¿Qué dice la Biblia sobre el trabajo?
Answered from the commentary of The Bible Treasury, F. B. Hole, A. J. Pollock and 21 others
El trabajo es una disposición de Dios para el hombre. Fue establecido antes de que entrara el pecado, y se convirtió en una labor ardua después de la caída. Aun en su inocencia, Adán fue puesto en Edén «para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15), porque no era la voluntad de Dios que su criatura estuviera ociosa. Ese trabajo era una ocupación saludable, sin fatiga penosa, tristeza ni sudor. Solo un escritor lo interpreta de otra manera y sostiene que Adán no tenía que trabajar en absoluto.
Cuando Adán pecó, la tierra fue maldita por causa de él. Desde entonces debía comer el pan con el sudor de su rostro hasta volver al polvo (Génesis 3:17-19). Ningún plan humano puede librarnos de esa sentencia. Sin embargo, el juicio viene acompañado de misericordia. El trabajo es el lugar sabiamente dispuesto para el hombre caído, y nada es más miserable que no tener un propósito por delante. La ocupación también protege contra la ociosidad y la satisfacción de los deseos carnales. Ganarse el pan con un trabajo arduo y honrado es someterse piadosamente a los pensamientos justos de Dios. El trabajo aquí es bueno para todos, y Dios saca bien del mal.
Por eso, las Escrituras encomian la diligencia y condenan la pereza. Al perezoso se le manda mirar a la hormiga (Proverbios 6:6). Su campo cubierto de espinos es una advertencia de que la pobreza le vendrá como ladrón (Proverbios 24:30-34). El trabajador perezoso es «hermano del gran disipador». Sigue vigente la regla apostólica: «si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10). Estar ocioso invocando la venida del Señor es desorden y pecado. Esos ociosos se vuelven entrometidos y se les debe amonestar como hermanos. Asimismo, apoyar a los ociosos va contra la palabra de Dios.
El Nuevo Testamento convierte la tarea diaria del trabajador en servicio a Cristo. «Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor, y no para los hombres» (Colosenses 3:23) fue escrito a los esclavos, pero hoy obliga a todo empleado cristiano. El trabajo debe hacerse con sencillez de corazón, no sirviendo al ojo para agradar a los hombres. El cristiano trabaja con el mismo empeño cuando su patrón no lo ve que cuando está delante de él, porque el Señor siempre lo ve. Ni siquiera los esclavos bajo amos crueles debían buscar cómo librarse de su yugo. Debían ser modelos de servicio fiel, pues la injusticia del amo no excusa la injusticia del siervo. Por más humilde o mal pagado que sea el trabajo, el Señor lo recompensará, si no antes, en su tribunal (Efesios 6:5-8). Los escritores insisten en la misma verdad desde el otro lado. Los amos deben dar lo que es «justo y equitativo» (Colosenses 4:1), tanto en el trato como en el salario. El pago del trabajador no debe retenerse hasta la mañana siguiente (Levítico 19:13), y Dios oye el clamor del trabajador defraudado.
El propósito del trabajo honrado no es solo ganarse el pan, sino tener algo para dar. El ladrón ya no debe robar, sino trabajar con sus manos «para que tenga qué dar al que padeciere necesidad» (Efesios 4:28). Pablo mismo fabricaba tiendas para suplir sus necesidades y las de otros, como ejemplo (Hechos 20:34-35). Esto deja claro que el trabajo manual es honroso ante los ojos de Dios. Como regla, cada creyente debe permanecer en su vocación con Dios (1 Corintios 7:20-24), siempre que sea piadosa. Dejarla para dedicarse a predicar a tiempo completo debe basarse en un don y un llamado inequívocos. Se debe abandonar una vocación que no pueda ejercerse para la gloria de Dios.
Varias advertencias protegen todo esto. La diligencia en los negocios no debe interponerse entre el alma y Dios. Trabajar solo para uno mismo es penoso. El trabajo «debajo del sol», aparte de Dios, es vanidad y aflicción de espíritu, y no aprovecha (Eclesiastés 2:11). El creyente tampoco debe afanarse por la comida y la ropa, porque su Padre conoce sus necesidades (Mateo 6:25-34). Confiar así en Dios no lo vuelve perezoso en el cumplimiento de su deber de trabajar. Varios escritores también señalan que «no perezosos en lo que requiere diligencia» en Romanos 12:11 significa «diligentes, no perezosos», y no se refiere al comercio secular, aunque de todos modos prohíbe la indolencia en todo.
El mandato de trabajar seis días y descansar el séptimo fue dado a Israel, no a la iglesia. Llegará el día en que se quitará la maldición. Entonces el trabajo continuará sin tristeza ni cansancio, durante el milenio y por toda la eternidad.
Verses: Leviticus 19:13, 1 Corinthians 7:20, 1 Corinthians 7:21, 1 Corinthians 7:22, 1 Corinthians 7:23, 1 Corinthians 7:24, Ecclesiastes 2:11, Matthew 6:25, Matthew 6:26, Matthew 6:27, Matthew 6:28, Matthew 6:29, Matthew 6:30, Matthew 6:31, Matthew 6:32, Matthew 6:33, Matthew 6:34, Colossians 3:23, Colossians 3:24, Genesis 2:15, Proverbs 14:23, 2 Thessalonians 3:10, 2 Thessalonians 3:11, 2 Thessalonians 3:12, Ecclesiastes 9:10, 1 Corinthians 10:31, Proverbs 6:6, Proverbs 6:7, Proverbs 6:8, Proverbs 6:9, Proverbs 6:10, Proverbs 6:11, Ephesians 6:5, Ephesians 6:6, Ephesians 6:7, Ephesians 6:8, 1 Thessalonians 4:11, 1 Thessalonians 4:12, Proverbs 12:11, Proverbs 13:4, Proverbs 10:4, Proverbs 22:29, Exodus 20:9, Exodus 20:10, Genesis 3:17, Genesis 3:18, Genesis 3:19, Ephesians 4:28, 1 Timothy 5:8, 1 Timothy 5:18, Proverbs 16:3, Psalms 90:17, Ecclesiastes 2:24, Ecclesiastes 3:13, Ecclesiastes 5:18, Ecclesiastes 5:19, Proverbs 21:25, Proverbs 24:30, Proverbs 24:31, Proverbs 24:32, Proverbs 24:33, Proverbs 24:34, Proverbs 20:4, Proverbs 28:19, 2 Thessalonians 3:6, 2 Thessalonians 3:7, 2 Thessalonians 3:8, 2 Thessalonians 3:9, Acts 20:34, Acts 20:35, 1 Corinthians 15:58, Galatians 6:9, Titus 2:9, Titus 2:10, Colossians 4:1, James 5:4, Deuteronomy 24:14, Deuteronomy 24:15, Luke 10:7, Psalms 127:1, Psalms 127:2, Psalms 128:2, Ecclesiastes 4:6, Matthew 11:28, John 6:27, John 5:17, Exodus 31:3, Exodus 31:4, Exodus 31:5, Proverbs 31:13, Proverbs 31:14, Proverbs 31:15, Proverbs 31:16, Proverbs 31:17, Romans 12:11, Ephesians 2:10, 1 Peter 2:18
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What the commentators say
The passages the answer is drawn from, the most direct first, with the words that bear on the question marked.
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col. 3:23). Estas palabras fueron escritas a quienes, en los días de Pablo, eran esclavos. La vida de un esclavo en aquellos días podía ser dura, dependiendo del carácter del amo. Cualquiera que fuera el caso, se les exhortaba a trabajar de corazón. Aunque tenían un amo terrenal, debían mirar hacia lo alto, a su Amo en el cielo. Debían agradarle. Pablo confiere una dignidad notable a estos esclavos cuando escribe: «porque … servís al Señor Cristo». Aunque la esclavitud, tal como se conocía en los días de Pablo, quizá ya no exista, el empleado cristiano sigue teniendo la obligación de prestar servicio de corazón, como para el Señor.
El pecado trajo un triste cambio, no solo para el alma y el cuerpo del hombre, sino también para la misma tierra que pisaba, como la Escritura nos dice claramente. El trabajo ya no era fácil y agradable, sino que debía comer de ella con fatiga y tristeza todos los días de su vida. Y no es de extrañar, pues también le produciría espinos y cardos, que solo vencería con el sudor de su rostro para comer pan. Si la voluntad propia se rebela contra el aguijón, solo empeora el caso; si se acepta el yugo (y aquí no es gravoso), tanto mejor para los hombres que murmuran. No hay liberación de la culpa y del pecado sino por medio de la fe en Cristo, de quien da testimonio el Espíritu Santo y por quien Él da poder al creyente. Pero para los niños que aún no se han convertido, así como para los adultos en el mismo estado, la ocupación es una ayuda misericordiosa contra los peligros de la ociosidad y de dar rienda suelta a la lujuria y la pasión. También es buena para los fieles, así como es malo negarse a trabajar cuando uno carece de recursos: tan malo que el apóstol lo establece con brusquedad: si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Esta prescripción, si se administra debidamente, en general resultaría una medicina saludable, y sin falta.
1915 320 P. — Gén. 3:17. ¿Maldijo Dios la tierra como bendición para Adán y su descendencia, o como justo castigo por su pecado, como se dice: «por tu causa»? En los dos versículos siguientes parecería que antes de esto no había trabajo; mientras que en Gén. 2:5 leemos: «no había hombre que labrase la tierra», y de nuevo, en el versículo 15: «Y Jehová Dios tomó al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase». ¿Era esto trabajo o no? Es decir, ¿no tenía la primera tarea de «labrar» y «guardar» el mismo carácter que la posterior de «labrar la tierra de donde fue tomado» (Gén. 3:23)? E.T.
R. — Que la tierra fue maldita por causa del pecado de Adán es lo que las Escrituras declaran claramente. No se declara que no hubiera «trabajo» antes de su caída. Que el hombre fuera puesto en el huerto «para que lo labrara y lo guardase» muestra que no era la voluntad de Dios que su criatura estuviera ociosa. Pero tal ocupación no estaba ligada a «trabajo penoso» ni a «aflicción». Ahora aparecerían espinas y cardos, y con el sudor de su rostro comería el hombre el pan. Se conoce el cansancio, y también la dulzura del descanso después del trabajo. La ociosidad era una de las iniquidades de Sodoma (Ezeq. 16:49). No tenía lugar en la inocencia, ni será compatible con el milenio (Amós 9:13), cuando «el desierto y el yermo se alegrarán; y el desierto se gozará, y florecerá como la rosa»; ¿y no podemos añadir también? — con el estado eterno (Apoc. 21). El trabajo aquí es bueno para todos, y en él hay provecho. Porque de lo malo Dios puede y sí hace brotar el bien.
(V. 11) Es posible que algunos tuvieran una idea tan equivocada con respecto a la cercanía de la venida del Señor que consideraran innecesario trabajar en absoluto. Pero este razonamiento es pecaminoso. Aunque no debo tener dudas ni preocuparme por el futuro, sí debo trabajar, haciendo con las manos lo que es bueno para tener qué dar a otros que quizá estén necesitados. El trabajo no debe ser simplemente un medio para acumular provisiones para el futuro en la tierra, sino para proveer honradamente lo necesario ante todos los hombres, en el presente. ¡Qué vergüenza tan grande que un cristiano decida que, puesto que Cristo viene pronto, no necesita trabajar en absoluto, sino que puede recibir el sustento de otros que sí trabajan! Y eso no termina ahí. También se vuelven «entremetidos», pues, al no prestar atención a sus propios asuntos, interfieren vergonzosamente en los asuntos ajenos. El apóstol manda y exhorta a tales personas «que trabajando sosegadamente, coman su pan». Despreciar esto era despreciar el mandamiento de Dios.
Capítulo 6. Al comienzo de este capítulo se enuncian dos grandes principios de vida: no comprometerse respecto del futuro; y no ser perezoso ni indolente en el presente. Dios nos ha puesto en este lugar; la diligencia humilde es un deber ahora: su ordenanza desde la caída. «Con el sudor de tu rostro comerás el pan». «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma». Por otro lado, comprometerse respecto del futuro es aquello cuyo resultado ningún hombre puede controlar. Lo contrario del trabajo apacible para atender las propias necesidades es la violencia y el despojo ya mencionados y condenados como uno de los dos grandes rasgos del pecado, al menos en lo que respecta a los hombres. El otro es, además de hacer daño, defraudar a un hermano en el aspecto más delicado, pecar contra uno mismo mediante la corrupción y la concupiscencia, «su propio cuerpo», como dice Pablo: todo ello, sin duda, malo también a los ojos de Dios.
Muy hermosa es, por tanto, la exhortación apostólica en su aspecto positivo. «Antes trabaje, obrando con sus manos lo que es bueno, para que tenga de qué dar al que padeciere necesidad» [la ociosidad no es correcta ni segura]. (Ver. 28.) Así alienta y guía el Espíritu al hombre cuyas manos antes se extendían para fines indignos; así le abre un camino feliz en el que la gracia puede vindicar su poder, a pesar de una naturaleza y unos hábitos deshonestos; y quien antes robaba, antes de conocer el nombre del Salvador, ahora puede tener comunión con el espíritu y la práctica del gran apóstol (Hechos 20:33-35), sí, y del propio Maestro, recordando sus palabras: «Más bienaventurada cosa es dar que recibir». Para el hombre mundano, el objeto de trabajar es vivir; para el cristiano, el motivo es dar. No se trata de un mero excedente casual, sino de un propósito expreso, especialmente para quien está consciente de la misericordia que lo libró del pecado de la codicia, de su vergüenza y de su juicio. Solo que el trabajo debe ocuparse de lo que es bueno y honrado. ¡En vano alegarás un uso benévolo o religioso de ganancias mal habidas! Ninguna ocupación contraria a la voluntad de Dios es buena para el cristiano, sino que debe abandonarse de inmediato. El pacto del Sinaí nunca enunció semejante motivo para el trabajo. Hablar de los diez mandamientos como la regla para la conducta del cristiano ahora es volver del sol que rige el día a la luna que rige la noche; es eclipsar a Cristo con Moisés bajo la engañosa profesión de servir a Dios. En general, lo que la ley exigía de quienes estaban bajo ella según el principio de lo justo, el cristiano es responsable de excederlo de toda manera posible según el principio de la gracia. El alcance de la obediencia se amplía inmensamente; se indagan y se dejan al descubierto los motivos internos; se juzga desde sus raíces la misma tendencia a la violencia, la corrupción y la falsedad, y el sufrir injustamente, y aun así con amor, ocupa el lugar de la justicia terrenal para los discípulos. Tal es la enseñanza incuestionable de nuestro Señor y de sus apóstoles; quienes insisten en judaizar a la Iglesia poniendo al cristiano bajo la ley como regla de vida, la oscurecen, la socavan y la niegan. Verdaderamente, «no entienden lo que dicen ni lo que afirman».
Así, llenos, satisfechos y fortalecidos, somos llamados a dedicarnos, en espíritu, alma y cuerpo, al servicio de Cristo; a ser firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor. No deberíamos tener ninguna otra cosa que hacer en este mundo. Lo que no pueda hacerse como servicio a Cristo no debería hacerse en absoluto. Esto simplifica muchísimo el asunto. Es nuestro dulce privilegio hacerlo todo en el nombre del Señor Jesús y para la gloria de Dios. A veces oímos a la gente hablar de «una vocación secular», en contraste con lo que es «sagrado». Cuestionamos lo acertado de tal distinción. Pablo hacía tiendas y fundaba iglesias, pero en ambas cosas servía al Señor Cristo.
Todo lo que hace un cristiano debe ser sagrado, porque se hace como servicio a Dios. Si se tuviera esto presente, nos permitiría relacionar con el Señor mismo hasta los deberes más sencillos de la vida diaria, y hacerlo partícipe de ellos de tal manera que impartiera una dignidad e interés santos a todo lo que tenemos que hacer, desde la mañana hasta la noche. Así, en vez de encontrar que los deberes de nuestra vocación estorban nuestra comunión con Dios, en realidad haríamos de ellos una ocasión para acudir a él en busca de sabiduría y gracia para cumplirlos correctamente, a fin de que su santo nombre sea glorificado hasta en los detalles más pequeños de la vida práctica.
Entonces Adán compareció para ser juzgado, y se ven con mayor claridad los efectos gubernativos de su pecado. Había escuchado la voz de su mujer en vez de escuchar lo que Dios había dicho, y ahora debía afrontar sus consecuencias. La tierra es maldita por causa de él. Debe ganarse el sustento de ella con sudor y aflicción hasta que lo alcance la muerte, cuando su cuerpo vuelva al polvo del cual fue tomado. Aquí no se dice nada acerca de su alma y su espíritu, porque lo que está en consideración son las consecuencias gubernativas y no las eternas. Se hacen tantos planes para librarse del sudor y del trabajo, y los hombres pueden pensar que van a lograrlo. Pero ya hemos oído el lema: «Trabajamos o pasamos necesidad»; a eso podemos añadir: «Sudamos o morimos de hambre»; pues no podemos esquivar esa parte de la maldición más de lo que podemos escapar de la muerte.
En verdad, hay una necesidad apremiante de prudencia y cautela, no sea que saquemos a un hombre de la posición honorable en la que fue destinado y capacitado para desenvolverse, es decir, una posición de dependencia de los frutos, los preciosos y fragantes frutos, del trabajo honrado. Esto sería un perjuicio grave en lugar de un beneficio. El ejemplo de Boaz debería instruirnos en este asunto. Él permitió que Rut espigara, pero se aseguró de que su espigueo fuera provechoso. Éste es un principio muy seguro y muy sencillo. Dios quiere que el hombre trabaje en una cosa u otra, y vamos en contra de Él cuando sacamos a nuestro prójimo del lugar de dependencia de los resultados del trabajo paciente para llevarlo al de dependencia de los resultados de una falsa benevolencia. Lo primero es tan honorable y elevador como lo segundo es despreciable y desmoralizador. No hay pan más dulce al paladar que el que se gana noblemente; pero quienes ganan su pan deben recibir lo suficiente. Un hombre alimentará y cuidará de sus caballos; cuánto más a su prójimo, quien le proporciona el trabajo de sus manos desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche.
Pero observen los consejos de la gracia en estas circunstancias excepcionalmente amargas. No deben hacer planes ni tramar cómo librarse de sus cadenas y reclamar sus derechos. No deben ceder a sentimientos amargos, hoscos y vengativos, sino, por el contrario, convertirse en modelos de servicio fiel y diligente. Deben ser aún más escrupulosos en obedecer a sus amos en todo. Deben entregarse de todo corazón a su trabajo, haciéndolo como para el Señor supremo y no para los hombres. Deben evitar ser meticulosos solo en lo que ve el amo y descuidados en todo lo demás. Tal conducta incoherente puede convenir a quienes buscan agradar a los hombres, pero es una vergüenza para los cristianos que buscan agradar a Dios. Aun en el caso extremo de la esclavitud, la injusticia del amo no justificaría la injusticia del siervo.
¿Qué encontramos, entonces, que se da como protección contra este servicio hecho solo para agradar a los hombres? El pensamiento elevado y ennoblecedor de que servimos al Señor Cristo. Nuestro trabajo es para la mirada del Señor en el cielo, y no solo para la mirada del amo en la tierra. Supongamos que se trate de la faena ordinaria del más humilde de los esclavos; aun así, debe hacerse para el Señor de todos.
¡Cómo ilumina y embellece la rutina diaria de nuestras obligaciones esperar la aprobación de Cristo! ¡Qué diferencia hace al llevar un libro de cuentas, al cepillar una tabla de veta torcida o al dominar la conjugación de un verbo difícil, saber que nuestro Señor amoroso y paciente está a nuestro lado para observar nuestros esfuerzos y recompensar nuestra diligencia!
Verses
- Leviticus 19:13No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No se detendrá el trabajo del jornalero en tu casa hasta la mañana.
- 1 Corinthians 7:20–2420Cada uno en la vocación en que fué llamado, en ella se quede. 21¿Eres llamado siendo siervo? no se te dé cuidado; mas también si puedes hacerte libre, procúralo más. 22Porque el que en el Señor es llamado siendo siervo, liberto es del Señor: asimismo también el que es llamado siendo libre, siervo es de Cristo. 23Por precio sois comprados; no os hagáis siervos de los hombres. 24Cada uno, hermanos, en lo que es llamado, en esto se quede para con Dios.
- Ecclesiastes 2:11Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacer las: y he aquí, todo vanidad y aflicción de espíritu, y no hay provecho debajo del sol.
- Matthew 6:25–3425Por tanto os digo: No os congojéis por vuestra vida, qué habéis de comer, o que habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir: ¿no es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido? 26Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?. 27Mas ¿quién de vosotros podrá, congojándose, añadir a su estatura un codo? 28Y por el vestido ¿por qué os congojáis? Reparad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; 29Mas os digo, que ni aún Salomón con toda su gloria fué vestido así como uno de ellos. 30Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? 31No os congojéis pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? 32Porque los Gentiles buscan todas estas cosas: que vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester. 33Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. 34Así que, no os congojéis por el día de mañana; que el día de mañana traerá su fatiga: basta al día su afán.