¿Cómo es el cielo según la Biblia?

Answered from the commentary of Andrew Miller, Samuel Ridout, Edward Dennett and 21 others

En esencia, el cielo es Dios habitando con Su pueblo redimido: «el tabernáculo de Dios con los hombres» (Apocalipsis 21:3); no como un visitante pasajero, como en Edén, sino como quien vive entre ellos para siempre. Ese ha sido el propósito de Dios desde el principio, y cada morada anterior de Dios entre Su pueblo solo lo prefiguraba. Por tanto, su dicha es ante todo personal. Es «la casa del Padre», con «muchas moradas» (Juan 14:2), es decir, habitaciones: hay lugar suficiente para todos los que son de Cristo, y un hogar que, una vez alcanzado, nunca se deja. El Señor va allí a preparar un lugar y vuelve para recibir a los Suyos junto a Sí. Así, la persona hace el lugar, y la Escritura habla de ir a Cristo en vez de simplemente ir al cielo. Por la misma razón, el corazón no quedaría satisfecho en un cielo sin Jesús.

La Escritura describe esta escena principalmente por lo que no hay allí. No hay lágrimas, muerte, tristeza, llanto ni dolor, porque el pecado, que trajo todo eso, ha desaparecido para siempre y nada que contamine puede entrar. Dios mismo enjuga toda lágrima con la ternura de una madre, de modo que no queda rastro de las tristezas pasadas y ninguna puede volver. La parte positiva se expone con mayor amplitud en Apocalipsis 22:3-4. Allí Sus siervos le sirven perfectamente, sin cansancio ni motivos mezclados. Ven Su rostro en una cercanía sin impedimentos. Su nombre está en sus frentes, lo cual los identifica como Suyos y muestra Su semejanza en cada rostro. No hay noche, porque el Señor Dios es su luz, y ellos reinan para siempre. El cielo también estará lleno de alabanzas al Cordero que fue inmolado, y los redimidos estarán más cerca del trono que los ángeles.

Los santos tendrán cuerpos como el cuerpo glorioso de Cristo (Filipenses 3:21): incorruptibles, gloriosos, poderosos y espirituales (1 Corintios 15:42-44). Serán cuerpos reales, no espíritus etéreos, pero libres de las limitaciones terrenales. Cada persona conservará su propia identidad, y los creyentes volverán a reconocerse.

Hasta la resurrección, el creyente que muere parte para estar «con Cristo, lo cual es mucho mejor» (Filipenses 1:23). Es un descanso consciente y feliz en la presencia del Señor, no un sueño del alma. Aún no es la gloria final, que espera a que el cuerpo resucite.

Según la interpretación general de los comentaristas, la calle de oro, las puertas de perla y los muros de jaspe de la ciudad santa son símbolos, no un plano literal de edificios. El oro puro y transparente habla de la justicia divina y de una pureza que nunca más podrá contaminarse. Las perlas hablan de cuán preciosa es la iglesia para Cristo. Que no haya templo significa que ya no existe ninguna distancia con Dios. Un escritor califica la idea de una ciudad literal de oro con millas medidas de «una idea sumamente ofensiva». Otro advierte que quien piensa en el cielo solo como oro y piedras preciosas es «más mahometano que cristiano», porque el cielo es donde Cristo es glorificado.

Mucho de lo concerniente al estado eterno sigue estando más allá de lo que ahora se ha revelado, pues la Escritura dice poco sobre él en detalle. Aun así, lo que «ojo no vio» (1 Corintios 2:9-10), Dios lo ha revelado por Su Espíritu a quienes lo aman. Su gozo supremo es verlo tal como Él es y ser como Él (1 Juan 3:2).

Verses: 1 Corinthians 15:43, 1 Corinthians 15:44, 1 Corinthians 2:10, Revelation 21:1, Revelation 21:2, Revelation 21:3, Revelation 21:4, Revelation 21:5, Revelation 21:10, Revelation 21:11, Revelation 21:12, Revelation 21:13, Revelation 21:14, Revelation 21:15, Revelation 21:16, Revelation 21:17, Revelation 21:18, Revelation 21:19, Revelation 21:20, Revelation 21:21, Revelation 21:22, Revelation 21:23, Revelation 21:24, Revelation 21:25, Revelation 21:26, Revelation 21:27, Revelation 22:1, Revelation 22:2, Revelation 22:3, Revelation 22:4, Revelation 22:5, John 14:2, John 14:3, 1 Corinthians 2:9, Revelation 7:9, Revelation 7:10, Revelation 7:11, Revelation 7:12, Revelation 7:13, Revelation 7:14, Revelation 7:15, Revelation 7:16, Revelation 7:17, Revelation 4:1, Revelation 4:2, Revelation 4:3, Revelation 4:4, Revelation 4:5, Revelation 4:6, Revelation 4:7, Revelation 4:8, Revelation 4:9, Revelation 4:10, Revelation 4:11, Revelation 5:11, Revelation 5:12, Revelation 5:13, Revelation 5:14, 2 Corinthians 5:1, 2 Corinthians 5:8, Philippians 1:21, Philippians 1:22, Philippians 1:23, Philippians 3:20, Philippians 3:21, 1 Corinthians 15:42, 1 Corinthians 15:51, 1 Corinthians 15:52, 1 Corinthians 15:53, 1 Corinthians 15:54, 1 John 3:2, 1 Corinthians 13:12, Matthew 22:30, Luke 23:43, 2 Corinthians 12:2, 2 Corinthians 12:3, 2 Corinthians 12:4, Isaiah 65:17, Isaiah 65:18, Isaiah 65:19, Isaiah 65:20, Isaiah 65:21, Isaiah 65:22, Isaiah 65:23, Isaiah 65:24, Isaiah 65:25, Isaiah 6:1, Isaiah 6:2, Isaiah 6:3, Psalms 16:11, Hebrews 11:16, Hebrews 12:22, Hebrews 12:23, Hebrews 12:24, 2 Peter 3:13, Matthew 6:19, Matthew 6:20, 1 Peter 1:3, 1 Peter 1:4, Matthew 8:11, Luke 15:7, Luke 15:10, Romans 8:18, 2 Corinthians 4:17, 2 Corinthians 4:18, Daniel 12:2, Daniel 12:3, Ezekiel 1:26, Ezekiel 1:27, Ezekiel 1:28

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What the commentators say

The passages the answer is drawn from, the most direct first, with the words that bear on the question marked.

James BoydEternal Punishment

¿Qué dice la Escritura? Es nuestra única instancia de apelación. Si guarda silencio sobre estas cuestiones, también nosotros debemos guardar silencio. Pero no guarda silencio. Habla de todos estos asuntos con voz clara. Dice: «Sin embargo, esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13). Los cielos y la tierra actuales están contaminados por el pecado, pero se acerca su día de purificación, y cuando llegue ese día su renovación será completa y cabal; no quedará rastro de pecado en aquel escenario donde Dios será todo en todos. Lo describe el profeta que, en la visión de Dios, dice: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es. Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalén nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios. Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21). ¡Qué perspectiva gloriosa! ¡Qué temporadas de felicidad infinita, satisfacción sin límites y alegría inefable llenarán aquellas regiones donde la justicia, la verdad, la santidad, la paz y el amor divino tienen su morada eterna! ¡Qué gritos de júbilo y qué cantos de victoria brotarán de aquella incontable multitud de vencedores lavados con sangre, que entonces habrán alcanzado la cumbre y el pináculo de todo deseo que el Espíritu Santo de Dios hubiera engendrado alguna vez en sus almas! ¡Qué gloria para el Cordero resonará como un trueno por todo el vasto reino del Dios bendito! ¡Qué alabanza y adoración se elevarán allí al oído del Padre desde cada corazón rebosante de deleite infinito y supremo! ¡Cuánto anhela uno unirse a aquella multitud; respirar el ambiente de aquella hermosa tierra; contemplar aquella gloriosa compañía de hijos de Dios; mirar con arrobamiento a Aquel que, con el poder de Su amor eterno, los condujo a salvo por todo el viaje a través del desierto hasta la gloria; oír aquella melodía celestial que brotará como el sonido de muchas aguas de cada corazón redimido; y unirse a ella para alabar a Aquel que nos amó y se entregó por nosotros para hacernos Suyos! ¡Qué ámbito de dicha suprema, el mejor que la sabiduría, el poder y el amor de Dios pudieron concebir! ¡Contemplar a la criatura en las mejores circunstancias que Dios pudiera proporcionarle, verla vestida con las ropas más ricas que Él pudiera proveer, verla sentada en el banquete más suntuoso que la creación de Dios pudiera ofrecer, tener el oído deleitado con música de los instrumentos más maravillosos que pudiera concebir el propio Creador, y saber que toda alma descansará allí, para siempre a salvo de la invasión del mal: apresura, oh Señor, aquel día glorioso!

Edward DennettThe Blessed Hope

Pero es en el Apocalipsis donde encontramos la descripción más completa del estado eterno: «Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar ya no existía». (Apocalipsis 21:1.) Isaías había hablado de cielos nuevos y una tierra nueva (Isaías 65:17), pero solo en sentido moral, en relación con el milenio. Pedro retoma sus palabras y, bajo la guía del Espíritu Santo, les da un significado más profundo. «Sin embargo —dice—, nosotros, según su promesa, esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia». (2 Pedro 3:13.) Pero es en el Apocalipsis donde vemos en la visión el cumplimiento real de la promesa. Además, se nos dice que «el mar ya no existía», pues el tiempo de separación había terminado y había quedado atrás, y cada parte de la nueva escena había sido dispuesta con belleza ordenada delante de Dios; todo estaría conforme a su propio pensamiento. Entonces aparece la ciudad santa. «Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas pasaron». Hay varios puntos que debemos observar en esta maravillosa descripción de la perfección del estado eterno. Primero, se ve a la ciudad santa descender del cielo, de Dios. Como ya hemos señalado, durante el milenio está situada sobre la Jerusalén terrenal; pero ahora, aunque Juan vuelve tanto a su origen como a su carácter, desciende aún más, hasta reposar sobre la tierra nueva que acaba de ser formada. La tierra milenial no habría podido recibirla porque, por grande que fuera su bienaventuranza, al seguir siendo imperfecta no podía ser el hogar del tabernáculo eterno de Dios. Este está reservado para la tierra nueva en la cual moraría la justicia, donde tendría su hogar permanente. Y observa cómo se representa la ciudad: «dispuesta como una esposa ataviada para su marido». Han pasado los mil años y la ciudad sigue vestida con su belleza nupcial. La edad no puede empañar su juventud y, por eso, sigue siendo «una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante». Ahora se hace la proclamación: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres». Concluimos, por tanto, que la Iglesia glorificada es la morada de Dios; y así como en el campamento del desierto las tribus estaban dispuestas alrededor del tabernáculo, aquí encontramos a los hombres —los santos de otras dispensaciones— agrupados alrededor del tabernáculo de Dios en el estado eterno. El Señor había dicho a su pueblo Israel en el desierto: «Pondré mi morada en medio de vosotros, y mi alma no os abominará. Y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo». (Levítico 26:11-12; véase también Ezequiel 27:26-27.) Y ahora, en el despliegue de su gracia, conforme a los propósitos de su amor, su palabra se cumple de acuerdo con la perfección de sus propios pensamientos. Su tabernáculo está ahora con los hombres, y Él morará con ellos; ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos, su Dios.

Luego tenemos la bienaventuranza de los habitantes de esa escena. Pero ¿cómo se describe? Precisamente de la manera que más conmueve el corazón de quienes han conocido aquí los pesares y tribulaciones del desierto. Estará ausente todo lo que nos haya causado dolor o angustia aquí. Primero, «Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos»; no quedará ni rastro de las penas pasadas, y Dios mismo las quitará. ¡Qué ternura infinita hay en la expresión de que Dios mismo hará esto! Así como una madre enjuga tiernamente las lágrimas de su hijo, Dios mismo se deleitará en enjugar todas las lágrimas de los ojos de sus santos. Y, una vez enjugadas, nunca volverán; pues «ya no habrá muerte» (¡cuántas lágrimas ha arrancado la muerte a los enlutados en esta escena!), «ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor». Todas estas cosas, las primeras, habrán pasado para siempre —estas nubes oscuras— ante la luz del sol y el gozo perpetuos de la presencia eterna de Dios.

Arno Clemens GaebeleinThe Revelation

Inexpresablemente hermosas y gloriosas son las declaraciones finales de esta sección de gloria del Apocalipsis. Se enumeran siete glorias de los redimidos. 1. Ya no habrá más maldición. Esto significa ausencia perfecta de pecado; santidad perfecta. 2. Allí está el trono de Dios y del Cordero, y los redimidos están unidos para siempre a ese trono. Es un gobierno perfecto y bendito que nunca podrá ser perturbado por el desorden. 3. Su siervo le servirá. El cielo no consistirá en ociosidad. La ciudad santa conoce el servicio. Y el servicio que los santos rendirán a Dios en gloria será un servicio perfecto. ¿En qué consistirá? No sabemos qué servicio será. Dios tendrá muchas sorpresas para sus santos en gloria. 4. También hay una visión eterna. «Y verán su rostro». ¡Oh, alegría entre todas las alegrías de la gloria: verlo tal como es y nunca perderlo de vista por toda la eternidad! 5. Su nombre estará en sus frentes. Esto habla de propiedad eterna y posesión eterna. Su nombre y la gloria vinculada a él serán nuestros por las edades eternas. 6. Un día eterno. No habrá más noche ni necesidad de luz alguna. Él es la luz por toda la eternidad. 7. Un reinado eterno. Y reinarán por los siglos de los siglos. ¡Qué gloria y bienaventuranza significa todo esto! Tales son las glorias venideras de los redimidos.

William KellyRevelation 19 - 22

Pero eso no es todo: en esta morada y escena de orden que Dios habrá establecido, tan notablemente distinta de todo lo que ha existido antes, e incluso de aquello que acompaña el reinado de su propio Mesías, Juan ve «la santa ciudad, la Nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa adornada para su esposo. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios [está] con los hombres, y él morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos, su Dios» (versículos 2, 3). Entiendo que la Nueva Jerusalén es el tabernáculo de Dios. Es donde Él mora en un sentido muy especial. Y este tabernáculo de Dios desciende del cielo para estar con los hombres. Los santos celestiales componen el tabernáculo de Dios, mientras que aquellos que se encuentran en la nueva tierra simplemente son descritos como «hombres». Entonces ya no son judíos y gentiles, como en el milenio; todo esto habrá pasado con «las primeras cosas, o las cosas anteriores». Toda distinción relacionada con el tiempo llega a su fin. Cuando un santo resucita o es transformado, ya no es judío ni griego; es un hombre, aunque lleva la imagen de lo celestial. Así, aquí Dios trata con los hombres, y «morará con ellos, y ellos serán su pueblo; y Dios mismo estará con ellos, su Dios». En vez de contemplar la escena desde lejos, Dios no se limitará a visitar la escena que su mano hizo para el hombre, como en otro tiempo en el jardín de Edén; sino que morará eternamente en medio de ellos. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; y ya no habrá muerte, ni tristeza, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (versículo 4). Indudablemente, las imágenes que se emplean para describir este estado de cosas provienen de Isaías: imágenes que el Espíritu de Dios había aplicado principalmente a la bienaventuranza milenaria. Isaías predice una condición gloriosa, pero terrenal, que Dios hará realidad para los justos durante el milenio. Entonces la bienaventuranza será la regla y el dolor, la excepción. El Espíritu Santo toma ahora términos semejantes, pero con diferencias notables, y los aplica en un sentido mucho más profundo y verdaderamente sin restricciones.

J. N. DarbyGod's Dwelling with Men

«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos, y será su Dios; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos». Sin duda, el lenguaje es figurado; pero este es el efecto pleno y completo del trato y la obra de Dios mismo al quitar todo lo que puede causar dolor. Pero esto es más que enjugar las lágrimas: Dios lo hará. Está la compasión que ha causado la eliminación del dolor, y esto es más que el hecho de que el dolor haya desaparecido. Es Dios quien lo ha quitado todo. Si el mal ha desaparecido, junto con la sensación de dolor, es Dios quien los ha quitado del corazón. «Y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor». No solo ha quitado Él el mal, sino que ya nunca volverá a haberlo. Es decir, ahora hay plena y perfecta seguridad y bienaventuranza. Todo el mal ha desaparecido, así como también todas aquellas cosas por medio de las cuales el hombre fue ejercitado para llevarlo al punto en que pudiera encontrarse de verdad con Dios. El amor de Dios ocupa el lugar de todo y, al llenar todas las cosas de sí mismo, impide que el mal pueda volver a entrar jamás: el contraste con el paraíso que el hombre tuvo en otro tiempo, como todos sabemos.

Hamilton SmithThe Last Words

(V. 2). Segundo, para consuelo de nuestros corazones, el Señor nos revela el nuevo hogar: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues, a preparar lugar para vosotros». No solo tenemos a Cristo en la gloria como nuestro recurso inagotable, sino que tenemos la casa del Padre como nuestro hogar permanente. Observemos, pues, que la palabra «moradas» significa en realidad «habitaciones»: un hogar que, una vez alcanzado, nunca más se dejará; allí moraremos. En la tierra no tenemos «ciudad permanente». Aquí somos peregrinos y extranjeros. Nuestro hogar permanente está en la casa del Padre. Además, en la casa del Padre hay «muchas» moradas. En la tierra no hubo lugar para Cristo, y hubo poco lugar para los que son de Cristo, pero en la casa del Padre hay lugar para todos los que son de Cristo: los grandes y los pequeños. Si no fuera así, se lo habría dicho a sus discípulos. Él no habría reunido a sus discípulos alrededor de sí y los habría conducido fuera de este mundo, si no los estuviera llevando a una escena de bienaventuranza que conocía bien como la casa del Padre. El Señor iba a ese hogar. En la cruz preparó a su pueblo para el lugar; su presencia en la gloria prepara el lugar para su pueblo. Así somos elevados por encima de la debilidad y el fracaso de todas las cosas terrenales, llevados más allá de las escenas cambiantes del tiempo, para entrar en espíritu en un mundo mejor, donde hallaremos un hogar preparado en la casa del Padre.

F. B. HoleThe Revelation

Luego viene aquella declaración gloriosa: «verán Su rostro». Su rostro está ligado a Su gloria en la revelación de Sí mismo. Cuando fue dada la ley y fue quebrantada, Moisés halló gracia ante los ojos de Dios y, así envalentonado, dijo: «Te ruego que me muestres Tu gloria». La respuesta fue: «No podrás ver Mi rostro, porque no me verá hombre y vivirá». Bajo la gracia, el contraste es grande. Podemos decir: «Dios … resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo». Pero lo que tenemos aquí excede con mucho aquello. Hechos objeto de favor, moraremos en la plena luz del conocimiento de Dios, perfectamente revelado en Cristo. La oración de nuestro Señor será cumplida: «que también ellos, los que me has dado, estén conmigo donde yo estoy; para que vean mi gloria». Veremos el rostro de Dios para siempre, al contemplarlo.

Hamilton SmithThe First Epistle to the Corinthians

(vv. 42-44). Si, pues, hay todas estas diferencias entre los cuerpos en el mundo natural y material, ¿debemos plantear preguntas porque hay una gran diferencia entre nuestros cuerpos actuales y los cuerpos que tendremos en la resurrección? Así, el apóstol aprovecha la necedad de estos que razonan para presentarnos el carácter del cuerpo de resurrección y el estado de resurrección. En contraste con nuestros cuerpos actuales, el cuerpo de resurrección será incorruptible, glorioso, poderoso y espiritual. Los creyentes no serán espíritus sin cuerpo, sino que en la resurrección recibirán cuerpos espirituales, por mucho que, con nuestras mentes finitas actuales, no podamos comprender ni una existencia espiritual ni un cuerpo espiritual. Admitimos que hay un cuerpo natural enteramente adecuado a las condiciones de la vida presente en la tierra. Así sabemos que los creyentes tendrán un cuerpo espiritual enteramente adecuado a las condiciones celestiales.

William KellyRationalism

Del mismo modo debo buscar, suponiendo que quiera formarme una idea justa de lo que será el cielo. ¿Qué es, entonces? ¿Un lugar de oro y piedras preciosas? Nada de eso. Sé que estas cosas se emplean como figuras de la Esposa o de la iglesia glorificada en el Apocalipsis; pero me consta que quien solo tiene esta idea del cielo es más mahometano que cristiano. Todos los creyentes deberían saber muy bien que ese no es el significado de la palabra de Dios; por eso, Dios mismo nos da señales divinas para que no ignoremos cuándo usa las Escrituras en sentido figurado y cuándo las usa simbólicamente. No existe la dificultad que la incredulidad pretende encontrar. Casi todos los días, los hombres hacen en principio lo mismo que encontramos en el lenguaje de las Escrituras. Supongamos que me dices que «volaste» por la calle: no suponemos que hayas tomado alas, pero sabemos muy bien qué quieres decir; solo estás usando una figura muy clara y expresiva. Supongamos que me dices que otra persona «se arrastró» por la calle; ¿debemos suponer que anduvo en cuatro patas? Así, cualquiera que sea la figura empleada, hay señales que permiten saber si lo dicho se entiende literalmente o si es una manera notablemente figurada de expresar lo que se quiere decir. Esto no presenta ninguna dificultad. Solo las personas sumamente necias o sumamente obstinadas tropiezan con tales expresiones. Si se acepta la Biblia como la palabra de Dios, Él debe esperar docilidad, no obstinación, de quienes profesan creer en Él; pero toma en cuenta a todos, incluso a los más pobres y humildes, y no hay nada que deleite más que la manera en que Dios tiene consideración hasta por el niño o por el alma más débil que pueda imaginarse. Y Cristo es quien lo manifiesta todo. Así sé lo que es el cielo, porque es el lugar donde Dios manifiesta su propia excelencia al coronar al hombre que fue rechazado del mundo y por el mundo. Es el lugar donde Cristo es glorificado, donde es recibido en amor, luz y gloria, donde Dios mismo honra a su Hijo.

William KellyThe Judgment and the Eternal State

El estado eterno no requerirá muchas palabras. La verdad es que las Escrituras nos dan solo breves explicaciones de él; probablemente porque, en nuestra condición actual, somos muy poco capaces de estimar sus condiciones. Es evidente que sus detalles no pueden estar especialmente calculados para influir en el alma. Sin embargo, puesto que era necesario para nosotros y debido a Dios, y puesto que era parte de Su bondad y sabiduría hablarnos de todo, Él nos da a conocer lo suficiente para que conozcamos los grandes rasgos distintivos de la eternidad.

Verses

  • 1 Corinthians 15:42–4442Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción se levantará en incorrupción; 43Se siembra en vergüenza, se levantará con gloria; se siembra en flaqueza, se levantará con potencia; 44Se siembra cuerpo animal, resucitará espiritual cuerpo. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.
  • 1 Corinthians 2:9–109Antes, como está escrito: Cosas que ojo no vió, ni oreja oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman. 10Empero Dios nos lo reveló a nosotros por el Espíritu: porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios.
  • Revelation 21:1–51Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es. 2Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalem nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. 3Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos. 4Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas. 5Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.