¿Qué es la voluntad de Dios según la Biblia?
Answered from the commentary of An Outline of Sound Words, Hamilton Smith, A. J. Pollock and 15 others
La Escritura habla de la voluntad de Dios de dos maneras: lo que Dios ha determinado hacer, que nadie puede impedir y que Él sin duda llevará a cabo, y lo que desea que su pueblo haga y sea. La primera es el «misterio de su voluntad» dado a conocer en Efesios 1:9-10: en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, Dios reunirá en Cristo todas las cosas, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra. Los creyentes ya han obtenido una herencia en Él como coherederos con Cristo. Puesto que Él «hace todas las cosas según el consejo de su voluntad» (Efesios 1:11), nada ocurre en este mundo que no sirva a su voluntad, y aquello que Él no gobierna, lo encamina para que sirva a sus propósitos. Dentro de este propósito, es voluntad del Padre que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna y sea resucitado en el día postrero, y que el Hijo no pierda a ninguno de los que le fueron dados (Juan 6:40). El corazón de Dios también se vuelve hacia todos los hombres, pues Él «quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4); aquí «quiere» expresa deseo, no decreto. Por tanto, si los hombres se pierden, es porque su propia voluntad se opone a la verdad, no por voluntad de Dios; y la Escritura no enseña la reprobación. La Escritura enseña con igual claridad la soberanía divina y la responsabilidad humana, y ambas deben creerse incluso cuando no puedan conciliarse. Dios no es autor del pecado, pero lo permite y hace que sirva a su propósito.
En cuanto a la conducta, Dios ha declarado claramente su voluntad. «La voluntad de Dios es vuestra santificación» (1 Tesalonicenses 4:3) exige santidad práctica y pureza personal, en especial abstenerse de la fornicación, y no es algo opcional para el cristiano. «Dad gracias en todo; porque ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús acerca de vosotros» (1 Tesalonicenses 5:18) pide dar gracias en toda circunstancia, aunque no por todo, y no admite excusa alguna para dejar de hacerlo. La ley resumía la voluntad de Dios para los hombres en la tierra como amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. La voluntad de Dios es la norma verdadera para el proceder de la criatura, y toda desviación de ella es pecado. Solo Cristo cumplió perfectamente esa voluntad, pues su alimento era hacer la voluntad de quien lo envió (Juan 4:34). Los creyentes llegan a conocer y comprobar que esa voluntad es «buena, agradable y perfecta» cuando no se conforman a este mundo, sino que son transformados mediante una mente renovada por la Palabra (Romanos 12:2). La capacidad para discernirla depende del estado del alma: si estamos lo bastante cerca de Dios, no nos faltará claridad para conocer su voluntad, y cuando el ojo es sencillo, el camino está despejado. Por la misma razón, las impresiones que no se apoyan en la Palabra no son guía de Dios, y la providencia controla las circunstancias, pero propiamente no nos guía. En las pruebas, la respuesta adecuada es someterse, reconocer que su voluntad es buena y dar gracias, porque nada puede llegarnos que no sea lo mejor que Dios puede hacer por nosotros.
Verses: John 4:34, 1 Thessalonians 4:3, 1 Thessalonians 5:16, 1 Thessalonians 5:17, 1 Thessalonians 5:18, Romans 12:2, 1 Timothy 2:3, 1 Timothy 2:4, 2 Peter 3:9, John 6:38, John 6:39, John 6:40, Ephesians 5:17, Micah 6:8, Matthew 6:10, Matthew 7:21, Matthew 12:50, Matthew 26:39, 1 Peter 2:15, 1 Peter 4:2, 1 John 2:17, 1 John 5:14, Ephesians 1:9, Ephesians 1:10, Ephesians 1:11, Ephesians 6:6, Colossians 1:9, Colossians 1:10, Colossians 4:12, Hebrews 10:36, Hebrews 13:20, Hebrews 13:21, Psalms 40:8, Psalms 143:10, John 7:17, James 4:15, Romans 8:27, Matthew 18:14, Ezekiel 18:23, Deuteronomy 10:12, Deuteronomy 10:13, Proverbs 3:5, Proverbs 3:6, Matthew 22:37, Matthew 22:38, Matthew 22:39, 1 Peter 3:17, Galatians 1:4, Philippians 2:13
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What the commentators say
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A veces la voluntad de Dios se nos presenta en las Escrituras como aquello que Él desea que haga su pueblo, y otras veces como aquello que Dios ha determinado hacer y que ciertamente se llevará a cabo a pesar de toda la oposición del enemigo y del fracaso de su pueblo. Es un privilegio bendito para su pueblo conocer la voluntad de Dios, para actuar a la luz de ella y estar en este mundo para el agrado de Dios, procurando hacer aquello que Él desea que hagamos y ser lo que Él quiere. La voluntad del hombre se opone diametralmente a la voluntad de Dios, y aunque Dios, en su infinita sabiduría, permite que el hombre cumpla su voluntad en el tiempo presente, ciertamente viene el día en que se hará la voluntad de Dios en la tierra, así como se hace en el cielo.
Mucho se dice acerca de la voluntad del hombre, y sus tristes resultados son flagrantes por todas partes. Sin embargo, los redimidos necesitan comprender mejor la voluntad de Dios, y el Espíritu Santo los capacita para hacerlo, pues se desea que «el pleno conocimiento de su voluntad» sea suyo, y que «estén firmes, perfectos y completos en toda la voluntad de Dios» (Colosenses 1:9; 4:12). Lo primero es necesario para que lo segundo nos caracterice.
Todo lo que Dios quisiera que fuese, todo lo que es su beneplácito, es su voluntad. Esto se expresa abundantemente en los escritos inspirados. «Tu beneplácito» (Salmos 40:8, N.Tr.) es citado por el Espíritu como «tu voluntad» en Hebreos 10:7. A menudo, en el habla cotidiana, se habla de la voluntad como algo que quiere, algo en una persona semejante a su espíritu o alma, llamado voluntad; pero las Escrituras hablan de ella más bien como aquello que la persona misma quisiera que sucediera; y cuando encontramos la expresión definida «Esta es la voluntad de Dios», se nos dice de inmediato lo que él mismo quisiera. Bastan dos versículos para mostrar este hecho: (1) «Esta es la voluntad de Dios, a saber, vuestra santificación» (1 Tesalonicenses 4:3); (2) «Esta es la voluntad del que me envió: que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna» (Juan 6:40). Cuando comprendamos esto, entenderemos mejor las Escrituras que hablan de la voluntad de Dios de distintas maneras, en distintos tiempos y en distintas relaciones, pues no se puede decir que una sola cosa sea la voluntad de Dios con exclusión de todas las demás, cualquiera que sea lo que se diga acerca del misterio de esa voluntad.
Las Escrituras tienen mucho que decir acerca de la voluntad de Dios. Hay aquello que Dios ha determinado hacer para Su propia gloria, y que ciertamente se cumplirá, pues no hay nadie en el cielo ni en la tierra que tenga poder para impedirle hacer exactamente lo que quiere hacer. ¡Cuán bendito es que Dios haya querido bendecir a los hombres a pesar de todo lo que el hombre es y ha hecho! Para asegurar esta bendición para los hombres, el Hijo de Dios vino al mundo diciendo: «He aquí, vengo para hacer tu voluntad, oh Dios mío». Por Juan 6:38–40 aprendemos que era la voluntad del Padre que el Hijo no perdiera nada, sino que lo resucitara en el día postrero, y que todos los que creen en el Hijo tengan vida eterna y sean resucitados en el día postrero.
En muchos pasajes, la voluntad de Dios se refiere a los consejos eternos de Dios, como leemos: «Hace todas las cosas según el designio de su voluntad» (Efesios 1:11). En otros pasajes, la referencia es a la voluntad de Dios para su pueblo en su andar diario (1 Tesalonicenses 4:3; 1 Pedro 2:15, etc.). Así sucede en este pasaje, donde evidentemente la voluntad de Dios se refiere a nuestro andar práctico. El discernimiento de la voluntad de Dios para nuestro camino, aunque requiere conocer el pensamiento de Dios tal como ha sido revelado en la Palabra, depende del estado espiritual del alma, implícito en las palabras «sabiduría y entendimiento espiritual». El Apóstol no sugiere que se pueda alcanzar el pleno conocimiento de su voluntad mediante un conocimiento intelectual de los mandamientos expresos de Dios, como bajo la ley. Mucho menos puede alcanzarse mediante el consejo de otros, aunque no se debe despreciar el consejo fraternal. «Sabiduría y entendimiento espiritual» más bien implicarían, como alguien ha dicho, «una percepción de lo que es bueno y sabio a los ojos de Dios, aparte de que sea su mandamiento expreso». «Sabiduría» es conocimiento de la verdad, en contraste con la falta de sabiduría o inteligencia (véase Romanos 1:14). «Entendimiento espiritual» es más bien el discernimiento o la percepción espiritual que hace posible aplicar correctamente la verdad a las circunstancias particulares.
«Esta es la voluntad de Dios, a saber, vuestra santificación», fue lo que Pablo escribió a los tesalonicenses (1 Tes. 4:3), mostrando que no es algo opcional para el cristiano, algo que se pueda procurar o evitar según el capricho de cada uno. Además, Dios mismo la lleva a cabo en sus santos, y abarca todo, pues Pablo continuó orando por ellos: «El mismo Dios de paz os santifique por completo» (1 Tes. 5:23). Todo lo que hay en nosotros debe quedar bajo el toque santificador del Dios de paz.
Y hay más. Aunque haya tribulación, todavía puede haber un gozo genuino, no intermitente, sino permanente y constante, algo que en verdad solo es normal cuando el Señor Jesús mismo es el objeto de nuestro gozo. La oración también ha de ser constante. En todo momento el corazón puede elevarse a Dios, como un hábito tan arraigado que cada ocasión de necesidad, dificultad o angustia nos llevará a clamar a Él voluntaria e inmediatamente desde el corazón. Esto también debe acompañarse de acción de gracias «en todo». Por supuesto, no podemos dar gracias por lo que es pecaminoso, pero, en medio de cualquier mal o bien, este espíritu agradecido ha de ser nuestro. Se nos insiste en la importancia de esto por el hecho de que es «la voluntad de Dios en Cristo Jesús para con ustedes». Si somos sinceros al decir que deseamos la voluntad de Dios, aquí la tenemos, y no puede aceptarse ninguna excusa por no dar gracias.
En cuanto a nosotros, deseamos ser enseñados exclusivamente por la Escritura y no por ninguna escuela de teología. Estamos seguros de que Dios nunca quiso confundir, rechazar ni desanimar a las almas afligidas. Dios es amor; Su gracia ha traído salvación a todos. «No quiere la muerte del impío». «No quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento». «Quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad». Tal es Su actitud benevolente hacia todos. Por tanto, si alguno perece, no es conforme a la voluntad de Dios. Pero hay otro aspecto de esta gran cuestión. El hombre es responsable. ¿Qué significan aquellas conmovedoras palabras del Salvador que lloraba: «¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste!»? Y también: «No queréis venir á mí, para que tengáis vida».
¿No ves, querido amigo, que la Escritura enseña con tanta claridad la soberanía divina como la responsabilidad humana, y la permanencia de la salvación con tanta claridad como su gratuidad? ¿Se nos pide que reconciliemos estas cosas? No; Dios mismo las ha reconciliado, puesto que se enseñan en su santa Palabra. Solo tenemos que inclinar la cabeza con reverencia creyente y adoradora. Es muy importante escapar de los laberintos de la teología sistemática y entregarnos al poder formador de toda la verdad de Dios.
¿Cuál es, entonces, la voluntad de Dios? ¿Se nos revela en la Escritura? Efesios 1:9-10 nos da la respuesta: «Habiéndonos dado a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito que se había propuesto en sí mismo: para la dispensación del cumplimiento de los tiempos, reunir todas las cosas en Cristo, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra; en Él», o, como dice otra traducción: «encabezar todas las cosas en el Cristo, las cosas en los cielos y las cosas sobre la tierra» (N.Tr.).
Romanos 12:2. «Y no os conforméis a este siglo; mas transformaos por la renovación de vuestra mente, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». La conexión entre el primer y el segundo versículo es manifiesta y hermosa. En uno tenemos el cuerpo y en el otro la mente; se incluye al hombre entero. También se nos recuerda así que el mero ejercicio corporal, aunque consista en la observancia diligente de ritos y ceremonias, no aprovecharía nada sin la renovación de la mente. Tanto el hombre interior como el exterior deben ser formados moralmente para Dios y para Su servicio. Por tanto, el gran fin que el cristiano debe alcanzar es el discernimiento de la voluntad de Dios; y la expresión más elevada de la vida cristiana en este mundo es la vida que está sujeta más perfectamente a la voluntad divina. Tenemos que comprobar —aunque nos tome mucho tiempo hacerlo— que esto, y solo esto, es bueno, agradable, perfecto y placentero a Su vista.
La voluntad de Dios es la verdadera norma para el proceder de Su criatura. Las infracciones de esa voluntad son transgresiones y pecados. La obediencia perfecta a ella es justicia; la obediencia parcial, o el descuido, es desobediencia y pecado. La medida justa es el deleite de Dios; Él no puede aceptar ninguna otra. Ahora bien, la voluntad de Dios puede ser sugerida por la conciencia natural o revelada especialmente. Por ambos medios se ha declarado incesantemente al hombre y, en todos los casos, la voluntad natural la ha violado. Fue la voz de un Forastero la que dijo, al venir al mundo: «Vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Heb. 10). Lo dijo, y cumplió su palabra.
Verses
- John 4:34Díceles Jesús: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.
- 1 Thessalonians 4:3Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación;
- 1 Thessalonians 5:16–1816Estad siempre gozosos. 17Orad sin cesar. 18Dad gracias en todo; porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.
- Romans 12:2Y no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
- 1 Timothy 2:3–43Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador; 4El cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad.