¿Cómo era físicamente Jesús según la Biblia?
Answered from the commentary of A. J. Pollock, William Kelly, J. T. Mawson and 22 others
Las Escrituras no describen la apariencia física de Jesús. Lo que dicen de Su aspecto se refiere a cómo se presentó ante los hombres y a lo que Sus sufrimientos le hicieron. El versículo al que más vuelven los comentaristas es Isaías 53:2: «No hay parecer en él, ni hermosura; y cuando le veremos, no habrá en él parecer, para que le deseemos». Lo interpretan como la valoración de los ojos humanos, especialmente los de Israel incrédulo, y no como una descripción de lo que Él era en Sí mismo. No tenía apariencia real ni la presencia imponente que admiran los hombres. Si alguien hubiera venido con la gran estatura de Saúl o el atractivo de Absalón, Israel lo habría seguido. A simple vista era un hombre entre los hombres, sin nada que lo distinguiera de Pedro, Jacobo o Juan. Quienes juzgaban por la vista solo veían «al carpintero» o «a un galileo». Sin embargo, era un hombre verdadero, hallado en la condición de hombre, con la semejanza física real de un hombre y un cuerpo real que crecía, sentía hambre, se cansaba y dormía. De Su rostro, Isaías 52:14 dice que Su parecer estaba «tan desfigurado, más que cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de los hombres». Algunos aplican esto a la corona de espinas, los escupitajos y los golpes que recibió de manos de los hombres. Otros lo aplican a la angustia espiritual del Varón de dolores, que desfiguró incluso Sus rasgos. De ahí que los judíos pudieran decir que aún no tenía cincuenta años (Juan 8:57), lo que se interpreta como que parecía prematuramente envejecido por el dolor, no por el deterioro natural.
En contraste, los ojos de Dios y de la fe lo veían «más hermoso que los hijos de los hombres» (Salmo 45:2). Esa belleza es moral y no exterior: santidad, verdad y amor, y gracia derramada en Sus labios. En la transfiguración, Su rostro resplandeció como el sol y Su ropa se volvió blanca como la luz (Mateo 17:2), cuando Su gloria interior atravesó el cuerpo que normalmente la velaba. Después de resucitar, tuvo un cuerpo real de carne y huesos que llevaba las marcas de Sus heridas (Lucas 24:39). Aun así, María y los dos que iban a Emaús no lo reconocieron al principio. En Apocalipsis 1:14-16, Su cabeza y Su cabello son blancos como la lana y la nieve, Sus ojos como llama de fuego, Sus pies como bronce bruñido y Su rostro como el sol. Estos rasgos se interpretan como símbolos de sabiduría divina, juicio que todo lo escudriña y autoridad suprema, no como un retrato. Por esta razón, los autores desconfían de cualquier imagen de Él. Uno sostiene que ningún creyente pensaría en representarlo como alguien «sin parecer ni hermosura», pues esa era la valoración de los incrédulos. Otro dice que a Cristo solo se lo conoce por medio de las Escrituras, y que todo intento de concebir una imagen de Dios o de Cristo es idolatría, prohibida por el segundo mandamiento (Éxodo 20:4).
Verses: Psalms 45:2, Luke 24:39, Exodus 20:4, Isaiah 53:2, Isaiah 53:3, Isaiah 52:14, Revelation 1:13, Revelation 1:14, Revelation 1:15, Revelation 1:16, Matthew 17:2, Mark 9:3, Luke 9:29, Isaiah 50:6, Philippians 2:7, Philippians 2:8, Hebrews 2:17, Romans 8:3, Luke 3:23, John 8:57, Matthew 26:47, Matthew 26:48, Matthew 26:49, John 20:14, John 20:15, Luke 24:15, Luke 24:16, Mark 16:12, Revelation 19:12, Revelation 2:18, Luke 2:52, John 19:1, John 19:2, John 19:3, John 19:4, John 19:5
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What the commentators say
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Hemos reservado para el final el ejemplo más grande: el de nuestro Señor mismo. Ninguna palabra puede exagerar la grandeza de su Deidad inalterada, ni la gracia con que descendió a la condición humana, ni el afectuoso cuidado del Padre respecto de cada una de sus palabras y acciones. Y, sin embargo, las Escrituras no nos dan ningún relato de su apariencia física. Sí leemos que «tan desfigurado estaba su aspecto, más que el de cualquier hombre, y su forma, más que la de los hijos de los hombres» (Isaías 52:14), profecía pronunciada siglos antes de que nuestro Señor naciera en Belén. La mente del Espíritu de Dios estaba llena de la angustia espiritual que sería suya: «varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isaías 53:3); una angustia espiritual que desfiguró sus propios rasgos. ¡Bendito Salvador!
El versículo 2 nos lo presenta de dos maneras. Primero, tal como era a los ojos de Dios. La humanidad en general, e Israel en particular, habían demostrado ser «tierra seca», del todo incapaz de producir nada bueno; sin embargo, de allí brotó esta «planta tierna», que obtenía su vida y sustento de otra parte. El Señor Jesús ciertamente surgió de Israel, por medio de la Virgen María, su madre; pero la excelencia de su santa humanidad no se debió a ella, sino a la acción del Espíritu Santo de Dios.
Pero, en segundo lugar, se lo presenta tal como era a los ojos de los hombres. Él no tenía «forma ni majestad» (Nueva Traducción), ni la clase de belleza que los hombres admiran y desean. Algún hombre altivo, imperioso y de apariencia imponente habría captado la admiración popular; pero, en lugar de eso, Él era «varón de dolores, experimentado en quebranto», como dice el versículo 3. Siendo quien era, no podía ser de otra manera al entrar y andar por una creación arruinada, con toda su degradación y aflicción. Los hombres no entendieron esto, pues eran insensibles a su propia degradación y, por consiguiente, lo despreciaron y rechazaron, como predice aquí el profeta.
Sin embargo, cuando lo vieron, a sus ojos no tenía apariencia real: «no hay parecer en él, ni hermosura; verlo hemos, mas sin atractivo para que le deseemos»; «no hay parecer en él, ni hermosura». Si alguien hubiera llegado con la elevada estatura de Saúl o el atractivo de Absalón, Israel lo habría seguido; tan absolutamente incapaz es el hombre caído de aprender. Estima la apariencia física y externa; desprecia la perfección moral e interior.
David era rubicundo, de hermoso semblante y de bella apariencia (1 Sam. 16:12). De manera semejante, Moisés era «hermoso» y sumamente bello (Éx. 2:2; Hechos 7:20), y Daniel era «de buen parecer» (Dan. 1:4). El verdadero significado de estas descripciones es que aquellos hombres eran «hermosos» o «bellos» a los ojos de Dios. Pero solo prefiguran a aquel de quien se dice: «Eres más hermoso que los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre» (Sal. 45:2). Para nosotros, Jesús no tenía «parecer ni hermosura» (Isa. 53:2). No vimos su belleza. Pero el ojo de Dios siempre mira más profundamente. Lo que Él vio fue solo gloria y belleza. El Señor Jesús es único e incomparable. Manifestó todos aquellos rasgos maravillosos que Dios quería ver en el hombre sobre la tierra, y no había nada que pudiera desfigurar ni distorsionar aquella maravillosa manifestación de glorias y excelencias divinas en Él.
Y tales fueron Sus sufrimientos —tan reales, tan intensos— que toda Su figura, así como Su rostro, quedó visiblemente desfigurada. Es bien sabido que incluso las representaciones de Él mostraban esto antes del tiempo de Constantino, pero no después. Por prudente que fuera el Siervo de Jehová, por sabiamente que actuara, aun así Suyos fueron los dolores profundos y angustiosos; vergüenza, azotes y aflicciones incontables le sobrevinieron antes de Su exaltación. Pero si «muchos se asombraron» (v. 14) ante Su aspecto humillado, asimismo «asombrará [no rociará] a muchas naciones» y a reyes (v. 15) con Su majestad exaltada. Él es verdaderamente la Señal en la profundidad de la humillación y en la altura de la gloria. Poderosos potentados, príncipes y gobernantes se pondrán de pie y contemplarán con asombro. Los reyes cerrarán la boca ante Su majestad real. «Lo que no habían oído considerarán» (v. 15), cuando se muestre que Aquel que una vez fue tratado tan vergonzosamente es el rey de Israel y el Príncipe de los reyes de la tierra.
En una ocasión, pudieron dirigirse al «Varón de dolores» como si pareciera tener casi cincuenta años (Juan 8:57). Pero de eso debo saber únicamente cómo había soportado dolores y servicios por nuestra bendición y para la gloria del Padre. En tales rasgos debo leer acerca de aquel cuyo «rostro estaba tan desfigurado más que el de cualquier hombre», por sus padecimientos por nosotros y la contradicción de los pecadores contra él; y no por las tendencias decadentes de la vejez natural, ni siquiera en la menor medida, como si tales tendencias pudieran en modo alguno afectarlo.
En primer lugar, encontramos que, cuando el Señor tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto, «se transfiguró delante de ellos; y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos fueron blancos como la luz». (Mat. 17:1-2.) Sin entrar ahora en el carácter especial de esta escena, en su relación con el período al que había llegado nuestro bendito Señor en Su ministerio en medio de Israel, ni en su significado dispensacional, podemos considerar en pocas palabras qué fue esta transfiguración en lo que respecta a Su persona. Cuando subió al monte en compañía de Sus discípulos, a la vista de todos no parecía más que un hombre entre los hombres. A los ojos carnales, nada lo distinguía de Pedro, Jacobo o Juan. Fuera lo que fuere lo que vieron aquellos cuyos ojos fueron ungidos, o lo que desde entonces hemos aprendido de las Escrituras mediante la enseñanza del Espíritu de Dios, nada indicaba diferencia alguna entre el cuerpo que Dios había preparado para Él y los «vasos de barro» de Sus discípulos. Pero mientras estaba en el monte ocurrió este cambio maravilloso (llamado transfiguración). ¿Cuál fue, entonces, su naturaleza? ¿No podemos decir que fue Su pureza o santidad esencial irrumpiendo y transfigurando el vaso en que estaba encerrada, de modo que se presentó ante Sus discípulos como un ser de luz? Pues «resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos fueron blancos como la luz». Este vaso —Su cuerpo— ocultaba en otras ocasiones esos rayos de Su belleza y gloria; pero ahora, al permitírseles irradiar sin impedimento, penetraron e iluminaron tanto Su cuerpo como Sus vestidos, de modo que fue glorificado realmente y en vida ante los ojos de ellos.
Si esto fuera así, Cristo, tal como apareció en su transfiguración, es la representación de lo que serán los creyentes cuando sean glorificados con Él. Por eso, Moisés y Elías, puesto que aparecieron en gloria cuando hablaron con Él (Lucas 9:30-31), representan a los santos en esta condición; y en esto radica la importante conexión con el uso de la palabra que estamos comentando. Cristo en el monte nos muestra lo que será su pueblo cuando venga a recibirlo para sí; pero este poderoso cambio comienza moralmente en ellos mientras aún están aquí. Así, en Romanos 12:2, el apóstol dice: «No os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento», etc. Esta Escritura muestra que nuestra transfiguración debe comenzar desde adentro, pues el apóstol manda que no nos conformemos al mundo y que seamos transfigurados por la renovación de nuestro entendimiento. Si limitamos nuestra atención a este único punto, bien puede plantearse la pregunta: Pero ¿cómo ha de llevarse esto a cabo? Pasando ahora a 2 Corintios 3:18, encontramos la respuesta. Allí vemos a Cristo, no en el monte, sino glorificado a la diestra de Dios. Toda la gloria de Dios resplandece en su rostro, y su rostro, a diferencia del de Moisés cuando hablaba con los hijos de Israel, está descubierto. Además, todos los creyentes son llevados a ese lugar donde pueden contemplar esa gloria. «Nosotros todos, mirando a cara descubierta la gloria del Señor». Entonces aprendemos también que al contemplar «somos transformados en la misma semejanza, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor». Este es el efecto moral de tener a Cristo en gloria delante de nuestras almas. Él es el modelo o patrón; y nosotros, mientras contemplamos, por el poder del Espíritu somos transfigurados gradualmente hasta llegar a parecernos a Aquel a quien contemplamos. Decimos «hasta llegar», porque mientras estemos aquí en el cuerpo nunca podremos conformarnos por completo al Cristo glorificado. Por tanto, es una transfiguración moral gradual: cada rayo de su gloria que cae sobre nuestras almas, por la obra del Espíritu Santo, produce este efecto.
Ahora observa Su aparición a Juan en el día del Señor. La cabeza y los cabellos blancos como la lana nos recuerdan al Anciano de días de Daniel 7:9, a quien viene el Hijo del Hombre con las nubes del cielo, y a quien se le confieren todos los derechos y dignidades del Reino. Pero el versículo 22 del mismo capítulo nos hace saber que ¡el Hijo del Hombre es Él mismo el Anciano de días! En el versículo 7 viene el Hijo del Hombre, ¡y en el versículo 22 es el Anciano de días quien viene! ¡Así que el Hijo del Hombre y el Anciano de días son uno!
El Señor tomó para sí cuerpo, alma y espíritu. Tuvo un cuerpo real, visible y tangible,9 hecho de carne y sangre,10 capaz de dolor y sufrimiento, pero sin participar de las consecuencias de la caída. No estaba sujeto a la muerte como un acontecimiento inevitable. Murió por su propio poder.11 El proceso de envejecimiento, que es resultado de la caída,12 no estaba en Él. Su cuerpo era perfecto. Además, al tener alma,13 tuvo emociones humanas reales, pero sin ninguna tendencia pecaminosa. En su espíritu14 tuvo pensamientos humanos reales, por los cuales pudo tener, aun como Hombre, comunión perfecta con su Padre.
De igual modo, el relato de la resurrección todavía nos muestra el rostro del Hombre: el viaje a Emaús, la aparición a los Suyos en Jerusalén, el hecho de que comiera delante de ellos; todo esto es del mismo carácter que había tenido el relato de Su vida, y todo hace muy cercano y muy amado a este bendito y santo «Hombre Cristo Jesús».
Verses
- Psalms 45:2Haste hermoseado más que los hijos de los hombres; La gracia se derramó en tus labios: Por tanto Dios te ha bendecido para siempre.
- Luke 24:39Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.
- Exodus 20:4No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra:
- Isaiah 53:2–32Y subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca: no hay parecer en él, ni hermosura: verlo hemos, mas sin atractivo para que le deseemos. 3Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: y como que escondimos de él el rostro, fué menospreciado, y no lo estimamos.
- Isaiah 52:14Como se pasmaron de ti muchos, en tanta manera fué desfigurado de los hombres su parecer; y su hermosura más que la de los hijos de los hombres.
- Revelation 1:13–1613Y en medio de los siete candeleros, uno semejante al Hijo del hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por los pechos con una cinta de oro. 14Y su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; y sus ojos como llama de fuego; 15Y sus pies semejantes al latón fino, ardientes como en un horno; y su voz como ruido de muchas aguas. 16Y tenía en su diestra siete estrellas: y de su boca salía una espada aguda de dos filos. Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.