¿Qué es el diotelismo?
El diotelismo es la enseñanza de que el Señor Jesús, siendo Dios y hombre a la vez, tiene dos voluntades —una divina y una humana—, pero sigue siendo una sola Persona. Esta doctrina se forjó en una larga disputa durante los primeros siglos de la iglesia, y plantea dos preguntas difíciles: ¿cómo puede una sola Persona tener dos voluntades sin quedar dividida en dos?, y ¿hasta dónde podemos llevar esta pregunta?
El nombre y lo que niega
La palabra se opone a un antiguo error. Los escritores sobre historia de la iglesia describen una controversia del siglo VII que surgió de otra anterior acerca de las dos naturalezas de Cristo:
Bajo el nombre general de monofisitas se agrupan las cuatro ramas principales de separatistas de la iglesia oriental... Los monofisitas negaban la distinción de las dos naturalezas en Cristo; los monotelitas, por otro lado, negaban la distinción de la voluntad, divina y humana, en el bendito Señor.
Esa negación fue rechazada formalmente en una asamblea de líderes de la iglesia. Un relato de los primeros concilios menciona al sexto simplemente así:
Celebrado en Constantinopla en 680, contra los monotelitas.
El texto que zanjó la cuestión
El argumento giró en torno al huerto de Getsemaní, donde Jesús oró antes de ser arrestado. Un escritor señala tanto el uso que se hizo de esas palabras como el límite que debemos respetar:
Ciertamente nos permite ver cuán verdadera, aunque perfecta, era la humanidad del Señor Jesús. En el siglo VII, las palabras «no se haga mi voluntad, sino la tuya» se usaron contra los monotelitas para demostrar que la voluntad humana de Cristo era distinta de la divina. Pero, aunque reconocemos que sirven para ese propósito, nos corresponde descansar en la propia afirmación del Señor de que «nadie conoce al Hijo, sino el Padre», y abstenernos de intentar ver más allá de lo que nos corresponde conocer.
Una voluntad humana real, no una voluntad ausente
A menudo se presenta mal este punto, como si Jesús sencillamente no tuviera voluntad propia. Los comentaristas corrigen directamente esa idea:
Él no era alguien que no tuviera voluntad propia, como a veces se dice. Tenía voluntad como hombre verdadero, pero sujetó su voluntad a la voluntad del Padre. Nunca ejerció su voluntad con independencia. No habría sido un hombre perfecto si no hubiera tenido voluntad.
Tener voluntad y nunca usarla para sí mismo
La presencia de una voluntad humana no es un defecto que haya que explicar; es lo que hace real su obediencia y lo distingue de toda otra persona:
Él fue el único Hombre que tenía derecho a su propia voluntad y, sin embargo, el único hombre que nunca ejerció su propia voluntad. Para todo otro hombre, expresar su propia voluntad es pecado, pero Jesús dijo: «no se haga mi voluntad, sino la tuya». Tampoco le resultaba penoso al Hijo estar sujeto y ser obediente, pues hallaba placer en cumplir la voluntad de su Dios y Padre.
Dos voluntades, pero una sola Persona
La doctrina solo se sostiene si las dos voluntades nunca se convierten en dos personas. Un escritor vincula el alma humana de Jesús con su Persona divina y muestra lo que revela la oración en Getsemaní:
Su alma estaba unida al Logos; de otro modo, la Persona se habría duplicado o separado, y Él no podría haber sido un hombre verdadero y completo. Clamó: «Pase de mí esta copa; empero no como yo quiero, sino como tú». Allí estaba su voluntad santa; era correcto presentarla ante su Padre, pero con completa sumisión a la voluntad y la gloria de este: algo que solo una Persona divina era capaz de hacer... Él era verdadero hombre y verdadero Dios en la misma Persona indivisible.
La objeción de que es una contradicción
Los críticos han calificado toda la idea de invención. Una respuesta admite la dificultad, pero rechaza la conclusión:
Puede ser perfectamente legítimo que algunos se burlen diciendo que «un dios-hombre, que posee al mismo tiempo dos voluntades y dos clases distintas de conocimiento, y que usa ora esta, ora aquella según lo requiera la ocasión, es a la vez un invento de teólogos y una contradicción en los términos». Pero para cualquiera que recibe el relato de los Evangelios como inspirado por Dios, la misteriosa relación entre lo divino y lo humano... no puede descartarse tan a la ligera simplemente porque carezcamos de una explicación adecuada de cómo actúan juntos los dos, o de qué los une.
Dónde debe detenerse el estudio
Una cosa es sostener la verdad; otra, diseccionarla. Los comentaristas coinciden en esto:
Lo divino y lo humano en nuestro bendito Señor pueden compararse con un hilo de oro y otro de plata, cuyas hebras están unidas inseparablemente. Su Persona debe ser adorada, no analizada.
Resumen
- El error. Los monotelitas negaban toda distinción entre la voluntad divina y la humana en Cristo; la iglesia rechazó esta doctrina en Constantinopla en 680.
- La prueba. «No se haga mi voluntad, sino la tuya» fue el texto usado para mostrar que la voluntad humana era distinta de la divina.
- La voluntad. Él no era un hombre sin voluntad: tenía una voluntad humana real, pues de otro modo no habría sido un hombre perfecto.
- El uso de ella. Solo Él tenía derecho a su propia voluntad, y solo Él nunca la ejerció con independencia; la obediencia era su placer.
- El límite. Dos voluntades, pero una sola Persona indivisible: un misterio que debe ser adorado, no analizado.