¿Qué es la Septuaginta?
Answered from the commentary of The Bible Treasury, A. J. Pollock, Morrish Bible Dictionary and 7 others
La Septuaginta es la antigua traducción griega del Antiguo Testamento hebreo, realizada en Egipto algún tiempo antes de la venida de Cristo. Se hizo en Alejandría para los judíos de habla griega que se habían establecido en Egipto y ya no conocían el hebreo. Ptolomeo Filadelfo, que quería tener la ley judía en su biblioteca, pidió al sumo sacerdote de Jerusalén escribas que la tradujeran. Primero se tradujo la Ley de Moisés, alrededor del año 280 a. C.; los demás libros se tradujeron gradualmente, por distintas personas, hasta que la obra completa estuvo terminada mucho antes del advenimiento de Cristo. Su nombre, que significa «setenta», proviene del relato según el cual setenta o setenta y dos ancianos, seis de cada tribu, realizaron el trabajo. Algunos escritores repiten ese relato como un hecho. Otros lo consideran poco probable o una fábula inventada para conferir a la versión la autoridad de Jerusalén, pues los libros evidentemente provienen de épocas y traductores distintos. Esta versión griega era la Biblia de uso común cuando el Señor estuvo en la tierra, incluso en Palestina. El Señor y los escritores del Nuevo Testamento la citaron a menudo, y su lenguaje influyó en el del Nuevo Testamento. Más tarde fue la fuente de casi todas las antiguas traducciones, incluida la Vulgata latina. Varios autores ven en ella la mano providencial de Dios, que preparó unas Escrituras en griego para que las naciones pudieran examinar las afirmaciones de Jesús.
Como traducción, su calidad es irregular: el Pentateuco es la mejor parte, mientras que algunos libros, como Isaías y Daniel, están traducidos deficientemente. Su valor es real, pero limitado. A menudo resulta útil para mostrar cómo entendían los judíos antiguos las palabras hebreas, pero contiene numerosos errores de traducción y nunca puede reemplazar al original hebreo. Cuando difiere del hebreo, debe darse prioridad al hebreo. Los autores discrepan sobre lo que implica que el Señor la haya usado. La mayoría dice que Él y los apóstoles la citaron como Escritura, como Palabra de Dios, y que así la respaldaron. Otros dicen, con más cautela, que Dios la usó en su gracia sin garantizar que fuera inspirada. Según esta postura, los escritores del Nuevo Testamento la usaron solo cuando transmitía el sentido verdadero, y la mitad de sus citas se tradujeron del hebreo. Cuando la Septuaginta difiere del hebreo en un punto doctrinal, resulta que la cita proviene del hebreo. Por último, los libros apócrifos aparecieron por primera vez encuadernados junto con la Septuaginta. Nunca formaron parte de las Escrituras hebreas y carecen de autoridad divina.
Verses: Hebrews 10:5, Hebrews 10:6, Hebrews 10:7, Psalms 40:6, Psalms 40:7, Psalms 40:8, Matthew 1:23, Isaiah 7:14, Acts 15:16, Acts 15:17, Amos 9:11, Amos 9:12, Hebrews 1:6, Acts 7:14, Genesis 46:27, Luke 4:18, Isaiah 61:1, Romans 3:2, Acts 6:1, 2 Timothy 3:15, 2 Timothy 3:16
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What the commentators say
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Este nombre se da a aquella antigua traducción griega de la Biblia que se realizó en Egipto algún tiempo antes del advenimiento de Cristo, y que se llamó la Septuaginta (es decir, los setenta), por la tradición de que fue realizada por ese número de traductores.
Veamos primero el equivalente griego de la palabra hebrea sheol en la Septuaginta. Septuaginta es el nombre de la traducción del Antiguo Testamento del hebreo al griego, realizada por los judíos de Alejandría; se llama así porque se dice que fue obra de setenta traductores contratados por Ptolomeo Filadelfo, rey de Egipto, alrededor del año 280 a. C.
Cuando nuestro Señor estuvo aquí en la tierra, citó como autoritativa la traducción griega del Antiguo Testamento hebreo. Esta traducción se hizo alrededor del 270 a. C., en Alejandría, Egipto, y comúnmente se llama la Septuaginta, porque el número de traductores empleados fue de unos setenta. Si se hubiera debilitado alguna verdad fundamental, nuestro Señor seguramente no la habría citado.
Como se hace referencia constantemente a esta versión del Antiguo Testamento en obras bíblicas, se añade una breve reseña. Su nombre proviene de la tradición de que la traducción fue hecha por setenta judíos (o setenta y dos, seis de cada una de las doce tribus); pero esto se considera improbable. Sin embargo, a menudo se la menciona simplemente con el numeral LXX.
Se cree que fue hecha en Alejandría y que comenzó alrededor del año 280 a. C. La traducción fue realizada por judíos alejandrinos y por distintas personas. Se considera que algunas partes están mejor traducidas que otras: el Pentateuco se considera el mejor, y las partes históricas, mejores que las poéticas, con excepción de los Salmos y los Proverbios. Se ha juzgado que los manuscritos hebreos usados en la traducción no tenían los puntos vocálicos que se encuentran en las Biblias hebreas modernas, ni divisiones entre las palabras. Esto puede explicar algunas de las diferencias entre el hebreo y el griego, pero hay variantes cuyo origen no puede determinarse ahora. Las muchas citas de la LXX adoptadas por el Señor Jesús y por los escritores del N. T. hacen evidente que entonces estaba en uso común, y que su idioma influyó en gran medida en el empleado en el N. T. Los principales manuscritos unciales son los códices Vaticanus, Alexandrinus, Sinaiticus y Ephraemi, junto con varios ejemplares cursivos. El Vaticanus es el manuscrito que suele imprimirse, con más o menos lecturas variantes.*
§ 1. De la Septuaginta.
La historia de la Traducción llamada convencionalmente Septuaginta (Ἑβδομήκοντα hebdomekonta, Septuaginta), tan importante por el uso que se hace de ella en el Nuevo Testamento, no está del todo aclarada, pues persisten algunas dudas, y debe buscarse en otra parte, como en los Prolegómenos de la edición de Tischendorf. La explicación de cómo Plumptre supone que se preparó parece muy probable. Por lo general se considera que se hizo para uso de los judíos helenistas establecidos en Egipto: muestra un conocimiento íntimo de ese país. Las investigaciones más recientes parecen dejar pocas dudas de que, cualquiera que sea el origen del título por el que se la conoce, toda la traducción o la mayor parte de ella ya existía en el siglo II a. C.; algunos la sitúan incluso antes. Por tanto, hubo tiempo para que su uso se generalizara entre los judíos de Palestina que hablaban griego. Plumptre (al referirse a los «Prolegómenos» de Walton) escribe: «Los judíos de Palestina nunca reconocieron la autoridad de esta versión. Para ellos, traducir el libro sagrado a la lengua de los gentiles parecía un acto de sacrilegio, un pecado tan grande como la adoración del becerro de oro. Instituyeron un día anual de ayuno y humillación por esta profanación, como lo hicieron por la destrucción y profanación del Templo». Aunque los judíos palestinos pudieran impugnar la autoridad de la Septuaginta, parece que incluso quienes eran como Josefo* la usaron ampliamente; Noldeke dice que, con el tiempo, algunos judíos llegaron a considerarla inspirada.
Septuaginta. Vol. 1. 223; III. 21. — No cabe duda de que nuestro Señor y los escritores inspirados del Nuevo Testamento usaban generalmente la Septuaginta. Pero no debe abusarse de este hecho para negar lo igualmente cierto: que contiene numerosas traducciones erróneas en todo su texto y que en precisión no se puede comparar de ninguna manera con la versión autorizada. Sin embargo, el Espíritu Santo condescendió a usarla libremente, adoptando su lenguaje cuando era correcto, aun si difería del sentido del hebreo; así como en ocasiones Él presenta una paráfrasis que difiere de ambos. Era un testimonio de suma importancia que ya existía entre los gentiles, y Dios la empleó con gracia sin garantizar de ninguna manera la inspiración de la LXX ni de su obra. ¿Qué se pensaría del argumento de que las obras de Menandro o Epiménides fueron inspiradas porque el Espíritu Santo los citó en las epístolas de san Pablo? No era antinatural que los primeros padres, griegos y latinos, atribuyeran un valor exagerado a la versión que más se usaba entre ellos. Ni siquiera Agustín conocía el original hebreo, y de los latinos apenas alguno, salvo Jerónimo. Es muy lamentable que un respetable erudito de nuestros días haya revivido esta idea.
Los Ptolomeos — especialmente Ptolomeo Filadelfo — no solo protegieron el saber griego y se esforzaron por hacer de su metrópoli, Alejandría, el centro literario y comercial del mundo; también estaban muy interesados en cultivar la amistad de los judíos, cuyo país, formado por una sucesión de fortalezas naturales, siempre ha constituido un importante puesto avanzado de Egipto. Por tanto, tanto la curiosidad literaria como la prudencia política conspiraron para que aquellos reyes desearan poseer, en la lengua común, la venerable ley de los judíos. De ahí que Ptolomeo Filadelfo (o su padre — no se sabe con certeza cuál de los dos) pidiera al sumo sacerdote de Jerusalén que le consiguiera escribas competentes que pudieran traducir las leyes de Moisés del hebreo al griego. La traducción así realizada llegó a ser uno de los valiosos tesoros que había reunido en su biblioteca de Alejandría. Su composición debió de tener lugar alrededor del año 280 a. C. Parece que, gradualmente y en diferentes épocas, le siguieron traducciones de otras partes de las Escrituras judías; y el conjunto, realizado ciertamente por diversas manos, se completó algún tiempo antes del advenimiento de Cristo.
Este es el sencillo relato, citado en sustancia por un tal Aristóbulo, a quien cita Eusebio en su Historia eclesiástica; y está corroborado en el prólogo al libro apócrifo del Eclesiástico, escrito (según nos dice allí el autor) en tiempos de Ptolomeo Fiscón, algo más de 100 años antes de Cristo. Por tanto, puede considerarse con seguridad que el período de su realización transcurrió del 280 a. C. al 120 a. C. Y podemos estar seguros de que la ley de Moisés fue traducida por mandato real, a la que gradualmente se añadió el resto del libro.
Esta versión alejandrina o Septuaginta, al haberse hecho así en la lengua común de Oriente, se leía incluso en Palestina, donde el griego se había convertido en la lengua habitual de comunicación. Es la única que citan el filósofo Filón y el historiador Josefo; y, lo que nos interesa más, los escritores del Nuevo Testamento casi siempre hacen referencia a ella, pues en aquella época ocupaba respecto del hebreo la misma posición que nuestra versión común en inglés ocupa respecto del inglés, y por eso la usaban todos los que escribían libros destinados a una lectura universal.
Debido a su celebridad, circulaban las historias más extravagantes acerca de su origen. Josefo dice que se eligieron setenta y dos ancianos para la obra, seis de cada tribu, y que sus labores ocuparon exactamente setenta y dos días. Filón incluso afirma que estos setenta y dos hombres fueron encerrados en celdas separadas; que cada uno de ellos tradujo la Biblia entera, sin tener trato alguno con sus colaboradores; y que se comprobó que estas setenta y dos traducciones independientes concordaban exactamente entre sí en todos los detalles. Parece que estas fábulas maravillosas fueron inventadas con el propósito de conferir a esta versión la autoridad del sumo sacerdote y del consejo de Jerusalén. Obtuvieron crédito casi universal, como lo demuestra el hecho de que el nombre de Septuaginta (es decir, setenta) surgió de la ficción de los setenta y dos ancianos. No cabe duda de que estas historias son ficticias, pues hay pruebas internas concluyentes de que los distintos libros se realizaron en épocas diferentes y por manos diferentes; y, de hecho, hay razones de peso para creer que los traductores eran nativos de Alejandría, y no de Palestina.
Hay pocas dudas de que nuestro Señor y sus apóstoles se refirieron a esta versión cuando citaron las Escrituras antiguas. Durante muchos siglos fue la única Biblia conocida en la Iglesia. Muy pocos cristianos, en efecto, antes de la época de la Reforma, sabían algo de la lengua hebrea o sospechaban que existiera una Biblia hebrea. Todas las traducciones antiguas de la Biblia se hicieron a partir de esta (con excepción de la siríaca). La Vulgata, texto autorizado durante siglos en la iglesia latina, se hizo a partir de la Septuaginta, y no directamente del hebreo. Y desde el principio, la iglesia griega nunca ha reconocido otra versión que no sea esta venerable traducción, que ahora tiene más de 2.000 años.
Los apócrifos.
La Biblia hebrea o Antiguo Testamento se completó con Malaquías. Luego, alrededor del 284 a. C., comenzó la Septuaginta, o traducción griega de los Libros Sagrados hebreos, y se terminó unos 130 años antes de Cristo. Pero mucho después de completarse el Antiguo Testamento en hebreo, ciertos libros fueron escritos por judíos en Alejandría y otros lugares —sin que se conozcan con certeza las fechas ni los nombres de los autores— y se incorporaron a la Septuaginta. Estos libros se denominan los Apócrifos. Son útiles como eslabones históricos entre los Testamentos, pero carecen por completo de autoridad divina, y los propios libros tampoco afirman ser inspirados. La diferencia entre los Apócrifos y la Biblia hebrea en cuanto a carácter, estilo y temas es evidente hasta para un niño.
Veamos primero el equivalente griego de la palabra hebrea sheol en la Septuaginta. Septuaginta es el nombre de la traducción del Antiguo Testamento del hebreo al griego, completada por los judíos de Alejandría y llamada así porque se dice que fue obra de setenta traductores empleados por Ptolomeo Filadelfo, rey de Egipto, alrededor del 280 a. C.
Verses
- Hebrews 10:5–75Por lo cual, entrando en el mundo, dice: Sacrificio y presente no quisiste; Mas me apropiaste cuerpo: 6Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. 7Entonces dije: Heme aquí (En la cabecera del libro está escrito de mí) Para que haga, oh Dios, tu voluntad.
- Psalms 40:6–86Sacrificio y presente no te agrada; Has abierto mis oídos; Holocausto y expiación no has demandado. 7Entonces dije: He aquí, vengo; En el envoltorio del libro está escrito de mí: 8El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado; Y tu ley está en medio de mis entrañas.
- Matthew 1:23He aquí la virgen concebirá y parirá un hijo, Y llamarás su nombre Emmanuel, que declarado, es: Con nosotros Dios.
- Isaiah 7:14Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel.