de su misericordia».
Los consejos de la eternidad y muchas Escrituras del Antiguo Testamento debían cumplirse en el hijo de María; y Dios, en su bondad soberana, había escogido un vaso, y un vaso adecuado, para la concepción de «lo santo». Incluso el tiempo de la venida del Mesías al mundo había sido predicho con exactitud en la profecía de Daniel, e Isaías había escrito: «He aquí que la virgen concebirá, y parirá un hijo, y llamará su nombre Emmanuel».
LUCAS relata la visita de Gabriel a María, una humilde virgen, en Nazaret, en circunstancias de extrema pobreza, pero rica en fe. José aparece en el relato, pero solo de manera incidental. Esto también concuerda perfectamente con el Evangelio, en el cual se presenta esa gracia incomparable que ha descendido hasta los más humildes a los ojos de los hombres. María podía ser pobre y Nazaret despreciada, pero Dios tomará a estos para llevar a cabo sus propósitos, y en ellos se demostrará, en el acto supremo de su gracia, que «Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, para que ninguna carne se jacte en su presencia» (1 Cor. 1:27-29).
Entonces el corazón de María se derrama en acción de gracias. Ella reconoce a Dios como su Salvador por la gracia que la ha llenado de gozo, y reconoce también su propia condición humilde —figura de la condición del remanente de Israel—, que dio ocasión a la intervención de la grandeza de Dios, con un testimonio pleno de que todo procedía de Él mismo. Cualquiera que fuera la piedad apropiada para el instrumento que Él empleó, y que ciertamente se hallaba en María, ella fue grande en la medida en que se ocultó; pues entonces Dios lo era todo, y fue por medio de ella que intervino para manifestar sus maravillosos caminos. Ella habría perdido su lugar si hubiera hecho algo de sí misma, pero en verdad no lo hizo. La gracia de Dios la preservó, para que su gloria se desplegara plenamente en este acontecimiento divino. Ella reconoce su gracia, pero reconoce que todo es gracia para con ella.
Si no fuera porque toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, casi se podría temer abordar el tema de esta «muy favorecida… y bendita entre las mujeres». Quizá haya operado otra razón para impedir que muchos creyentes estudien sus privilegios y su carácter: la pecaminosa idolatría de la que tantos millones de quienes profesan ser cristianos la han hecho objeto. El antídoto contra esta tendencia —tan dolorosa para el Espíritu de Dios y tan deshonrosa para el Señor mismo— se encuentra al considerar las menciones de esta elegida que se conservan en el Evangelio. Esta es la tarea que nos hemos propuesto, con la esperanza de comprender más plenamente, bajo la enseñanza del Espíritu Santo, la maravillosa gracia de Dios al escoger a esta pobre mujer para este honor indecible; y también los frutos de esa gracia, tal como se manifiestan en su confianza sencilla e inquebrantable en el Señor y en su vida consagrada y humilde.
Pero esta es una visitación de gracia soberana. María, vaso escogido para este propósito, había hallado gracia ante los ojos de Dios. Fue favorecida por gracia soberana: bendita entre las mujeres. Concebiría y daría a luz un hijo; lo llamaría Jesús. Él sería grande y sería llamado Hijo del Altísimo. Dios le daría el trono de David, su padre. Reinaría sobre la casa de Jacob para siempre, y Su reino no tendría fin.
Verses
- Genesis 3:15Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.
- Luke 1:26–3826Y al sexto mes, el ángel Gabriel fué enviado de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27A una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David: y el nombre de la virgen era María. 28Y entrando el ángel a donde estaba, dijo, ¡Salve, muy favorecida! el Señor es contigo: bendita tú entre las mujeres. 29Mas ella, cuando le vió, se turbó de sus palabras, y pensaba qué salutación fuese ésta. 30Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia cerca de Dios. 31Y he aquí, concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. 32Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo: y le dará el Señor Dios el trono de David su padre: 33Y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin. 34Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? porque no conozco varón. 35Y respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios. 36Y he aquí, Elisabet tu parienta, también ella ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes a ella que es llamada la estéril: 37Porque ninguna cosa es imposible para Dios. 38Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase a mí conforme a tu palabra. Y el ángel partió de ella.