¿Qué es el libro de Sirácida?
Answered from the commentary of J. N. Darby, Morrish Bible Dictionary, Walter Scott and 1 other
El libro de Sirácida, también llamado Eclesiástico o Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá, es uno de los libros de los apócrifos, y no es Escritura. Lo escribió Jesús, hijo de Sirá, según un cálculo alrededor del año 250 a. C. y, según otro, alrededor del 200 a. C.. Su nieto lo tradujo al griego unos 130 años antes de Cristo. Su prólogo dice que fue escrito en tiempos de Ptolomeo Fiscón. Como el resto de los apócrifos, se agregó a la Septuaginta y pasó de allí a la Vulgata latina. Los judíos nunca lo aceptaron como parte de sus Escrituras. Ni el Señor ni los apóstoles lo citaron jamás. Jerónimo lo puso junto con Sabiduría entre los libros que la iglesia puede leer «para edificación del pueblo, no para establecer la autoridad de los dogmas eclesiásticos». El Concilio de Trento fue el primero en declararlo canónico. Por eso, los autores consideran que Roma lo haya establecido como Escritura es una grave infidelidad.
Aun así, el libro se valora como testimonio. Su prólogo habla de «la Ley, los Profetas y los demás Libros», lo cual muestra que el Antiguo Testamento ya se conocía como un volumen completo en tres partes. Esto recuerda a Lucas 24:44. El prólogo también menciona que estos libros ya se habían traducido al griego, y así confirma la historia de la Septuaginta. Las muchas referencias del libro a la Ley ayudan a mostrar que el Pentateuco era entonces igual que ahora. En sus páginas, se llama a Josué sucesor de Moisés en las profecías. A los samaritanos se los llama «el pueblo insensato que habita en Siquem». Un pasaje sostiene la idea judía o platónica de que las almas existían antes del nacimiento. Entre los escritores antiguos, Orígenes llegó al extremo de llamarlo «la Palabra Divina». Los propios autores solo difieren en el grado de aprecio con que hablan del libro. Uno lo recomienda junto con Sabiduría como «muy recomendable en todo sentido, pues contiene preceptos sabios y piadosos, aunque no cuenta con la aprobación directa de la autoridad divina». La mayoría simplemente lo incluye entre los apócrifos, como un escrito meramente humano que no debe mezclarse con la palabra de Dios.
Verses: Luke 24:44
The above is AI generated summary based on the writers below.
What the commentators say
The passages the answer is drawn from, the most direct first, with the words that bear on the question marked.
Pero desde los días de nuestro Señor hasta la época del último escritor hebreo canónico transcurre un largo intervalo. ¿Cómo puede saberse, entonces, que el Pentateuco tal como existía en aquel tiempo era el que se había recibido de Malaquías y sus contemporáneos? También aquí hay una cadena de testimonios suficientes. Unos ciento treinta años antes de Cristo, el nieto de Jesús, hijo de Sirac, tradujo al griego el libro de Eclesiástico. Se reconoce que ese libro es auténtico y contiene tantas referencias a la Ley que prueban la identidad del libro así llamado. El primer libro de Macabeos, también aceptado como auténtico por los críticos modernos, nos lleva casi cincuenta años más atrás. Los frenéticos esfuerzos de Antíoco Epífanes por destruir el libro de la Ley, así como el celo no solo de los sacerdotes, sino también del pueblo común, dispuesto a morir antes que desobedecerla, dan testimonio de la existencia del libro y de la creencia popular de que procedía de Dios. Que nuestro Pentateuco existía y era recibido como la ley de Moisés cien años antes, es decir, unos doscientos ochenta años antes de Cristo, lo atestigua el hecho de que entonces fue traducido al griego por los judíos alejandrinos. Su versión, conocida comúnmente como la Septuaginta, es la citada por los evangelistas y los apóstoles, y nos ha sido transmitida por los Padres griegos; y ya hemos hablado de su concordancia con el hebreo.
La Iglesia católica romana recibe como canónicos ciertos libros que los reformadores rechazan y llaman los Apócrifos. Esta palabra significa «lo que está oculto», y parece que originalmente se aplicaba a aquellos libros que no se publicaban ni se conocían universalmente como Escrituras canónicas, sino que estaban limitados a unas pocas congregaciones heréticas, conocidas solo por ellas y ocultos para todos, excepto para los iniciados. Luego llegó a significar, como en nuestro uso, especialmente aquellos libros que a veces se clasifican como pertenecientes al Antiguo Testamento, pero que los judíos nunca recibieron como tales. Estos libros se añadieron a la antigua traducción griega del Antiguo Testamento, llamada la Septuaginta, y de allí pasaron a la Vulgata, o traducción latina hecha a partir de la Septuaginta. Algunos de estos libros, como Sabiduría y Eclesiástico, son recomendables en todo sentido, pues contienen preceptos sabios y piadosos, aunque no cuentan con la sanción directa de la autoridad divina. Los libros de los Macabeos son historia buena y confiable. Otros, en cambio, son meras novelas extravagantes, sin valor alguno.
Obsérvese que la Iglesia romana no niega el hecho en que se basaron los reformadores, a saber: que los judíos nunca recibieron como canónicos estos libros apócrifos. Se verá, al consultar el prefacio de la Biblia de Douay —es decir, la versión inglesa de la Biblia autorizada por la Iglesia romana—, que la canonicidad de los apócrifos se hace depender únicamente de la autoridad dogmática de la Iglesia.
Josué (la salvación del Señor) abarca un período de entre veinticinco y treinta años; los primeros veintidós capítulos cubren un período de unos ocho años. Algunos han deducido, por el uso frecuente de la tercera persona, que no fue Josué, sino un contemporáneo y testigo presencial, quien escribió el libro. Pero debe recordarse que no era infrecuente que un escritor inspirado hablara y escribiera en tercera persona (véase Esdras 7). La tradición judía atribuye a Josué la autoría de toda la obra, salvo los últimos cinco versículos, que evidentemente fueron escritos después de la muerte del «Salvador» de Israel, como indica el nombre Josué. Jesús, hijo de Sirá, autor del Eclesiástico alrededor del 250 a. C., llama a Josué sucesor de Moisés en las profecías. Probablemente, uno de los ancianos que sobrevivieron a Josué añadió estos versículos suplementarios, así como el relato de ciertos acontecimientos ocurridos algún tiempo después de la muerte de Josué (Josué 15:16-19, compárese con Jueces 1:12-15; Josué 19:47, con Jueces 18).
Los Ptolomeos — especialmente Ptolomeo Filadelfo — no solo protegieron el saber griego y se esforzaron por hacer de su metrópoli, Alejandría, el centro literario y comercial del mundo; también estaban muy interesados en cultivar la amistad de los judíos, cuyo país, formado por una sucesión de fortalezas naturales, siempre ha constituido un importante puesto avanzado de Egipto. Por tanto, tanto la curiosidad literaria como la prudencia política conspiraron para que aquellos reyes desearan poseer, en la lengua común, la venerable ley de los judíos. De ahí que Ptolomeo Filadelfo (o su padre — no se sabe con certeza cuál de los dos) pidiera al sumo sacerdote de Jerusalén que le consiguiera escribas competentes que pudieran traducir las leyes de Moisés del hebreo al griego. La traducción así realizada llegó a ser uno de los valiosos tesoros que había reunido en su biblioteca de Alejandría. Su composición debió de tener lugar alrededor del año 280 a. C. Parece que, gradualmente y en diferentes épocas, le siguieron traducciones de otras partes de las Escrituras judías; y el conjunto, realizado ciertamente por diversas manos, se completó algún tiempo antes del advenimiento de Cristo.
Este es el sencillo relato, citado en sustancia por un tal Aristóbulo, a quien cita Eusebio en su Historia eclesiástica; y está corroborado en el prólogo al libro apócrifo del Eclesiástico, escrito (según nos dice allí el autor) en tiempos de Ptolomeo Fiscón, algo más de 100 años antes de Cristo. Por tanto, puede considerarse con seguridad que el período de su realización transcurrió del 280 a. C. al 120 a. C. Y podemos estar seguros de que la ley de Moisés fue traducida por mandato real, a la que gradualmente se añadió el resto del libro.
Josefo no solo presenta el número de los libros de las Escrituras como un conjunto dividido en tres partes, y a Daniel como uno de los más admirables entre ellos, asegurándonos así que el Antiguo Testamento tal como lo tenemos era un volumen conocido, sino que también la Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá, se refiere a este volumen, aunque sin distinguir los libros, en la misma división triple: la ley, los profetas y los otros libros. Es decir, muestra que el conjunto de las Escrituras estaba completo. Y no solo eso, sino que se refiere a que estos fueron traducidos, declarando que la ley, los profetas y los otros libros no tenían la misma fuerza en la lengua griega. Tenemos pruebas de que Daniel vivió en el tiempo del cautiverio por Ezequiel, quien lo nombra y escribió en ese período. Además, el libro de Daniel ocupaba un lugar en la traducción de los Setenta. No es, ciertamente, la que tenemos, que es la de Teodoción; pero había otra, de la cual aún existen fragmentos en el manuscrito Chisiano. Esta traducción probablemente data de una época tan temprana como el comienzo del reinado de Antíoco, es decir, 175 a. C.; la rebelión de Matatías ocurrió en 167 a. C. El libro de los Macabeos, cuyo contenido probablemente data de alrededor de 130 a. C., se refiere a Daniel. En suma, si recibimos el Nuevo Testamento, tenemos la autoridad del Señor mismo para afirmar que Daniel fue profeta. Además, tenemos, como prueba histórica de su existencia como hombre notablemente conocido en la época a la que se refiere el libro de Daniel, el testimonio de su contemporáneo Ezequiel. Tenemos a Josefo, muy versado en la tradición judía, dando testimonio de que Daniel tuvo eminencia especial entre los profetas y de que existía el conjunto completo de los libros de las Escrituras, mencionado específicamente; dice que no tenían una multitud de libros, sino veintidós (ahora convertidos en veinticuatro al separar Rut de Jueces y Lamentaciones de Jeremías); que todos se habían completado para el reinado de Artajerjes, incluyendo así a Malaquías y Ester, y nada más; que, en efecto, había otros libros entre ellos, pero que no tenían la misma autoridad porque no había profetas que los autentificaran.
Nada puede ser más sencillo que esto. Sin entrar en detalles que no cambian nada de lo esencial, tenemos, sobre bases claras e inteligibles, las Escrituras canónicas y los apócrifos. Los libros canónicos están divididos en tres partes: la ley, los profetas y los himnos; o, como dice el Señor en Lucas, la ley, los profetas y los salmos. Pero eso no es todo. El primer libro de Macabeos hace referencia a Daniel, y sin duda a la traducción de los LXX. Este libro fue escrito unos ciento treinta años antes de Cristo. Jesús, hijo de Sirac, hace referencia a los libros canónicos, según su conocida división tripartita, y a una traducción de ellos; es decir, Daniel ya existía entonces y había sido traducido al griego. La fecha más tardía posible para esto es 130 a. C. Algunos sitúan al hijo de Sirac en 200 a. C. La traducción de los Setenta, de la cual Daniel formaba parte, se hizo gradualmente a partir de 280 a. C. La revuelta de Matatías ocurrió más de ciento diez años después de que comenzara a hacerse. Algunos suponen que Ester fue traducido durante el reinado de Ptolomeo Filométor, y esto tendería a mostrar que la traducción se completó antes. Ahora bien, no tenemos autoridad alguna a la que recurrir durante el intervalo entre Malaquías y la traducción de los Setenta. Pero contamos con el testimonio unánime de toda la autoridad que poseemos de que Daniel es auténtico; y el hecho de que forme parte de los Setenta hace sumamente improbable que su fecha pudiera ser posterior; mientras que los judíos, que ciertamente conocían su propio canon, sin duda alguna lo recibieron como el libro del profeta (también Josefo, quien conocía a fondo la cuestión, presenta, no su propia opinión, sino con claridad y detalle el juicio de los judíos sobre ella y sus razones muy comprensibles). Todas las demás autoridades concuerdan, no solo como autoridades, sino porque hacen referencia precisamente a estos libros como los libros conocidos (establecidos por autoridad) y recibidos por la nación. No tenemos un testimonio anterior al reinado de Antíoco Epífanes, porque no existe ninguno; pero tenemos un testimonio de la recepción anterior y universal de estos libros como Escritura. Por tanto, se puede probar que existía antes, pues entonces todos lo habían recibido plenamente como libro auténtico y había sido traducido como parte de la Escritura, probablemente algún tiempo antes del período mencionado, y con certeza ya entonces era plenamente reconocido, lo cual es exactamente lo mismo para nuestra cuestión actual (es decir, que no fue escrito para la ocasión, pues ya entonces fue traducido como un libro bien conocido).
La primera autoridad que se aduce en favor del purgatorio es la iglesia judía; la cita usada para probarlo es equivocada. El Señor mata y da vida; hace descender al sepulcro y hace subir. Pero ¿qué tiene que ver esto con el purgatorio? El infierno era el Sheol, el lugar invisible de los muertos, o incluso la tumba. Es una simple declaración del poder de Dios para hacer lo que le place, para hacer descender y levantar. Ya hemos visto que el Eclesiástico no es Escritura. El autor habla de que la iglesia judía creía en ello, como consta en muchas partes de la Biblia; pero los judíos no recibieron esto como parte alguna de la Biblia. Que los judíos incrédulos, que rechazan a Cristo, crean en un purgatorio es, creo, del todo cierto; pero eso es una autoridad extraña para un cristiano. No conocen la redención, pero se jactan de ser el pueblo de Dios de manera carnal, aunque no tienen un verdadero lugar de reposo para sus almas. Quieren un purgatorio. El romanista se jacta de lo mismo y no conoce la redención para su propia alma, y también quiere un purgatorio. Yo no habría puesto su fe sobre la misma base; el autor ha considerado conveniente hacerlo. Debe conocer el juicio del Señor sobre esa base: «En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres».
También citas a Tobías: es decir, los apócrifos. Este es uno de los terribles pecados de Roma. Ha pretendido autenticar como Escritura lo que nunca se reconoció como tal hasta mediados del siglo XVI, y lo que la misma persona que hizo la traducción que ella declara auténtica afirma que no es Escritura en absoluto. Una y otra vez él (Jerónimo) declara que hay veintidós libros, excluyendo así los apócrifos del canon; y en particular, en su prefacio a Tobías, dice que no estaba en las Escrituras hebreas. En su prefacio a los libros de Salomón dice: «Así pues, como la iglesia lee ciertamente a Judit y Tobías, y los libros de los Macabeos, pero no los recibe entre las Escrituras canónicas, que también lea estos dos volúmenes para edificación del pueblo, no para establecer la autoridad de los dogmas eclesiásticos». Se refiere a Eclesiástico y Sabiduría. Atanasio también los enumera, veintidós, tanto en la Sinopsis (si es suya, pues algunos lo han puesto en duda) como en el fragmento de la epístola festal; dice que los enumera porque algunos se atreverían a mezclar libros apócrifos con las Escrituras divinas, y habla de Tobías y otros como libros que se leen, pero no son canónicos.
Orígenes nos dice lo mismo, y también Eusebio. Pero, para ser breve, Cristo nunca cita estos libros, ni se encuentran en absoluto en el hebreo. Los judíos nunca los reconocieron como parte de sus Escrituras. Josefo es explícito en cuanto a lo que fue recibido y dice que no hubo ninguno después de Artajerjes; que había otros, pero no canónicos, y que los profetas dieron su aprobación a los libros como parte del canon. Reconoció que no tienen ninguna clase de autoridad; y todas las autoridades judías y cristianas declararon que no formaban parte del canon hasta el Concilio de Trento. Ahora bien, los oráculos de Dios fueron confiados a la iglesia, como en otro tiempo lo fueron a los judíos. La iglesia no les da autoridad —no puede dársela a lo que Dios ha hablado—; pero, cuando Dios se los hubo dado, los confió a la iglesia para que los guardara —velando por ella en toda su providencia—, y Roma ha demostrado no ser la iglesia por su deliberada infidelidad en esto, al presentar como Escritura lo que todos los judíos, la iglesia y todos los testigos declaran a una voz que no lo es. Aquí ella misma se condena. Vea lo que se dice en Macabeos: «Si lo he narrado bien y como corresponde a la historia, eso es lo que deseo; si mal, que se me perdone». ¡Vaya, es blasfemia atribuir tales palabras al Espíritu Santo; y de esa blasfemia Roma es culpable.
Ahora debemos observar los escritos judíos tal como circulaban entre los primeros cristianos, en particular los llamados Padres. Para los primeros cristianos, el Antiguo Testamento era, por supuesto, la única guía escrita, hasta que las Escrituras del Nuevo Testamento se difundieron y fueron aceptadas. Como la mayoría solo podía usar el Antiguo Testamento en griego, estaban acostumbrados a los libros incluidos en la Septuaginta. Por eso algunos de los «Padres» citan a menudo los apócrifos como si fueran canónicos. De Wette da referencias a Ireneo, del siglo segundo; Clemente de Alejandría y Tertuliano, ambos del siglo tercero; y Cipriano, del siglo tercero.
Orígenes, también del siglo tercero, aunque conocía el canon hebreo, no se apartó de la Biblia alejandrina. Se refiere a los libros de los Macabeos como poseedores de «autoridad escritural», cita Sabiduría y Tobías, llama al Eclesiástico «la Palabra divina», y así sucesivamente.
Toda clase. Una razón contundente es que nunca estuvo en hebreo; y, en cuanto al testimonio externo, los judíos nunca lo clasificaron entre las Escrituras. Pero para conocer realmente la autoridad de las Escrituras, se necesita enseñanza divina. Los judíos dividían las Escrituras en la ley, los profetas y los salmos. Josefo dice que hubo profetas después del tiempo de Artajerjes (es decir, en tiempos de Malaquías), pero que no tenían la misma autoridad que los anteriores. Por supuesto, esa no es una manera divina de saberlo. Se dice que el libro de Sirácida fue traducido al hebreo, pero no fue así. La mejor manera de determinar qué pensar de esos libros es examinarlos. Tomen Macabeos y encontrarán algo como esto: «He hecho todo lo posible por hacer un compendio de los cinco libros de tal hombre, porque es muy tedioso tener demasiado que leer, y si lo he hecho bien, entonces es digno del tema», y así sucesivamente. ¡Imagínense decir que eso es inspirado!
Tenemos un ejemplo singular de la noción judía, oriental o platónica de la preexistencia del alma en el Libro de la Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac, cap. 41:9-10, aunque el cuerpo sin mancha no viene al caso. Es muy probable que los discípulos, en Juan 9, estuvieran bajo la influencia popular e irreflexiva de esta idea cuando preguntaron: «¿Quién pecó, este o sus padres?». Las palabras del Señor serían meramente negativas.
Verses
- Luke 24:44Y él les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos.