¿Está mal cuestionar a Dios?

Answered from the commentary of H. L. Rossier, William J. Hocking, C. H. Mackintosh and 12 others

Está mal cuestionar a Dios cuando la pregunta lo pone a Él a juicio, pero no cuando se le presenta con humildad. Toda pregunta puede hacerse de dos maneras: con humildad y un deseo sincero de aprender, o con una rebelión presuntuosa contra la respuesta, sea cual sea. Solo la primera es la actitud correcta para quien pregunta. Una pregunta que nace de un deseo sencillo y sincero de conocer la voluntad de Dios trae bendición, pero una que surge del deseo de encontrar objeciones no aprovecha al alma. Lo que estos escritores condenan con mayor frecuencia y claridad es cuestionar a Dios poniéndolo a Él bajo juicio. Es «a la vez absurdo e impío, en el más alto grado, que simples mortales se atrevan a cuestionar los consejos, decretos y caminos del Todopoderoso». Su fundamento es que el Creador no puede ser llevado ante el tribunal de la criatura. La cuestión de fondo es si Dios ha de juzgar al ser humano o el ser humano a Dios. Por eso, la respuesta de Romanos 9:20 se opone a todo desafío semejante: «¿quién eres tú para que alterques con Dios?». Job sirve de advertencia, pues fue reprendido desde el torbellino por cuestionar la manera en que Dios actuaba y oscurecer su consejo, y fue llevado a aborrecerse a sí mismo y arrepentirse. Lo mismo se aplica a la vida diaria. Una mente cuestionadora destruye la confianza en Dios. Murmurar es «algo sumamente anticristiano e impío», porque significa que Dios no es digno de confianza. Y «es un pecado terrible dudar del Dios viviente, que no puede mentir». Para el cristiano, que tiene toda la palabra de Dios, dudar de la sabia y amorosa providencia de Dios es algo más terrible de lo que lo fue para Job. Cuando el corazón no puede comprender, la fe responde: «¿El Juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?» (Génesis 18:25), y descansa allí sin comprender.

Presentar ante Dios las propias perplejidades es algo distinto y no se condena. La súplica de Abraham implicaba una duda. Sin embargo, fue hermoso que depositara todo ante Dios, incluidas sus dudas, pues Dios quiere que derramemos nuestro corazón en su presencia y que allí lo aquietemos. Su ruego combinaba una profunda reverencia con una sencilla familiaridad y se preocupaba por la gloria del Juez de toda la tierra. Dios no se enojó por su oración, sino que se alegró de escucharlo. De la misma manera, el clamor «¿Hasta cuándo?» en los Salmos es el lenguaje de la fe que se aferra a Dios. Habacuc solo podía dirigir sus «porqués» a Dios porque confiaba en que Dios le respondería. Dios reprende la incredulidad, pero responde con compasión a la debilidad de nuestra naturaleza. La distinción, entonces, es que podemos clamar a Dios, pero nunca quejarnos contra Él. Y la gracia soporta con más ternura de lo que la gente supone las palabras que se dicen bajo la presión de una prueba severa.

Verses: Habakkuk 1:2, Habakkuk 1:3, Habakkuk 1:4, Habakkuk 1:13, Psalms 13:1, Psalms 13:2, Psalms 22:1, Matthew 27:46, Job 38:1, Job 38:2, Job 38:3, Job 38:4, Job 40:2, Job 40:8, Job 42:1, Job 42:2, Job 42:3, Job 42:4, Job 42:5, Job 42:6, Job 42:7, Romans 9:20, Isaiah 45:9, Isaiah 55:8, Isaiah 55:9, Jeremiah 12:1, Psalms 10:1, Psalms 44:23, Psalms 44:24, Psalms 73:16, Psalms 73:17, Psalms 88:14, Genesis 18:25, Exodus 5:22, Exodus 5:23, Judges 6:13, Luke 1:18, Luke 1:19, Luke 1:20, Luke 1:34, James 1:5, James 1:6, Mark 9:24, Isaiah 1:18, Lamentations 3:1, Lamentations 3:2, Lamentations 3:3, Lamentations 3:22, Lamentations 3:23, Lamentations 3:24, Psalms 42:9, Jeremiah 20:7, Job 13:3, Job 13:15, Job 1:22, Matthew 26:39, John 20:25, John 20:26, John 20:27, John 20:28, John 20:29, Habakkuk 2:1, Habakkuk 2:2, Habakkuk 2:3, Habakkuk 2:4, Habakkuk 3:17, Habakkuk 3:18, Deuteronomy 29:29, Proverbs 3:5, Proverbs 3:6

The above is AI generated summary based on the writers below.

What the commentators say

The passages the answer is drawn from, the most direct first, with the words that bear on the question marked.

H. L. RossierJob's Three Questions

Aunque Job, en la amargura de su alma, dijo muchas cosas perversas, el resultado de todo ello fue para la gloria de Dios y para bendición de Su siervo. Muchas de las preguntas que hizo angustiado se le aclararon en el curso de su defensa. Eliú respondió otras por él, y Dios volvió a responder algunas desde el torbellino, en su mayoría mediante preguntas contrapuestas.

Toda pregunta puede hacerse de dos maneras: con humildad y el sincero deseo de aprender, o bien en rebelión presuntuosa contra la respuesta, sea cual sea. En el primer caso, quien pregunta asume honestamente el lugar de un aprendiz, que es lo correcto; en el segundo, da por sentado que no hay una respuesta satisfactoria o que esta se retiene deliberadamente. El hombre se presenta ante Dios con sinceridad y con la oración que después Eliú enseñó a Job: «Lo que no veo, enséñame Tú» (Job 34:32), o pregunta en rebelión: «¿Por qué todo es tan distinto de lo que debería ser?»

Quien no quiere sentarse a los pies del Maestro y decir: «Te preguntaré, y Tú me responderás», ocupa el lugar de juez contra su Dios. La vasija le dice al alfarero: «¿Qué haces?» Aunque es necia, encontramos esta pregunta con frecuencia entre los hijos de Adán, la generación de los que se apartan. La llamada Alta Crítica, que tanto daño ha hecho al cristianismo, plantea todas sus preguntas de esta última manera. En nuestros días, cuando el espíritu de independencia se abre paso por todas partes y todos quieren ser libres para pensar y actuar como les plazca, este error fundamental es casi universal. Aun los creyentes deben cuidarse de no dejarse afectar por el espíritu de los tiempos. Además, no hay nada nuevo debajo del sol. En realidad, los hombres del tiempo de Job tenían que resolver los mismos problemas que nosotros hoy; solo que existe esta gran diferencia: desde entonces, el consejo de Dios ha sido revelado con mayor claridad. Puede haber alguna excusa para que Job discutiera con Dios, pero para el cristiano que profesa la fe y posee toda la Palabra de Dios, es terrible dudar de la sabia y amorosa providencia de Dios.

William J. Hocking31. Biblical Difficulties

No deben suponer que deseo desanimarlos en su afán por obtener información ni en la práctica de hacer preguntas con ese propósito. Al contrario, un interés despierto en las Escrituras se manifiesta al hacer preguntas. Si la pregunta nace de un deseo sencillo y sincero de conocer la voluntad revelada de Dios, dará como resultado bendición. Pero si la pregunta nace del deseo de encontrar objeciones a la verdad, ciertamente no será de provecho para el alma.

Michael Hardt‘Yes, He Can’ — In Defence of God’s Sovereignty

En cierto sentido, hay una respuesta muy sencilla: el hombre no debe criticar a Dios ni cuestionar sus derechos. «Pero tú, hombre, ¿quién eres para que alterques con Dios?» (Rom. 9:20 ESV). Dios siempre tiene razón. El hombre, por ser un ser humano finito, limitado y creado, no tiene derecho alguno a cuestionar a Dios de ninguna manera. Al escribir o hablar acerca de Dios, queremos hacerlo con la reverencia que se le debe.

C. H. MackintoshDeuteronomy 1 - 3, Section 1 of 6

Es absurdo e impío, en el más alto grado, que simples mortales se atrevan a cuestionar los designios, decretos y caminos del Creador Todopoderoso y Gobernador sapientísimo del universo. Ciertamente, todos los que lo hacen tarde o temprano descubrirán su terrible error. Harían bien todos los que cuestionan y censuran en prestar atención a la incisiva pregunta del apóstol inspirado en Romanos 9: «Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para deshonra?»

¡Qué sencillo! ¡Qué contundente! ¡Qué irrefutable! Este es el método divino para responder a todos los cómo y por qué de la razón incrédula. Si el alfarero tiene poder sobre la masa de barro que sostiene en su mano —hecho que nadie pensaría en discutir—, ¡cuánto más poder tiene el Creador de todas las cosas sobre las criaturas que su mano ha formado! Los hombres pueden razonar y discutir interminablemente por qué Dios permitió que entrara el pecado; por qué no aniquiló de inmediato a Satanás y a sus ángeles; por qué permitió que la serpiente tentara a Eva; por qué no la mantuvo alejada de comer el fruto prohibido. En resumen, los cómo y los por qué no tienen fin; pero la respuesta es una sola: «¿Quién eres tú, oh hombre, que altercas con Dios?». ¡Qué monstruoso que un pobre gusano de la tierra intente sentarse a juzgar los juicios insondables y los caminos del Dios eterno! ¡Qué ceguera y presunción tan insensatas las de una criatura cuyo entendimiento está oscurecido por el pecado, y que por ello es totalmente incapaz de formarse un juicio correcto sobre cualquier cosa divina, celestial o eterna, al intentar decidir cómo debería actuar Dios en un caso determinado! ¡Ay, ay! Es de temer que miles de los que ahora argumentan con gran aparente astucia contra la verdad de Dios descubrirán su error fatal cuando ya sea demasiado tarde para corregirlo.

Frederick W. GrantPart 2 Section 4

Y ahora Abraham ocupa el lugar al que, sin duda, uno de los propósitos de esta comunicación llena de gracia era llevarlo: el lugar de la intercesión. Para nosotros, cuyos caracteres han de ser formados por la comprensión de Cristo y que ahora lo conocemos precisamente en este lugar de intercesión, ¡qué importante es comprender lo que tenemos ante nosotros aquí! Es por Su pueblo que el Espíritu Santo intercede aquí abajo. La oración de Abraham también sigue el mismo patrón: «Y acercóse Abraham, y dijo: ¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por los cincuenta justos que están dentro de él? Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; lejos de ti. El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?»

¡Qué extraña es aquí la duda implícita en la mente de Abraham! ¡Qué pobres y débiles preguntas no suscitan estas mentes nuestras! ¿Un Abraham suplicándole al Juez de toda la tierra que haga lo justo? ¿Acaso no es un principio fundamental que, por supuesto, él tiene que hacerlo? ¿Cómo podría dudarlo?, decimos. Amados, ¿acaso nosotros nunca dudamos? ¡Y cuánto más sabemos de Dios de lo que Abraham podía saber! Si analizáramos nuestras oraciones, ¿cuántas se reducirían a esto: pedirle a Dios que haga lo justo? ¡Ay, cuánta incredulidad se aferra a nosotros, incluso en cuanto a los principios fundamentales, cuando menos lo sospechamos! ¡Dios hará lo justo! Claro que sí. ¡Ah, pero cuando todo en la tierra parece andar mal, cuando, como Jacob, nos vemos tentados a decir: «Contra mí son todas estas cosas», cuando, como Job, tenemos que ocupar nuestro lugar sobre el montón de ceniza, acaso no ha surgido en nuestro corazón la pregunta amarga, aunque no haya traspasado la puerta de nuestros labios; acaso no tenemos que aquietar con ella nuestro corazón, al menos: «¿El Juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?»

Pero es hermoso ver cómo Abraham lo derrama todo —todas sus dudas también— y lo deposita ante Dios. «Derramad delante de él vuestro corazón», dice el salmista; «Por nada estéis afanosos», añade el apóstol; «sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias». ¡Cuántas cosas indignas de Él hay en estas mismas peticiones! Pero Él, que ya las había conocido en el corazón, quiere que las derramemos en Su presencia, y ¡oh, qué alivio recibe así el corazón! ¡Cuántas de estas manifestaciones de incredulidad nos dan así los salmos! Pero son derramadas delante de Dios, y el alma se aquieta en aquella bendita presencia como no puede aquietarse en ningún otro lugar. ¡Qué! ¿Le hemos estado preguntando a Dios si Él es Dios? «¡Oh tú, afligida, azotada por la tempestad y sin consuelo!», ¡paz! Él es en verdad el «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo».

Hamilton SmithHabakkuk

Ante todos estos dolores, el profeta gime en espíritu, pues la palabra de Dios permite un gemido, pero nunca una queja (Rom. 8:22-27). Además, el profeta dirige sus gemidos al Señor. ¡Ay! Con demasiada frecuencia, nosotros, como creyentes, tendemos a hablar entre nosotros de los fracasos del pueblo de Dios con tal amargura que el gemido se convierte en una mera queja, o en un reclamo por lo que Dios permite en su trato con su pueblo. Así, las palabras de queja entre nosotros pueden delatar un espíritu oculto de rebelión contra Dios, o un esfuerzo por exaltarnos menospreciando a otros. Bien por nosotros si escapamos de estas trampas derramando la angustia de nuestro espíritu y los ejercicios de nuestra alma ante Jehová.

H. L. RossierThe Prophet Habakkuk

El profeta estaba muy consciente de su propia rectitud. Más adelante, cuando el remanente de Israel pase por los juicios de los últimos días, también estará consciente de ello. Pero Habacuc todavía no había recibido respuesta y solo veía la victoria del mal sobre el bien. Dirigió sus «porqués» a Dios. Ciertamente no lo habría hecho si no confiara en que Dios le respondería. ¿Cómo puede ser que «nunca sale la justicia» y que, cuando finalmente se pronuncia, es «pervertida», lo contrario de lo que podría haber esperado un alma justa y temerosa de Dios? No importa adónde se vuelva el creyente fiel: en todas partes se encuentra con injusticia e impiedad.

H. L. RossierThe Prophet Habakkuk

«No salvas». Aquí el asunto no es la salvación espiritual, sino una liberación temporal. El alma angustiada quisiera ver restablecida la paz, y que los violentos fueran juzgados y eliminados. La violencia está allí, ocurre ante nuestros ojos, ¡y Dios no responde! Repetimos: esto no es falta de fe, sino el grito de alarma que expresa un corazón que, aunque todavía no está suficientemente afirmado en la fe confiada, se ve enfrentado a un problema que hasta ahora permanece sin solución a sus ojos. ¿Por qué permite Dios el mal? ¿Cómo puede parecer que olvida a los suyos, indefensos en medio de los sistemas perversos de los hombres? El profeta pronto recibiría la respuesta, pero sería distinta de la que esperaba. Tuvo que pasar por un tiempo doloroso de formación que llegaría a ser una rica bendición para su alma, antes de comprender lo que Dios obraría en el corazón de los suyos en días de prueba.

Samuel RidoutSubdivision 2

(1) Las palabras de Job son como un viento fuerte, una ráfaga de amarga queja y un cargo aún más amargo contra Dios. ¿Cuánto tiempo va a seguir diciendo tales cosas? Esta es una corrección severa, pero, bien podemos decir, justa, de la irreverencia y la temeridad extrema de las palabras de Job. Quizá la compasión habría seguido un camino más suave, pero cuando un hombre comienza a acusar a Dios, conviene reprenderlo con severidad.

(2) Bildad le hace a Job una pregunta directa: «¿Acaso pervierte Dios el derecho?». ¿Es injusto? Para cualquiera que lo conozca, solo puede haber una respuesta. «¿Acaso el Juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?». No sería Dios si no fuera perfectamente justo. Esto muestra el precipicio terrible al que se acercaba Job, aguijoneado por este principio falso de que Dios siempre castiga por el pecado. ¡Job no era pecador; por tanto, Dios era injusto! ¡Qué razonamiento tan espantoso, en el que tanto la premisa como la afirmación de los hechos son erróneas y cuya conclusión es blasfema! ¿Por qué no se detuvieron Job, y también Bildad, a preguntar si no había algo mal en la premisa: ¿Dios siempre castiga únicamente por el pecado? ¿Por qué no considera Job los hechos afirmados? ¿Es sin pecado? Pero esto saldrá a la luz a su debido tiempo. Seguiremos a Bildad.

Edward DennettThe Children of God

En la epístola a los Filipenses, el apóstol da otra exhortación a los santos, para que se muestren como hijos de Dios. «Haced todo sin murmuraciones y contiendas: para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos» (en realidad, niños) «de Dios, sin reprensión, en medio de una generación torcida y perversa» (no nación), «entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida», etc. (Fil. 2:14-16). La manera en que se introduce esta exhortación merece toda atención. Dice: «Haced todo sin murmuraciones y contiendas» (o razonamientos): «para que seáis», etc. El Padre sabía, y nuestros corazones insensatos también lo saben en cierta medida, cuán propensos somos a estas murmuraciones y contiendas. Murmuramos por mil cosas de nuestra suerte, tal como hicieron los israelitas en el desierto, y con ello ponemos en duda el cuidado, el amor y la sabiduría de Aquel que dirige todo nuestro camino, y perdemos el bendito sentido de Su presencia con nosotros. Como consecuencia, nos volvemos presa fácil de las insinuaciones y tentaciones del enemigo. Por eso también se mencionan las contiendas o razonamientos; porque en cuanto prevalece la incredulidad, de modo que andamos por vista, el razonamiento ocupa el lugar de la fe. Nada destruye tanto la confianza en Dios como una mente que cuestiona. Un hijo de Dios debería aborrecer el razonamiento, recordando aquella palabra del salmista: «Aborrezco los pensamientos». Los pensamientos de Dios son nuestra porción, y debemos estar contentos con ellos; de hecho, estar satisfechos con ellos es señal de una fe viva.

Verses

  • Habakkuk 1:2–42¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? 3¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que mire molestia, y saco y violencia delante de mí, habiendo además quien levante pleito y contienda? 4Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale verdadero: por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcido el juicio.
  • Habakkuk 1:13Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio: ¿por qué ves los menospreciadores, y callas cuando destruye el impío al más justo que él,
  • Psalms 13:1–21Al Músico principal: Salmo de David. ¿hasta cuándo, Jehová? ¿me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? 2¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, Con ansiedad en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?
  • Psalms 22:1Al Músico principal, sobre Ajeleth-sahar Salmo de David. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has dejado? ¿Por qué estás lejos de mi salud, y de las palabras de mi clamor?
  • Matthew 27:46Y cerca de la hora de nona, Jesús exclamó con grande voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lama sabachtani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?